Las élites contra el pueblo: El caso de hispanoamérica

“La Iberoamérica continental fue la primera región del mundo en independizarse de dos potencias, España y Portugal (3 si incluimos a Haití)

Su independencia fue anterior a la formación de Italia, Polonia, Alemania y, desde luego, de los países surgidos tras el proceso de descolonización iniciado después de la II GM, en 1945 (India, Singapur, Australia….) Se daban las condiciones para que hubieran emergido países poderosos, tanto política como social y económicamente….” (Augusto Zamora. Malditos libertadores. Historia del subdesarrollo latinoamericano. Ed. Siglo XXI)

No fue así.

En 1799, Alexandre Von Humboldt inició un viaje por Hispanoamérica, recorriendo territorios de lo que hoy son Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Cuba y México. Quedó maravillado al ver las instituciones científicas que, por ejemplo, albergaba México; recordemos que la principal Escuela de Minería del mundo se encontraba allí. Después de la Revolución Mexicana, el profesorado fue expulsado. EE.UU. contrató a los defenestrados y los trasladó a Pensilvania. De esta forma, el mayor conocimiento sobre la explotación de minas pasó del mundo hispánico al anglosajón. Hoy, los principales recursos mineros del mundo los explotan empresas estadounidenses, británicas, australianas o canadienses. Recordemos este hecho, pues será paradigmático en la forma de actuar de las élites de los países emancipados.

Fue el desarrollo de la tecnología minera la responsable de que el real de a ocho de plata español existiera y se convirtiera en la moneda mundial. Tan importante era este conocimiento que la casa Rothschild ofreció grandes sumas de dinero a Fernando VII por disponer del saber. El tan denostado rey nunca cedió.

El prusiano Humboldt llegaría a manifestar a su hermano Guillermo, en una de sus cartas, la intención de terminar sus días en la capital de la Nueva España. Sin embargo, algo había en el prusiano que no le gustaba: El trato a los indios. No compartía el proceso de asimilación paulatina; como buen ilustrado, anteponía la idea de progreso a cualquier consideración humana. Humboldt entendía que la civilización debía de imponerse, por eso no estaba de acuerdo con las repúblicas de indios; a su entender, eran una rémora. Si bien, quedó sorprendido con la España americana, su desacuerdo con el trato contemporizador a los indígenas de las autoridades virreinales le llevó a pensar que este modelo era un freno al progreso humano y puso su esperanza en la América anglosajona. Por eso, Humboldt nunca se opuso frontalmente a las masacres de indios realizadas por sus hermanos protestantes de la América del Norte. Sencillamente, porque eran un mal necesario en nombre del progreso. Este pensamiento servirá de excusa ideológica a las élites emancipadas. Si Humboldt es tan reconocido con calles, plazas, avenidas, instituciones, en todos los países hispanos de América es porque su racismo -tan típico del pensamiento ilustrado francés, inglés y alemán- fue un bálsamo para las políticas de aniquilación indígena y saqueo de sus tierras, propiciadas y ejecutadas por las oligarquías de las nuevas repúblicas, cuyo lema, importado de los EE.UU., “el mejor indio es el que está muerto” aplicarían sin piedad; el ejemplo prototípico lo tenemos en el argentino Domingo Faustino Sarmiento, cuya obra Facundo o civilización y barbarie tuvo una enorme influencia en las oligarquías hispanoamericanas. En ella, el prócer argentino aboga por la eliminación de todo lo que se opusiera al progreso: Indígenas, gauchos…

En 1826, el presidente argentino Bernardino Rivadavia firmó el siguiente decreto “se contrata al coronel prusiano Federico Rauch para exterminar a los indios ranqueles” Hoy conocemos la forma de actuar de este prusiano, gracias a los partes de guerra emitidos por él mismo: “Hoy, para ahorrar balas, hemos degollado 28 ranqueles”. En 1831, el presidente uruguayo, Fructuoso Rivera invitó a los indios charrúas a una reunión, con el fin de negociar ciertos asuntos. Una vez congregados, 1200 soldados los atacaron; nunca se ha sabido la cifra exacta de muertos. Los supervivientes fueron capturados y repartidos como esclavos en Montevideo.

