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No me hables de derechas ni de izquierdas (2/4): la desorientación de la izquierda

- 9 septiembre, 2020 – 09:20Sin comentarios

En el s. XIX, de la revolución industrial surgió la lucha de clases organizada; y de ésta, los modelos sociales alternativos, como el materialismo histórico de K. Marx, tal como lo explica Andrea Imaginario: “Para el materialismo histórico, los sistemas de organización político-económica, como el capitalismo, no obedecen a una evolución natural sino a una construcción histórico-social y, por tanto, pueden ser cuestionados y encauzados en otros modelos. El resultado de la historia depende de la actividad económica de la sociedad. Ello implica que los modos de producción determinan el producto, es decir, condicionan los procesos políticos, sociales y espirituales”.

Con el triunfo de la Revolución Rusa en 1917, el marxismo deviene en el fundamento ideológico y económico de la izquierda a nivel mundial. Pero con el fracaso del “socialismo real” a finales del s. XX en Europa, África o Indochina, y la conversión al capitalismo en China, el comunismo firmó su acta de defunción. Ya lo decía Felipe González: hay que ser socialistas antes que marxistas - sin saber muy bien qué consecuencias hay detrás de esta afirmación. Se produjo un cambio de ciclo, al que se dio el nombre de posmodernidad. La socialdemocracia europea tampoco se ha librado de la crisis de la izquierda en el s. XXI, y ha pagado un alto precio en Italia, Alemania, Grecia y otros países. Ya nadie habla de clase obrera (sobre todo en un país como el nuestro, que cambió la minería por el turismo), sino de clase media. Por tanto, no parece haber ningún resquicio para hablar de lucha de clases. Sin utopías, sin modelos, sin recursos, sin liderazgos capaces de movilizar a potenciales seguidores de las corrientes de izquierda, ésta sufre una languidez de fondo y una parálisis casi total.

Las políticas de izquierda que se hacen en España (en todos los niveles administrativos), con mayor o menor acierto, no responden a un plan global, profundo, sino que se hacen a base de parches; porque parecen carecer de un modelo ideológico de referencia, y porque hay una oposición absolutamente beligerante que vela porque estas medidas no afecten demasiado al sistema. Si a eso le añadimos la inestabilidad parlamentaria, la crisis que surge con la pandemia, y la ausencia (en general) de liderazgos valientes con una visión amplia y una comunicación clara, se crea una combinación explosiva de la que cabe esperar poco. Y no es que haga falta pensar en países de tradición comunista, como Rusia o China, para hablar de planes estratégicos. Por ejemplo, en materia de sanidad, el P.P. ha procurado el debilitamiento de la sanidad o la educación pública en beneficio de las empresas del sector, y sus actuaciones responden a dicho plan allá donde gobiernan. Aquí, en nuestra región, guardamos buen recuerdo del paso de Cospedal por la presidencia de la Junta.

El consiguiente auge de la derecha en las últimas décadas, ha dejado a la izquierda europea (y sobre todo, a la española) en crisis. En el momento presente, las derechas españolas pregonan insistentemente que la coalición de gobierno en España trae el coco “bolivariano”, cuando ese modelo, ni le importa a nadie, ni es exportable a un país como el nuestro. Anunciar el apocalipsis es un arma muy recurrente para movilizar a sus partidarios y conseguir réditos electorales; pero sobre todo para hacer imposible llegar a pactos de Estado, porque es imposible pactar nada con el demonio que habita en “la izquierda”. Como diría literalmente Cristóbal Montoro en 2012, “que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”. Dicho de otro modo: las derechas van a hacer todo lo posible por no dar la menor oportunidad a que los gobiernos de izquierda presenten el más mínimo balance de gestión positivo; ni siquiera, aunque éstos sigan la senda que ellos mismos hubieran trazado. Y si no gobiernan ya en España, es porque el actual liderazgo del P.P., el principal partido de la oposición, es todavía más débil que el del P.S.O.E., con una enorme sangría de votos, e hipotecado con coaliciones con C’s y Vox para gobernar.  

Por si fuera poco, la izquierda ha abandonado la cultura como herramienta de transformación social, sustituyendo el conocimiento o el fomento de la cultura clásica por el ocio y la comedia, la banalización de la cultura y – lo que es peor – la cultura de lo políticamente correcto (procedente del puritanismo anglosajón). En España, el modelo cultural de los años ochenta (la refulgente posmodernidad) trató de hacer borrón y cuenta nueva con la cultura que se produjo durante la dictadura: con la frescura de la nueva ola se daba carpetazo a todo lo bueno y lo malo que le precedió. De ese modo, se produjo una segunda ruptura con nuestra tradición cultural (la primera, más dramática, sucedió al término de la Guerra Civil) por cuyo vacío pagamos hoy las consecuencias de la desmemoria. La cultura transgresora ha pasado a ser puro nihilismo, más estético que alternativo. Así que, a falta de un plan de actuación global, de un modelo cultural propio, y de una actuación eficiente, la izquierda recurre a pregonar su legendaria lucha por la libertad, la defensa de los derechos y la igualdad. No la igualdad entre ricos y pobres, entre la clase obrera y la plutocracia, no, sino entre homosexuales y heterosexuales, entre personas y animales, entre hombres y mujeres … pero poniendo más énfasis, paradójicamente, en lo que nos diferencia, y no en lo que nos une. La revolución de los “like” en Facebook.

En definitiva, la izquierda ha descuidado su atención en lo que de verdad sirve para conquistar la libertad: “la economía, estúpidos”. Porque la libertad no se consigue por asalto: se compra. Eso lo sabían ya en el s. XIX. El estado del bienestar ha de llegar y sostener a toda la población, y que los servicios no se mercantilicen de modo que solo estén al alcance de quienes puedan pagarlos. Para muchas familias ésta es la cuestión primordial; y si la izquierda mira hacia otra parte, no puede esperar que las clases desfavorecidas sigan dándole confianza ni apoyo. No sería preciso inventar o revolucionar mucho: con acercarnos a modelos de estado de bienestar en países nada sospechosos, como Francia, o Alemania, ya habría un progreso significativo. Incluso la experiencia de la izquierda portuguesa (donde lograron superar la crisis de la década anterior sin aplicar recortes de la dureza que aplicó M. Rajoy), recibe elogios de toda Europa. En cambio, en España no hay una fiscalidad justa, corresponsable y eficiente… Además, estamos sometidos a la arquitectura económica y legislativa de la UE, que a su vez consiente que existan en su seno distintos países con sistemas tributarios desiguales (lo cual termina repercutiendo negativamente en los países del sur).

Aparte de la macroeconomía, la otra senda que debería poner en valor la izquierda, está en la microeconomía y el ecologismo: el fomento del cooperativismo; la mejora de la calidad de vida a través de la mayor autosuficiencia posible – sobre todo energética; la recuperación del paisaje y la cultura autóctona... No se necesitan líderes que vengan a contarnos excelencias, sino crear oportunidades para la participación. Porque, en definitiva, sin participación ciudadana real, es imposible que la izquierda progrese.

Pares y nones
Antonio Fernández Reymonde