De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (y 71)

Ciudad Real debía quedar tras, pero había muchos vínculos que aún le unían a ella. Uno de los principales era su hermano Rodrigo, aquel que siempre había seguido todo lo que su padre le decía y que de pequeños siempre eran uña y carne. A pesar de ser el más díscolo, su hermano nunca había conseguido ni ser el ojito derecho de su madre, Leonor González, ni tampoco tenía todo el respeto de su padre, Alfonso González del Frexinal, quien siempre había visto en Juan al líder natural sucesor de él como cabeza de su familia cuando ya no estuviera entre ellos. Ese resquemor sabía Juan que suponía el muro que en muchas ocasiones le había separado de su hermano Rodrigo, aunque nuevamente sería la partida de Juan sería la distancia que a ambos volvería a separar.

Sin embargo, había muchas cosas que siempre les había unido. Fueron compañeros de juegos, buscaban los resquicios de aquella ruin cerca de Ciudad Real para atravesarla por los lugares más insospechados y así aventurarse por lugares que sus padres les tenían prohibidos… Y, además, llegó la Inquisición, aquella institución que asestó un durísimo golpe a la familia De la Sierra, obligando en el período de gracia a todos los hermanos a someterse a ella, confesando sus costumbres judaicas lejos de las miradas inquisitivas. Allí serían reconciliados con la Iglesia, pero su madre Leonor y su tía María ya habían partido alejándose del peligro que corrían ante las garras inquisitoriales. Juan nunca se perdonó al verse obligado a testificar contra su propia madre. Siempre le atormentó la idea de que él fuera el causante de que ella se alejara para siempre de Ciudad Real y, sobre todo, cuando tuvo que ir en su busca a Portugal, que la llevase directamente a las garras de la Inquisición, siendo él mismo el encargado de encontrarla.

Habían pasado casi dos décadas de aquel funesto día en el que madre e hijo se separarían para siempre. Pero ahora nuevamente Portugal era su destino, y quizá de nuevo volvería a ver como su familia se fragmentaba. Sin embargo, el negocio seguía vivo, pues no sólo Juan camino de Portugal quería continuar con la venta de paños, sino que Rodrigo, dada su estrecha relación con los Pisa, pues su esposa Catalina no era otra que la nieta por la línea de su padre de quien había sido pasto de las llamas, Juan Rodríguez de Pisa.

Nuevamente atravesarían aquella mañana la puerta de Alarcos, aquella que años atrás habían logrado franquear con la compañía de su madre y, gracias al soborno de los que la custodiaban, pudieron adentrarse otra vez en las calles de su amada judería, aunque luego los avatares del destino les condujesen a múltiples mudanzas dentro de la propia ciudad. Sin embargo, esta vez sería para abandonar Ciudad Real, con el profundo pesar de que sería la última vez. Ya habían transcurrido demasiados años para volver a establecerse en otra tierra de forma temporal como para pensar en un futuro regreso a su ciudad. Ahora Santarem era la meta, en dirección a Alarcos se encaminaron hasta la que había sido aldea de Caracuel escasas décadas antes, siendo un lugar conocido por la existencia de varios pozos que habían surgido de la necesidad de surtir del agua necesaria a la entonces alquería. En aquella población, de nombre Los Pozuelos, se llegaba a erigir una iglesia de una sola nave e incluso existía un castillo desde el que se contemplaba el curso del río Guadiana a un lado y la sierra Larga al otro. Precediendo a aquel privilegiado lugar si se contemplaba desde Los Pozuelos, existía una zona abarrancada que lo hacía más majestuoso, sobre todo por aquella torre cilíndrica que apenas pasaba desapercibida. Para llegar a aquella población transcurrió una jornada en la que decidieron viajar de forma paralela al curso del río durante gran parte de la jornada. Cuando los rayos de sol se tornaban clementes se alejaron del mismo hasta alcanzar un antiguo contadero de ganado que se remontaba a tiempos de los romanos y que servía para cruzar el lecho fluvial.