El abogado mapuche José Lincoqueo -fallecido en marzo de este año- fue un estudioso de la historia y el derecho; tras años de investigación, llegó a afirmar: desde 1641 hasta los inicios del siglo XIX fueron “dos siglos de oro para la nación mapuche, en los cuales desarrollaron una agricultura y una ganadería muy avanzada para la época … y toda su población tuvo un nivel de vida en lo económico o en lo material nunca antes visto ni posteriormente. Los mapuches actuales recuerdan con nostalgia inmensa ese período de su historia” En otro escrito dirigido a la ONU, José Lincoqueo (citado por Augusto Zamora en Malditos libertadores) manifestó: “la nación mapuche se encuentra absolutamente sojuzgada y esclavizada por el Estado chileno …, se ha permitido violar unilateralmente los 28 parlamentos o tratados internacionales que España celebró con Arauco o Ragko Mapu, durante la época de la colonia …”

La expansión hacia el sur de las nuevas repúblicas -chilena y argentina- fue acompañada por campañas de exterminio indígena:

“Los cazadores de indios mataban porque les pagaban una libra esterlina por cada cabeza, y a la mujer le cortaban los senos y pagaban un poco más por ella” (René Peri Fagerstrom. Reseña de la colonización de Chile. Citado en Malditos Libertadores) El Museo Nacional de Londres mejoró sustancialmente la recompensa a 8 libras esterlinas por cabeza. Nótese que la moneda de pago era la inglesa. No es difícil entender cuál era la nacionalidad de las empresas beneficiarias por la explotación de las minas.

Las oligarquías que se hicieron con el poder en las nuevas repúblicas hispanoamericanas fueron excelentes alumnos de la política de matanzas sin cuartel pregonada por el general Sheridan: “Debemos actuar con determinación vengativa contra los siux, incluso hasta exterminarlos, a los hombre, mujeres y niños” (Roxanne Donbar-Ortiz. La historia indígena de Estados Unidos)

En la zona cauchera del Amazonas peruano, el comportamiento de las compañías británicas encargadas de la explotación hizo que el ingeniero estadounidense Walter Hardenburg escribiera lo siguiente: “Los agentes de la Compañía fuerzan a los pacíficos indígenas del Putumayo a trabajar día y noche … sin la más mínima remuneración, exceptuando los alimentos necesarios para mantenerlos con vida. Les roban sus cultivos, sus mujeres y sus hijos … Los azotan de forma inhumana hasta que se les ven los huesos … Cogen a los niños por los pies y estampan sus cabezas contra los árboles … Disparan a hombres, mujeres y niños para divertirse … Los queman con queroseno para que los empleados disfruten de su desesperada agonía…”

Los británicos abandonarían la amazonía peruana, gracias a que consiguieron cultivar semillas, extraídas del caucho del Perú, en sus colonias de Malasia y Sri Lanka.

De esto nadie habla, porque, todo el mundo sabe, que el culpable no puede ser otro que Francisco Pizarro.

Ver a los indios peruanos encadenados, semidesnudos, fotografiados por sus “amos” de las compañías británicas, con el conocimiento de las autoridades peruanas, revuelve las tripas.

Qué decir de los indígenas chilenos. Exhibidos como animales, con la autorización de su propio gobierno, en la Exposición Universal de Paris de 1889.

Idéntico destino sufrió el valeroso jefe indio Gerónimo, enjaulado cual animal de feria para solaz de los amantes del progreso de la Europa ilustrada.

“Uno observa con asombro que, para defender lo que reclaman como suyo, los indígenas en Bolivia, Chile o Nicaragua invocan títulos de la Corona española frente a las leyes republicanas, triste ejemplo del desamparo que siguen sufriendo a manos de los sistemas oligárquicos y prueba indirecta que desmiente otro de los grandes mitos de la historiografía oficial hispanoamericana: que los indígenas estaban peor durante la colonia y mejor bajo las repúblicas … España reconoció derechos ancestrales a los indígenas, como el derecho a sus tierras ancestrales, a vivir según sus leyes y costumbres, o a hablar su idioma, algo que ninguna otra potencia colonial ha reconocido jamás a los pueblos colonizados.” (Augusto Zamora. Malditos libertadores)

Cuando López Obrador pidió a España que pidiera perdón por la conquista, organizaciones indigenistas de Chiapas le recordaron que primero debería hacerlo él en nombre de la república que acabó con sus derechos.

Entre 1847 y 1886 se realizaron campañas de cacería de indios por todo México. En Zacatecas se ofrecieron 100 pesos de recompensa por cabeza; en Chihuahua, entre 250 y 300 o 500 en Sonora.

Bajo la presidencia de Porfirio Díaz se estimuló abiertamente el exterminio de los apaches, comanches, yaquis y mayas.

