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Reflejo

- 18 octubre, 2020 – 07:544 Comentarios

—Tía, ¿cuándo descubriste que eres guapa?

Elsa mira la pantalla oscura del televisor. No sabe qué contestarle a su sobrina, que hojea con ella una revista antigua de su madre. Ella nunca ha sido guapa, no al menos como quiere la gente que se sea guapa.

Puede que fuera con Alex. Aunque había estado con otros chicos, fue a él a quien no le ocultó las estrías en el vientre para que las recorriera lentamente con las yemas de los dedos. Ni se avergonzó de la grasa de los muslos cadenciosos mientras él los apretaba con tanta fuerza, con tanto miedo a que ella escapara de aquel momento. Y, desinhibida, por primera vez los pechos grandes, torpes y molestos, en las manos de él se transformaron en pequeños, tersos, perfectos moldes de las cuencas de las manos, inherentes al deseo. Pero ahí ya era guapa.

O puede que fuera con Alicia, su mejor amiga, quien con sus palabras siempre sacaba algo bello de las pecas que puntuaban la pálida cara y recitaba sin querer versos sueltos alabando el pelo enmarañado. Y así conseguía que Elsa, durante un instante, ignorase las miradas censoras que atravesaban las anchas caderas y las voluminosas piernas. Pero ahí ya era guapa. Alicia solo se lo recordaba.

Tal vez fue con su madre. Como todas, mentirosa y ciega, sonreía cada vez que Elsa se miraba al espejo antes de salir y le decía lo bien que se veía. Aunque el jersey fuera tres tallas más grande, aunque la coleta estuviera mal hecha, aunque su armario estuviera repleto de un solo color. Hasta que un día Elsa le devolvió la sonrisa a su madre. Ahí ya era guapa.

O, quizás, se dio cuenta cuando la pequeña que se arrebuja junto a ella en el sofá la maquilló un día mientras jugaban y decidió no pintarle los ojos. «Son preciosos. No necesitan nada para deslumbrar». Y guardó la brocha pertinente en el estuche gastado. Pero ahí ya sabía que era guapa.

¿Cómo decirle que, detrás de Alex, de Alicia, de su madre, de esa pequeña, siempre llegaba la oscuridad llena de comentarios jocosos, bromas con sorna, risas escondidas detrás de manos que tapaban cuchicheos a su paso? ¿Cómo contestar a esa pregunta inocente sin hablar de muros de sarcasmo, de escudos irónicos o de las desconfiadas torres que la aprisionaban?

La silueta de Elsa se refleja en la pantalla negra del televisor apagado. Recuerda que tardó mucho en darse cuenta de que era bella. Sabe que no fue por soltarse el pelo y ondularse la melena, ni por vestir colores alegres y ropas de su talla, por tomar el sol en bikini ni por mostrar la piel. No. Poco a poco, dejó de oír las risas burlonas y de ver los codazos a su paso, los comentarios hirientes se convirtieron en silencios. Borró el miedo ante las nuevas oportunidades. Y así, despacio, se derrumbaron las torres prisioneras y los muros que no le dejaban ver el día. Ahí era guapa.

Ya tiene la respuesta.

—Cuando dejé de buscarme en los ojos de los demás para encontrarme en los míos.

Beatriz Abeleira
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