Cerca de aquella modesta población lograron pasar la noche, pues ya la claridad se había tornado en oscuridad y los caminos nunca era aconsejable que fuesen visitados a expensas de asaltantes nocturnos.

La siguiente jornada sería aún más larga que la anterior. Madrugaron mucho para iniciar la partida, aunque la noche se les echaría encima. Tras alejarse de aquel lugar, franqueando la Laguna de la Perdiguera, alcanzaron la localidad de Abenójar, surtida por el conocido arroyo de los Pradillos, que curiosamente adoptaba un nombre similar a la población cuando por ella transitaba: Venóxar, que acabaría por ser Abenójar.

Nueve leguas apartaban aquella villa, cuyos orígenes se remontaban más allá de los musulmanes, de Ciudad Real. Aunque como era de esperar, las tropas cristianas tomarían sus tierras siendo la Orden de Calatrava la propietaria desde el momento en el que el rey Alfonso VIII les entregase la conocida dehesa de Abenoja, además de las de Zacatena y Alcudia. Más tarde la Orden llevaría a cabo el reparto de sus bienes, correspondiendo aquella Abenójar a la encomienda mayor y llegando a pertenecer al partido de Almagro. Sin embargo, para Juan de la Sierra y su familia, aquella población sólo constituiría más una zona de paso en el largo transitar que aún les esperaba hasta alcanzar la tan ansiada Santarem.

Apenas había transcurrido una hora desde aquel alto en el camino, cuando reemprendieron la marcha, iniciando un recorrido en el que se encontrarían tierras bañadas de diversos arroyos. Lejos de Abenójar se divisaba alguna estructura que se asemejaba una fortaleza y que bajo la forma de un castillo controlaba los pasos naturales del Puerto de las Veredas y del Estrecho Tabla Caldera. Se erigía la fortaleza islámica aprovechando el cerro testigo sobre el que se asentó para gozar de tan privilegiada posición. Igualmente engrosaría parte la encomienda mayor de Calatrava, aunque, a pesar de su situación de privilegio, aquel castillo de Ojalora apenas supuso un punto lejano en el que fijarse para aquellos que se encaminaban cada más hacia el oeste.

Su meta sería una localidad que décadas atrás había pertenecido a Piedrabuena gracias a que el rey Enrique IV le otorgase su independencia, añadiéndole los anejos de Valdemanco de Esteras y Gargantiel.

Aquella población conocida tiempo después como Saceruela tenía una situación privilegiada pues su enclave suponía un cruce de caminos de gran relevancia como el Camino de Toledo, el Camino de Sevilla, el Camino de Portugal y el Camino de Guadalupe. Por lo tanto, la estampa habitual de aquellas tierras era la de contemplar el tránsito en numerosas ocasiones de arrieros y peregrinos, yendo a remontarse su origen más allá de la dominación romana. La xoda y el portazgo eran cobrados a los caminantes como zona de paso que era.

Mucho tiempo antes había sido conocido por el nombre de Esteras, siendo lugar de sierras muy montuosas donde osos y lobos habían provocado tal pavor que apenas existía población que allí se asentara, entre los que destacaba el de Hontanilla que poseía uno de los caños de agua más importantes de aquel lugar. Daría fe de aquellos escasos asentamientos el mismísimo monarca Alfonso XI en su conocido Libro de la Montería.

Aprovechando su encrucijada de caminos y al ser una zona de pasos donde varios arroyos regaban aquellas tierras, dicho asentamiento aprovecharía la ingeniosa construcción del puente romano que se hallaba por encima del arroyo Carrizoso. Dos ojos contemplaban el surcar de las aguas mientras que la piedra sustentaba el tránsito del ganado por su villa. Gracias al Honrado Concejo de la Mesta logró llevarse a cabo su construcción, encuadrándose en la antigua vía romana que enlazaba las ciudades de Toledo y Sevilla.

