De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (63)

El buen hacer de aquella anciana logró al fin remediar al temor que la hermosa Susana había tenido al querer poner fin a su estado incipiente de gestación. Pero, a pesar de sus pocos años, aquella muchacha no deseaba arriesgarse a no perder la posibilidad de ser madre algún día, así que, al final, la visita a la herbolera cobraría un giro inesperado: la mozuela renunciaría a usar las hierbas y pociones que “La bizca” le había preparado, haciendo gala de todo su buen oficio.

Como mujer entrada en años y de experiencia en aquellas lides, Aurora había puesto a prueba a la muchacha para saber si llegaría hasta el límite y cruzaría la línea con el fin de poner en peligro su futura maternidad. La sabiduría de la vieja puso a la joven en un callejón sin salida del que salió despavorida. ¡Demasiado bien sabía la veterana sanadora que no podía arriesgarse a que fuese descubierta haciendo ciertas prácticas y menos aún con una muchacha! Su destino sería la hoguera, pues sólo habría un paso para ser condenada como bruja. Por ello, se sintió aliviada ante la marcha atrás de la mozuela, a pesar de que interpretase el papel de ofendida por el tiempo que la había hecho perder. Aunque también fuese cierto, pero mejor desechar unas pócimas y unos ungüentos antes de que su envejecido cuerpo fuese pasto de las llamas.

Hogar medieval (FUENTE:«Hogar extremeño». Ilustración de Emilio Sala (Blanco y Negro, 1902) )

Sin embargo, ni la muchacha ni su acompañante se habían dado cuenta de que las horas transcurridas habían sido suficientes para que la noche arropase con su manto las calles de Híjar. Tanto Antonio como Juan, los padres de aquellos, estaban seriamente preocupados y desconocían el paradero de ambos.

Entonces se despidieron, tras haber acompañado el joven hasta la misma puerta de la casa de Susana, pues aún estaba temerosa por la decisión que acababa de tomar, mientras que él regresaría raudo a la morada donde le esperaba un intranquilo progenitor. Pero no fue así.

-¿Cómo estás en la calle a estas horas, muchacho? ¿Y precisamente aquí? ¡Vamos, andando, que ya hablaremos en casa! –recriminó furioso el progenitor del muchacho al temerse lo peor.

-Pero…

-¡A callar he dicho! ¡En casa hablamos!

Padre e hijo se encaminaron a la destartalada vivienda que “El tuerto” les había facilitado para que fuese su morada. Entonces continuarían con la conversación pendiente.

Mientras tanto, la joven Susana había atravesado el umbral de su casa, donde le esperaba una tremenda sorpresa.

-Buenas noches, padre. Buenas noches… ¿Bastián? –saludó perpleja Susana.

-¿Qué horas son estas de aparecer en esta bendita casa, hija mía? –respondió malhumorado Antonio. – Buenas noches, bella Susana. –expresó el muchacho.

-¡Perdóneme, padre, pues me entretuve en casa de la señora de don Bernat y se me fue el santo al cielo! No sabía la hora que era ni que fue tan anochecido.

-Tenemos que hablar y, por supuesto, algo de cena habrá que preparar. ¿A qué estás esperando, hija mía? No me hagas quedar mal con este joven tan bien parecido que me acompaña. ¿Nos acompañas, muchacho?

-No se preocupe usted, don Antonio, pues demasiado tiempo le hice perder que a mí también me estarán esperando. Ya seguimos hablando en otra ocasión. Buenas noches tengan ambos. Les dejo que puedan recuperar fuerzas y descansar. Hasta mañana, pues. –se despidió oportunamente el mozo.

-Buenas noches, jovencito. –contestó el anciano. Buenas noches, Bastián. –cumplimentó la muchacha.

El mozo Bastián, aquel que sus progenitores habían bautizado de aquella guisa por la admiración que despertó en ellos el día de su nacimiento, mostraría muchos más aspectos de su personalidad a lo largo de los años, reforzando así la elección tan acertada de sus padres. Conforme fue creciendo, siempre que hacía cualquier cosa llegaba hasta el final logrando su cometido, su modestia estaba fuera de toda duda no presumiendo de todo aquello que conseguía y, por supuesto, estaba el amor, en el que siempre parecía haber pasado desapercibido que tuviese cualquier apego emocional por nadie, más allá de sus padres. ¡Qué equivocados estaban todos! pues sus ojos, a pesar del recelo inicial habían sido dirigidos desde el primer día a reclamar la atención de una joven que había conocido desde niño: la hermosa Susana.