En diciembre de 1848, un grupo de ancianos principales indígenas de la Huasteca, Tampico y Veracruz, enviaron una carta al presidente mexicano; en ella se afirma: “… Los reyes españoles dictaban sin cesar medidas eficaces para poner a cubierto a los indios labradores de la rapacidad de sus astutos enemigos, pero que no ha sucedido lo mismo desde que el país se emancipó …”

“Se podría afirmar, sin riesgo de exceso, que España creó un primer sistema universal de derechos humanos … un sistema legal de protección de los pueblos indígenas que no tiene parangón en el mundo de imperios coloniales, que se abrió en 1492 y concluyó en 1945… ¿Puede alguna potencia colonial europea -Inglaterra, Francia, Holanda, Alemania …- esgrimir una legislación protectora de pueblos indígenas y colonizados como la construida por España a lo largo de tres siglos?” (Augusto Zamora. Malditos libertadores)

Para entender el valor de las Leyes de Indias, recordemos las palabras de Hannah Arendt sobre el imperialismo de las potencias “ilustradas” de Europa: Los Boers consideraban a África un continente poblado o superpoblado por salvajes. De ahí su máxima “exterminad a todos los brutos”, lo que determinó las más terribles matanzas de la historia reciente; los hotentotes exterminados por los boers, los salvajes crímenes de Carl Peters en el África Alemana del Sudeste; la masacre de la pacífica población del Congo: de 20 a 40 millones reducidos a 8. El equivalente africano a la política del mejor indio es el que está muerto fue la seguida por las autoridades británicas en África -cómo no-:

“No se permitiría que consideraciones éticas, tales como los derechos del hombre, se alzaran en el camino de la dominación blanca”.

Sobran comentarios.

Permítanme que abandone por un momento la mesura y me dirija a tanto papanatas y tonto útil que en ambos hemisferios siguen afirmando que España aniquiló a los pueblos indígenas o que ¡ojalá nos hubieran conquistado los ingleses!, o, incluso, califiquen al Imperio español de imperialismo, equiparándolo al belga, francés, holandés, británico o alemán del siglo XIX, como si el virreinato de la Nueva España, del Perú, del Río de la Plata o de Nueva Granada hubieran sido una especie de Congo belga, Rodesia, Indochina o Indonesia, etc.,etc. No se puede ser más abyecto.

Es hora de decir basta. No podemos consentir que aquellos que regaron de sangre el mundo como política de Estado: Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Bélgica, EE.UU., etc., etc., así como las oligarquías que se hicieron con el poder de las repúblicas surgidas de la balcanización de la monarquía hispánica, sigan mintiendo, los primeros, por intereses geopolíticos y, los segundos, envenenando a sus pueblos contándoles una historia falsa para lavar sus culpas.

Si la emigración de los países Iberoamericanos, en 2018, fue de 37 millones -en una población de 620- frente a la africana, 34 sobre un total de 1260, ¿quiénes serán los responsables?: Las mismas élites oligárquicas que han ocupado el poder durante dos siglos. Las mismas que balcanizaron una unidad política poderosa, plagada de ciudades bellas y pujantes, muchas, hoy, patrimonio de la humanidad: México, Lima, Buenos Aires, Quito…., y la balcanizaron porque fueron las mafias contrabandistas los aliados fundamentales de Inglaterra y sólo les interesaba territorios donde tuvieran su red de distribución; por eso, jamás construyeron un proyecto nacional para las nuevas repúblicas, salvo cómo optimizar sus ganancias. Las mismas que echaron por la borda el comercio asiático con China a través del Galeón de Manila; un comercio que en 2,5 siglos había intercambiado más mercaderías que la ruta de la seda en 1000 años, según la Universidad de Cambridge. Las mismas que echaron por la borda la moneda más poderosa de su tiempo, el real de a ocho, sustituyéndola por un sinfín de monedas irrelevantes en el mercado mundial. Las mismas que arrebataron a los indígenas sus tierras para constituir un modelo latifundista en connivencia con la potencia extranjera del momento: ayer Inglaterra; hoy, EE.UU. Un modelo de terratenientes que renunció a la industrialización y entregó a sus países a una deuda externa interminable. El funcionamiento fue muy simple. La oligarquía dominante y latifundista apoyó un modelo agroexportador que le supuso grandes beneficios particulares; a su vez, adquirió empréstitos en cadena para adquirir las manufacturas y bienes de mayor valor agregado; empréstitos, cuyo pago recaerían sobre los hombros del pueblo liso y llano. Las utilidades de las oligarquías terratenientes jamás se invertirían en el desarrollo industrial, sino en la adquisición de bienes suntuarios. La economía capitalista no se basa tanto en la acumulación de capital, como en su multiplicación, la que, a su vez, conlleva innovación. Las élites hispanoamericanas renunciaron a este ciclo y mantuvieron a sus países anclados en un modelo preindustrial. Su única industrialización consistió en sustituir a los braceros por cosechadoras, por supuesto, fabricadas en el exterior ¿A quién ha beneficiado este modelo? A las potencias anglosajonas y a las oligarquías que se hicieron con el poder, y en un falso teatro democrático se sustituyen unas a otras sin que nada cambie, excepto en fomentar el analfabetismo con el lenguaje inclusivo o ingresar en la Universidad sin saber localizar a España o a la Argentina en el mapa ¿Cómo es posible que la autoproclamada izquierda, dizque defensora de los oprimidos, haya asumido el falso relato histórico creado por las oligarquías para lavarse las culpas del expolio y subdesarrollo de sus pueblos? La repuesta es evidente. Ambas responden al mismo amo.