Aquel puente fue cruzado por Juan de la Sierra y sus acompañantes. Pocas palabras se habían manifestado por el camino hasta aquel preciso momento. El pesar por alejarse de su amada Ciudad Real había teñido de un color sombrío sus corazones, pero ya había pasado el tiempo suficiente como para romper con aquel insoportable mutismo:

-¿Por qué apenas ha hablado padre desde que partimos de Ciudad Real? ¿Es acaso mi compromiso con Alfonso el que le ha obligado a que nos dirijamos a Portugal? ¡Me lo puede usted explicar, madre! –con voz queda, la joven Leonor, trataba de resolver los interrogantes y los temores que la atormentaban desde que partieron de su ciudad. Su madre, Leonor González, la estaba acompañando en una segunda carreta, pues en la primera iban como cabeza de la expedición Juan de la Sierra y su yerno Alfonso Rodríguez.

-¡Nada de eso, hija mía! No tienes por qué echarte la culpa de nuestra partida, pues también vosotros nos acompañáis. La decisión, aunque conozco gran parte de los motivos, la adoptaron ellos, los hombres de nuestra familia. No sólo estuvieron presentes días atrás, mientras nosotras íbamos al mercado y a hacer nuestros quehaceres, tu bien amado Alfonso y tu padre. Tus tíos también estaban presentes. Sobre todo, Rodrigo, con quien más confianza siempre tuvo mi querido Juan. A tu tía Leonor tampoco la tuvieron en cuenta, aunque estuviese informado. Y por Diego no has de preocuparte, pues también estuvo allí en sus conversaciones. Por lo demás, debes esperar a lo que ellos nos digan, pues el rostro tan turbado de tu padre sólo obedece a que esta decisión para él pueda ser más importante que las anteriores. Quizá nuestra marcha de Ciudad Real ya sea definitiva, que acabemos en Santarem o en Lisboa el tiempo dirá, pero creo que ese es el principal motivo por el que tu padre se muestra tan serio. –explicó maternal a su hija, la niña de los ojos de su padre en la que tanta confianza había depositado.

Tras dejar a la izquierda las aguas del río Esteras cuyo serpenteo quedaba encajado en las faldas de las sierras del Prior y de la Osa, decidieron avanzar algo más al norte y evitar así entrar en poblaciones de cierto bullicio y actividad comercial que pudiera servir para que fuesen reconocidos. Así quedó también al sur de su trayecto la localidad de Agudo, en la que poco tiempo atrás la Inquisición había depositado sus garras para condenar a algunos comerciantes considerados conversos como el tendero Alfonso de Córdoba o el tejedor de lienzos Alonso Carrasco. La importante actividad comercial de Agudo al ser punto de paso de los caminos que iban de norte a sur entre Toledo y Córdoba y de este a oeste entre Levante y Extremadura le llevó a adquirir cierta prosperidad y la acusación de la práctica de ritos judíos planeó como una sombra sobre algunos de sus habitantes. Esta y no otra sería la razón, bien conocida por Juan de la Sierra, por la que el mercader decidió evitar entrar en aquella población. Así se lo hizo saber a su yerno, evitando por ello cruzar por la misma, dirigiéndose a un lugar que también era cruce de caminos y por el que la Cañada Real Segoviana cruzaba de norte a sur. Dehesas, pinares, la presencia del río Guadalemar y la sierra de los Villares, todos ellos definían el paisaje del sitio conocido como Garbayuela, que había pertenecido a moros hasta los tiempos del rey Alfonso VI de Castilla, aunque su lejanía le condujo a ser parte de la frontera entre moros y cristianos hasta que las tropas cristianas lograsen derrotar a las musulmanas en la afamada batalla de Las Navas, aquel año de 1212. Entonces Garbayuela sería repoblada al igual que la población de la que dependía, Puebla de Alcocer.

Apenas trascurrirían unas horas desde que los viajeros abandonaron las cercanías de aquella localidad y, continuando el curso serpenteante del río Guadalemar. Cruzando más adelante el arroyo de las Majadas y después el de los Carneros.