Se quedaron entonces padre e hija frente a frente, sin más testigos que los cubiertos de la modesta y tardía cena de la que esa noche iban a disponer, de su mobiliario austero, pues la economía familiar nunca había dado para mucho más. En ese momento fue cuando el arrugado viejo, sin más dilación, clavó su mirada en su hija y, tratando de desentrañar la verdad de su tardanza, le preguntó:

-Dime hija. Ahora que estamos solos, ya no tienes nada que ocultar. ¿Dónde estabas para haber llegado tan tarde? No quiero que me mientas, pues siempre he confiado en ti.

-La verdad, padre, es la que le he referido. Estuve con la señora y nada le podría ocultar a mi padrecito. ¿Acaso no me cree? –respondió contundente la muchacha.

-¡Ciertamente, no! Pues ya no es por lo que me estás diciendo, sino porque estuve toda la tarde en casa de don Bernat, conversando con él y su señora, acerca de lo que ya te conté de tu futuro. Del joven con el que has de casarte estuvimos hablando, pues así te garantizaría tener un marido con el que poder salir adelante, ya que tu padre tiene una edad en la que poco te podré ayudar si me ocurriese algo.

-Perdóneme, padre. No podría decírselo, pues creo que no le ha de gustar. Estaba en el campo, lejos de las miradas de nuestros vecinos, con un muchacho del que me enamoré.

-¿No será el insensato mozo de Juan el impresor, su hijo Juanillo? –preguntó irritado el padre.

-¿Cómo lo ha sabido?

-Como bien dices, hija mía, en este pueblo pocos secretos se pueden esconder y, aunque te has empeñado en que no lo supiese, algún que otro informante he tenido sobre ello. Y, por cierto, a ese muerto de hambre, mi respuesta es no.

-¿Por qué, padre? ¿Acaso usted no quería a madre cuando se casaron? ¿Qué hice tan mal todos estos años para no ser correspondida por alguien de quién esté enamorada? –protestó Susana.

-¿Acaso no va a hacer caso a lo que tu padre te ordene? ¡Eres casi una mujer, mal que me pese! No te comportes aún como una cría, pues así te he de tratar. –contestó el anciano, alzando uno de sus brazos a modo de amenaza, aunque sin llegar hasta el final.

-¡Por favor! No me obliguéis a matrimoniarme con alguien que ni conozco ni sé si me quiere o no. Mi corazón es para Juan…

-¡Nada de eso, jovencita! Aquí decido yo y, por cierto, sí que conoces a tu futuro esposo y muy bien, pues acaba de estar en tu presencia.

-¡El feo de Bastián! ¡No puede ser! – respondió horrorizada la muchacha y a continuación abandonó entre sollozos la estancia en dirección a su modesto camastro.

En ese instante, el viejo Antonio posó su trasero en la banqueta que se hallaba próxima al hogar donde el fuego crepitaba y contemplando aquellas llamas dejó volar su imaginación pensando en lo que estaba ocurriendo y cómo preparar la cumplida venganza que la ocasión requería.

Entretanto, calles más abajo el joven Juan asistía a la perorata que su padre le estaba sometiendo.

-¿Nunca pensaste en las consecuencias de tus actos? ¿Verdad, hijo mío, que aún crees que el mundo gira sólo en torno a ti? ¿O quizás piensas que todo en la vida es fácil de conseguir como hasta ahora?

-¿Por qué me dice esas cosas, padre? Nunca le falté al respeto y siempre seguí las normas que me impuso. Pero ¡es que me enamoré de Susana! ¿Era eso lo que quería confirmar, no? Pues así es: ¡estoy locamente enamorado de ella!

-¡De eso ni hablar! ¡Olvídate de ella ahora mismo y saca todos los pájaros que tienes en la cabeza!