Antes de terminar, quisiera hacer una pequeña reseña de Augusto Zamora. Este profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales es nicaragüense; exembajador de su país en España. Formó parte de la administración del gobierno sandinista tras el triunfo de la revolución. Fue director jurídico del Ministerio de Exteriores y jefe de gabinete del propio ministro. Formó parte del equipo negociador de Nicaragua en los procesos de paz de Contadora y Esquipulas, y un largo etc.

Quiero finalizar este artículo con unos párrafos del libro de este exdiplomático, exprofesor, exnegociador en situaciones muy complejas representando a la Nicaragua sandinista, titulado Malditos libertadores. Historia del subdesarrollo latinoamericano.

“Las tan alabadas guerras de independencia hispanoamericanasdestruyeron el poder colonial español, pero, sobre todo, destruyeron algo más importante: destruyeron una entidad que era un poder mundial … una potencia con capacidad para defenderse y hacerse respetar en el concierto europeo de los grandes Estados … ¿Habría atacado EE.UU. al Virreinato de la Nueva España -y con ello a todo el poder hispanoamericano- de haberse conservado la unidad y el poder que de ella emanaba? ¿Habría intentado ocupar las Floridas a costa de entrar en guerra con la mayor potencia regional? Habría sido una decisión harto arriesgada para EE.UU. De hecho, en 1813, en plena guerra contra Gran Bretaña, el presidente Jackson ordenó tomar un pequeño fuerte español en Florida para prevenir una acción inglesa, pero dejando claro en sus instrucciones, que no debía entrarse en guerra contra España …

La historia no tiene vuelta atrás y es ejercicio inútil especular. Especular. No soñar con lo que pudo haber sido y no fue porque unos iluminados al servicio de un poder imperial -se refiere a Inglaterra- decidieron destruirlo todo”

Como diría Gustavo Bueno, quedan los restos de aquel naufragio, y sobre ellos debemos apoyarnos para volver a levantarnos. Debemos desmontar la falsedad historiográfica dominante, culpable de tantos desencuentros apasionados e irracionales entre miembros de una misma civilización. Porque el mundo hispano es mucho más que una cultura, es una civilización.

Ha llegado el momento de reaccionar ante aquel que, en nuestra presencia, repita mecánicamente las falsedades que alguna vez escuchó en algún sitio, incluso, en el colegio o en la Universidad. Desmontar la Leyenda Negra es tarea de todos. No debemos callar.

No esperemos nada del poder. Hace demasiado tiempo que sus intereses no son los del bien común. Es imperativo configurar fórmulas de articulación en diferentes campos.

La red ya se comenzó a tejer.

¡¡Feliz día de la Hispanidad!!

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2 COMENTARIOS

  1. A mí me sorprende la opinión de don César Vidal sobre la leyenda negra. Según el mencionado escritor, periodista y tantas cosas más los españoles fuimos unos bárbaros y toda la leyenda negra es cierta, y mucho más. No sé. Ciertamente no se puede adjudicar nuestro destino exclusivamente a agentes externos. Echar la culpa de todo lo que nos ha ocurrido como nación y civilización a enemigos exteriores, evitando el examen de nuestros actos, no es criterio de justicia ni ayuda a alcanzar la verdad. No hay que remontarse mucho tiempo atrás. En nuestros días asistimos a la defensa de intereses ajenos (casualmente de ese mundo anglosajón) con el sacrificio de los intereses propios y de las haciendas de los españoles. Y lo hacen los gobernantes que han de vigilar por los intereses de nuestra nación y por la vida y el bienestar de los españoles.

    Yo percibo a la civilización anglosajona como indolente, carente de escrúpulos a la hora de alcanzar sus objetivos económicos y de poder. Pero sería injusto no reconocerle su brillantez científica, política, social y económica. Quizá sea la conciencia de esa superioridad junto a su falta de escrúpulos la causa de su comportamiento hacía otros seres humanos que han tenido la desgracia de cruzarse en su camino.

    Recordar que en aquellas guerras de la independencia en las entonces provincias españolas, los nativos lucharon del lado de la Corona Española; que la mezcla es la norma entre la población de los países hispanoamericanos y que los nativos de aquellas tierras son alta proporción, al contrario de lo que ocurre en la América anglosajona, donde fueron prácticamente exterminados.

    Un placer leerle de nuevo, y a la espera de ese segundo artículo de la ministra Irene Montero.

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