Dirigiéronse entonces hacia Talarrubias, aunque atravesando aquella llanura regada por las aguas del Guadiana divisarían alguna que otra ermita, de San Bartolomé primero y más tarde la de la Virgen Coronada ¡Poco había que decir al respecto al contemplar alguna de aquellas cruces que coronaban aquellos edificios de factura gótica respecto a lo que pensaban los que por allí viajaban! Habían alcanzado los inclementes rayos del mediodía sus maltrechos cuerpos cuando aquella zona todos ellos recorrían. Decidieron hacer un alto en el camino, pues aún quedaban duras jornadas. Dieron cuenta de algún que otro alimento, de los que ya escaseaban. Apenas habían transcurrido dos horas y reiniciaron la marcha. Querían evitar el sol de justicia de aquella tarde, pero también sortear que la noche no les sorprendiera cruzando las aguas del Guadiana con acémilas y carretas y las dificultades que la falta de luz podría engendrar. Así nuevamente habían seguido en paralelo el curso de otro arroyo, aunque de su nombre nadie ya se acordaba. Tras surcar aquel curso fluvial, se encontraron con un lugar cuyo origen les era desconocido. Aquel término debía su denominación a un mayordomo del infante don Pedro, allá por 1314, aunque más tarde en tiempos de Juan II de Castilla el señorío fuera otorgado al Gran Maestre de la Orden de Alcántara, don Gutierre de Sotomayor.

Sin embargo, aquel enclave parecía especial, resultaba extraño, y a pesar de todo ello, nuevamente el grupo encabezado por Juan de la Sierra se encontraría vestigios del credo que imperaba, la Iglesia Católica y sus perros de presa de la Santificada Inquisición. Con otro templo se toparon frente a sí cuando decidieron penetrar en aquel territorio: la iglesia de San Pedro, cuya fachada gótica parecía haber sido reformada no ha mucho tiempo por el esplendor que su fábrica demostraba.

Cercano a Casas de don Pedro estaba el arroyo de Tamujoso donde decidieron dar descanso a las acémilas y aprovecharse del frescor del lecho fluvial para el descanso nocturno. Sin embargo, aún era de día y decidieron ponerse de nuevo en marcha para encontrar otro lugar donde pasar la noche. Tras alejarse de aquel arroyo y cruzar por el denominado Hermoso, alcanzaron un paraje que había surgido casi un siglo atrás por la iniciativa de algunas personas que decidieron solicitar permiso al ayuntamiento de Trujillo con el fin de que aquel término fuese deslindado y amojonado.

Aquel lugar era conocido como Navalvillar de Pela, aunque su territorio habíase poblado mucho tiempo antes al existir en tiempos remotos unas pinturas rupestres en unas cuevas cercanas. Por aquel lugar también transitaron los vetones o incluso los mismísimos romanos, como atestiguaban las ruinas de la cercana ciudad conocida como Lacimurga.

Si en algún momento aquellos vestigios que definieron el paraje de Navalvillar de Pela fueron de interés de los viajeros, nunca lo sabremos. Demasiado ocupados estaban con sus quehaceres, preparar el viaje para la siguiente jornada, estar cautos ante posibles robos en la noche y, por qué no, ser temerosos ante la cercanía de la justicia civil o de algún miembro de la Inquisición.

Sin tomar contacto nuevamente con las gentes del lugar ni tampoco dar pie a que fueran reconocidos por algún mercader de la zona, reiniciarían la travesía yendo de forma paralela al curso del río Guadiana. Se habían alejado abandonando las faldas de la sierra de En medio cuando se encontraron ante sí la fortaleza que sobresalía en un discreto cerro. Torres, adarves e incluso una barbacana definían la estructura de aquel castillo de la Encomienda. Pareciera a lo lejos que aún estaba en obras. A la sombra de aquella construcción decidieron hacer un nuevo alto en el camino, aunque sabían que con las primeras luces del alba debían abandonar su asentamiento para que nadie les rindiera cuentas.

Así lograron recuperar parte de sus maltrechas fuerzas y se encaminaron hacia la otrora capital de la Lusitania, la entonces conocida Emerita Augusta, pero la distancia para lograr era demasiado grande para cubrirla en una sola jornada.