-No puede ser, padre. Ya no hay marcha atrás.

-¿Qué estás diciendo? ¿Has hecho algo de lo que te tengas que arrepentir? ¿Has mancillado quizás el honor de la joven?

-No sé qué decirle, padre. Desde el primer día que la vi, mi corazón dio un vuelco y no supe a ciencia cierta lo que sentía hasta que la frecuenté en algunas ocasiones que ya habíamos abandonado las faenas del campo. Mientras usted se preocupaba de descansar, en alguna oportunidad me veía a solas con ella y nos fuimos cogiendo cariño…

-¡Basta ya de sandeces! ¡No quiero escucharte más! Esa muchacha y tú nunca estaréis juntos.

-¿Por qué no, padre?

-¿Te estarás pensando que Antonio no se ha percatado de cómo últimamente has estado mirando a la niña de sus ojos o cómo reacciona también ella ante tus requerimientos? ¿Es que aún no sabes que, dado lo crecida que está que bien pareciera una joven mujer, le ha estado buscando un joven con el que concertar su casamiento? El otro día escuché una conversación entre el anciano y don Bernat, hablando sobre ello, ya que el muchacho elegido es de toda confianza de “El tuerto”. ¿En qué estabas pensando para poder aspirar a casarte con ella? –recriminó el padre.

-¡Eso no es cierto! Ya le dije que es demasiado tarde.

-¿Acaso has intimado más allá de la cuenta con ella?

-¡Así es, padre!

-¡Por los clavos de Cristo! ¡Nos acabas de buscar la ruina!

Aquella noticia provocó un silencio sepulcral en aquella antigua cuadra que habíase tornado en modesta vivienda. Padre e hijo no volverían a cruzar palabra alguna mientras las sombras de la noche acunaban a la villa de Híjar.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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7 COMENTARIOS

  1. La mayoría de edad en aquella época estaba establecida en las mujeres a los doce años de edad, mientras que a los hombres se los consideraba maduros para casarse a los catorce…….

  2. Gracias Charles por tus aportaciones y seguimiento y al resto de contertulios por los apuntes realizados.
    Respecto a la cuestión de la mayoría de edad, a modo de aporte bibliográfico, os comparto este texto de Alfonso X El Sabio: Las Siete Partidas: Partida Sexta, título 1, ley 13:
    «Todos aquellos a quienes no es prohibido por las leyes de este nuestro libro pueden hacer testamento, y los que no lo pueden hacer son estos: el hijo que está en poder de su padre, aunque el padre se lo otorgase; pero si fuese caballero u otro hombre letrado cualquiera de estos hijos que tenga de los bienes que son llamados peculium castrense, vel quasi castrense, puede hacer testamento de ellos. Otrosí decimos que el mozo que es menor de catorce años y la moza que es menor de doce, aunque no estén en poder de su padre ni de su abuelo, no pueden hacer testamento; y esto es porque los que son de esta edad no tienen entendimiento cumplido.
    Otrosí el que fuese salido de memoria no puede hacer testamento, mientras que fuere desmemoriado, ni el gastador de lo suyo a quien hubiese prohibido el juez que no enajenase sus bienes; pero si antes de tal prohibición, hubiese hecho testamento, valdría.
    Otrosí decimos que el que es mudo o sordo desde su nacimiento no puede hacer testamento, pero el que lo fuese por alguna ocasión así como por enfermedad o de esta manera, este tal, si supiese escribir, puede hacer testamento escribiéndolo por su mano misma; mas si fuese letrado y no supiese escribir, no puede hacer testamento, fuera de su manera: si le otorgase el rey que lo escribiese otro alguno por él en su lugar. En eta manera misma podría hacer testamento el hombre letrado que fuese mudo desde su nacimiento, y no fuese sordo, pero esto acaece pocas veces; pero aquel que fuese sordo desde siempre o por alguna ocasión, si este tal pudiere hablar bien, puede hacer testamento.»
    Gracias

    • La torah tiene matizaciones.

      Y entiendo que hableis de las Partidas, no en toda la península ni siquiera en el Reino de Castilla tiene validez plena las Partidas, en EEUU si que es Consuetudinario.

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