Alcanzaron al atardecer la que fuera aldea de la Encomienda de Mérida y que había tenido como templo principal una basílica visigoda, la cual en aquel momento se había apuntalado bajo el nombre del venerable que daría nombre al pueblo, San Pedro de Mérida. El lugar estaba condicionado por su propia orografía, ya que al norte más elevado le sucedía el sur bañado por la vega del Guadiana cuyas aguas se dirigían a la mismísima Mérida. De todo ello no se percataron ni Juan, ni Alfonso, ni Beatriz ni Leonor ni el resto de quienes los acompañaban. Sus miras estaban puestas en su nuevo destino, antes de llegar a Santarem, que no era otro que el de la afamada Mérida, aunque el declinar de los siglos, tras el esplendor romano, las invasiones bárbaras y musulmana, el quedar en segundo plano tras dejar de ser sede arzobispal, aunque fueran parte del territorio de la Orden de Santiago, no ensombrecerían los numerosos motivos que tiempo atrás la llevaron a ser una ciudad de relevancia: calles, calzadas, acueductos, puentes, necrópolis, foros, teatros, circos… incluso en época paleocristiana y visigoda dedicada a Dios y a Santa Eulalia existían restos de tan enorme pasado. E incluso los musulmanes dejarían su propia huella en la alcazaba.

A pesar de todo ello, cuando se acercaban a aquella ciudad relegada a población de segundo orden, los viajeros, a excepción de Juan y Alfonso, no pudieron mostrarse más deslumbrados como cuando tuvieron ante sus ojos el lecho del río Guadiana y el enorme puente que lo cruzaba. Aquella construcción que la ingeniería civil romana erigiría en el año 25 antes de Cristo sobre un entonces río llamado Anas. Su estructura obedecía a la unión de dos tramos mediante un enorme tajamar, cortándose la corriente del río. Tanto la ciudad como el propio puente surgirían al mismo tiempo pues su situación era idónea al confluir numerosas calzadas tanto de primer orden como de carácter secundario. Así se establecieron transacciones ganaderas con rebaños que tenían un origen diverso. En torno a aquel puente surgiría entonces un mercado de ganados, de ahí la relevancia del lugar.

-Padre, ¿cómo es posible que este puente tan largo se mantenga en pie? –preguntó Leonor a Juan de la Sierra.

-Muchas cuestiones influyeron para su construcción pues los romanos tenían grandes constructores de obras de este tipo al ir conquistando territorios cuando su imperio se expandió. Sin embargo, también se fijaron en el terreno, en este lugar donde las comunicaciones fluían desde diferentes lugares y, además, estaba el río, el conocido Ana o Anas de los romanos, que los árabes acabarían llamándolo Wadi-Ana.

>Esta fue la clave principal, por lo que tengo entendido, y así me lo hizo saber tu abuelo años atrás. Esta construcción aguantaba los envites del agua porque no tenía la fuerza de otros lugares, como podría ser lo que ocurría en Sevilla con el Guadalquivir que sí empujaba con mucha más fuerza. Así, el espolón o tajamar de este puente podía amortiguar la fuerza de las aguas del río, y si aún sigue aquí es porque los romanos estudiaron bien todos esos detalles. –respondió a su hija.

-Es decir, padre, el Guadiana no tiene mucha agua, por lo que ¿en determinadas ocasiones no será necesaria ninguna embarcación para atravesarlo?

-Quizá pudiera ser así, pero si eso sucediera no podríamos abrevar lo suficiente para llegar con nuestras acémilas enteras a nuestro destino. ¿No crees, hija?

-¡Cuánto sabes padre! Siempre estoy aprendiendo algo de ti. –respondió con cariño Leonor. Al mismo tiempo dirigió una mirada cómplice a quien acompañaba a su padre durante toda la travesía, su amado Alfonso.

Tras esa breve conversación entre padre e hija, se dirigieron a la plaza donde se hallaba el mercado con el fin de hacer acopio de las provisiones necesarias para continuar el viaje. Habían averiguado qué día se celebraba: los martes. Y aquel día lo era. Además, dicho lugar constituía el centro neurálgico donde quedaban representados todos los poderes en sus diversos órdenes: laicos y eclesiásticos.

En aquella plaza, cuadrada y con tres lados porticados, destacaba la proximidad al sur no sólo del cementerio sino del corral de los toros, cercanos a la Puerta de San Salvador. Más lejos aún, en dirección sur y fuera del recinto amurallado, también se habían ubicado tiempo atrás el cementerio de los moros y el de los judíos, este último también ocupado más tarde por el corral de los toros.

No se entretuvieron en aquella ciudad nada más que lo estrictamente necesario. Eran las autoridades del momento, principalmente sus regidores, poco dadas a resolver los problemas de higiene que allí se atisbaban desde época medieval. Estercoleros, aguas residuales, animales dispersos por la calle, hacían del entorno el foco de contagio ideal para contraer todo tipo de infecciones. A ello se unía que la población había ido necesitando ocupar espacios más allá de las murallas medievales, llegando a surgir algún que otro arrabal. Sin embargo, las urgencias de aquellos viajeros no eran para perder demasiado tiempo en curas contraídas en dichos lugares, sino sencillamente lo que tardaron en saldar las cuentas de lo adquirido en el mercado.

-¿Tenéis todo lo encargado para marcharnos? –preguntó imperante Juan al dirigirse a los acompañantes con los que fue al mercado, pues él había regresado de una tienda de un lencero mientras el resto hacía acopio de los víveres necesarios.

-Sí, señor Juan. –respondió uno de sus criados.

-Sí, padre. –respondió Leonor con una dulce sonrisa al saber de dónde procedía.

Mientras tanto, Beatriz y Alfonso, suegra y yerno, habían quedado esperando con parte de los que custodiaban sus medios de transporte. Pronto ambos alzarían la vista al verlos aparecer con los encargos deseados.

-¡Por fin! ¡Cuánto habéis tardado, Juan! – expresó Beatriz.

-Nada fuera de lo habitual en un día de mercado, querida. El bullicio hace que la plaza de Mérida tenga una vida que principalmente adopta con las ferias y mercados, además de con las celebraciones que allí se llevan a cabo. Por lo demás, había que tener cuidado de traer todo lo necesitásemos para no volver a hacer un alto en el camino más allá de lo conveniente. Aún nos tocará atravesar alguna de las aldeas próximas a Mérida como La Garrovilla o Puebla de la Calzada, para luego encaminarnos a Badajoz. Pero para eso todavía nos restará más de una jornada y quizá debamos alojarnos en alguna de sus aldeas cercanas.

-Si no recuerdo mal, creo que se halla a una jornada de aquí una aldea que ha sido conocida en el pasado por diversos nombres. Unos la llamaron Talbarazula, otros Talabernela o incluso Talaveruela. Pero creo que ahora se llama Talavera La Real.

>Las lomas suaves y las llanuras son parte del paisaje que el río Guadiana ha moldeado a su paso. Después, a poco más de media jornada, alcanzaríamos la ciudad de Badajoz. –intervino el yerno portugués, mejor conocedor aún de aquellos contornos.

-¡Gracias esposo mío! Muy buena información la tuya, Alfonso. Veo que ambos estáis bien compenetrados y que sabéis lo que tenéis entre manos y que el viaje, a pesar de la distancia, lo habéis preparado a conciencia. –contestó agradecida la dama. El gesto de complicidad de ambos al dirigirse una leve mirada denotó que aquella mujer estaba en lo cierto. Suegro y yerno habían sabido encontrar todos los puntos clave en el recorrido donde poder establecerse en el caso de que el cansancio pasase factura tanto a viajeros como a la recua de acémilas que transportaba todas sus cargas.

Llegarían de anochecido a aquella aldea habiendo surcado el lecho del río en un par de ocasiones antes de que la escasa luz les hubiese sorprendido atravesando sin divisar el firme del suelo por el que cruzaban. Cercanos a un pequeño islote antes de entrar en Talavera la Real habían decidido parar a descansar. Sabían que la próxima jornada sería aún más intensa y que ya se encontraban a las puertas del país de los lusitanos, por lo que poco tardaron en prepararse para ir a descansar.

En ese preciso momento en el que la noche arropaba con su manto a todos los que podían tomarse un respiro, Juan asió su zurrón y de él extrajo algo que, por estar casi a oscuras, apenas podía ser percibido. Con un leve golpecito al hombro de Beatriz le susurró:

-Esto es para ti.

Apenas tuvo el tejido en sus manos, la dama conocía lo que entre ellas portaba. Su esposo no había perdido el tiempo ni había llegado tarde por el bullicio que había mencionado ante todos. No era así, sino que lo había hecho por ella y el motivo acariciaba en ese momento todos los dedos de sus manos.

Una lágrima de emoción surcó la mejilla de aquella mujer. No hicieron falta más palabras. El más que maduro mercader sabía que había acertado con aquel presente. Lo demás poco importaría aquella noche. Se lo volvió a entregar para que lo guardase y tras tener las manos liberadas, ambos se fundieron en un tierno abrazo.

Las horas transcurridas de la noche dieron paso a los primeros claros del día. Algún gallo cercano había anunciado el comienzo de la nueva jornada. El despertar de todos los viajeros, a excepción de lo que mostraban signos de sueño por haber estado vigilantes, fue paulatino, pero con relativa rapidez. Aquellos madrugones ya se habían convertido en mera rutina por lo que todo lo que se hacía no requería de improvisación alguna. Ya era parte de los hábitos que acompañaban el día a día de aquel largo itinerario.

Alcanzaron la puerta de Mérida de la ciudad de Badajoz cuando el mediodía había puesto al astro solar en lo más elevado del firmamento. Clamaban algo de sombra aquellos que portaban las bestias, si bien aquellos rayos despiadados no daban tregua en aquellas tierras extremeñas.

La amurallada ciudad de orígenes musulmanes, refundada en el año 875 y asentada sobre un vado del propio río, también había tenido orígenes remotos. Sin embargo, tras el dominio musulmán, vendría la conquista por el reino de León y su situación estratégica miraría entonces más hacia Portugal. Apenas se habían percatado aquellos peregrinos de la proximidad de un campo de batalla en el que los almorávides acaudillados por Yúsuf ibn Tasufín derrotarían a las tropas cristianas de Alfonso VI de León. Aquel lugar era conocido como Sagrajas o az-Zallaqah y de él apenas se conocía el recuerdo de lo acontecido en octubre del año de 1086.

La estampa de aquella muralla ya no sobrecogería a los recién llegados, pues por la puerta de Mérida decidieron penetrar. Aquel acceso había surgido de la propia necesidad de la ciudad de Badajoz cuando el recinto de su alcazaba no pudo soportar el aumento de los habitantes que allí se alojaban. Ello obligó a la aparición de arrabales como el oriental, que se trató de amurallar en su exterior, lo que supuso la necesidad de crear un acceso que sirviera de entrada y salida hacia Mérida, teniendo además la utilidad de poder bajar desde allí al arroyo Rivillas para recoger agua. Así nació aquella puerta con un arco enmarcado entre dos torreones. Al otro extremo de aquella muralla abandonarían la ciudad por la puerta de Yelbes.

Tras dejar atrás Badajoz decidieron dirigirse hacia la siguiente localidad de importancia cruzando el río Caya por un modesto puente. Poco después ya tenían el primer objetivo a la vista, alcanzar Portugal, y la primera localidad a la que se dirigirían sería la conocida ciudad de Elvas o Yelbes.

En aquella en otro tiempo conocida como Alpesa que había cambiado de manos portuguesas a musulmanas para regresar a las anteriores que les otorgarían sus fueros en 1231, decidieron, a pesar de ser cerca del mediodía, hacer un alto en el camino. El por qué lo sugeriría el mercader portugués, pues allí tenía algún familiar de confianza y contactos que le servirían para llegar a buen término a su destino final.

-¡Esperad aquí! ¡Vuelvo enseguida! –indicó Alfonso Rodríguez al resto de sus acompañantes.

Apenas transcurrieron un par de horas, cuando se vio la erguida figura del portugués con una sonrisa de satisfacción. Denotaba que había logrado lo que quería y así se lo hizo saber a su compañero de viaje:

-Don Juan, según me ha dicho mi tío, sería que nos acercásemos a Vila Boim, municipio que forma parte del ducado de Braganza y en el que recientemente se erigió un castillo. Es una población cuyo poblamiento se remonta a la noche de los tiempos, llegándose a ocupar por los romanos y siendo bautizada como Vila Boim de Moçarava por los musulmanes. Después nos encontraremos con poblaciones sin mucha importancia como Borba. Más tarde nos encontraríamos con Pavia, cuyo nombre parece ser que procede del antiguo núcleo colonial dirigido por el italiano Roberto de Pavia. Después nos encontraremos varias parroquias y asentamientos que no tienen mucha población hasta alcanzar Santarem. Quizá podamos tardar unas cuatro jornadas, cinco a lo sumo si encontramos algún inconveniente.

-Bien, muchacho. ¡Volvemos todos al camino! ¡En marcha! –elevó Juan de la Sierra la voz para informar al resto.

Tediosas transcurrieron aquellas jornadas, aunque la meta ya se encontraba cada vez más al alcance. Era cuestión de días la consecución de su ansiada meta. Aquella ciudad que tanta anhelaban alcanzar ya no se encontraba demasiado lejos. En tierras de Portugal ya se hallaban y un día sin proponérselo se encontraron ante una población amurallada que se asomaba a las aguas del río Tajo (Tejo para los portugueses) desde una situación de privilegio. Aquel lugar había sido poblado siglos atrás por el mismísimo Julio César estableciendo un campamento militar que daría lugar a una población llamada Scallabis Praesidium Iulium, cuya relevancia comercial y administrativa le convertirían en un centro clave dentro de la Lusitania.

Después vendrían los moros y sus incursiones pocos años después de haber penetrado por el estrecho de Gibraltar, los cuales dejaron su impronta en la construcción de varios núcleos: una alcazaba, la medina de Marvila, el puerto de Alfange y el arrabal de Seserigo.

Los reyes asturleoneses realizaron varias incursiones, en el siglo XI estuvo bajo dominio cristiano hasta que pasase a formar la Taifa de Santarem.

En 1147 Alfonso I de Portugal la conquistaría, donando el dominio a la Orden del Temple, y, aunque recuperadas por los almohades, tras la extinción de los Templarios Don Dinis I incorporaría su patrimonio a la nueva Orden de Cristo en 1319.

Testigos de esta zona fronteriza serían las murallas que la circundaban que estuvieron sometidas a numerosas reformas y modificaciones en los siglos transcurridos.

Aquel lugar no pareció necesitar presentación para los recién llegados. Sabían que habían logrado llegar al final de su viaje. Se encontraban contemplando desde las mismísimas aguas del Tajo a su ansiada Santarem. Apenas podían abarcar con su vista aquella imagen de ciudad que tiempo atrás había llegado a ser capital de Portugal en tiempos del reinado de don Alfonso, en la catorceava centuria.

Tras cruzar el puente, quedaron asombrados ante la imponente presencia de aquella urbe, la ciudad soñada que se habría de convertir en la nueva morada de los que allí habían llegado.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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2 COMENTARIOS

  1. Extraordinario itinerario descriptivo. Los judíos que se instalaron en Santarem dieron carácter urbano a un territorio notablemente agrícola.
    Todo un placer. Enhorabuena. A la espera del próximo relato……..

  2. Gracias de nuevo Charles.
    Ha sido un enorme placer recibir tus comentarios y tu fiel seguimiento, capítulo tras capítulo hasta el día de hoy.
    Espero que, tras un merecido descanso, las nuevas historias que me pondré a relatar sean igualmente dignas de tu confianza.
    Un fuerte abrazo y hasta el próximo

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