El principio de la Historia

Manuel Valero.- El mundo siempre ha estado loco. Vale. Pero la gente de mi generación vivió el espejismo de un tiempo de cierta  cordura. La misma generación que cuando niños inocentes fuimos coetáneos de la guerra fría y la crisis de los misiles.  También, como hechos que guardo en la memoria -hubo muchos más-, la guerra de Vietnam, la revolución de Praga, la revuelta parisina de 1968, el golpe de Estado en Chile, la atroz dictadura Argentina, la guerra de las Malvinas, el movimiento de Tiananmen y su sangrienta represión… hasta que llegó un tipo con una mancha en la cabeza y lo que nos parecía imposible ocurrió: el derrumbe del muro de Berlín que separaba y reconciliaba los dos mundos: el frío y autoritario Este con el variopinto y democrático Occidente.  China aún no se había desperezado y el movimiento yihadista ocupaba un segundo plano. Contemplar las fotografías de Reagan con Gorbachov y sobre todo la de un Clinton hilarante ante las excentricidades de Yeltsin eran todo un alivio. Adiós a la guerra fría, hola al nuevo orden. Para colmo en España disfrutábamos de la democracia bajo el mandato de un PSOE pletórico y estadista que abrió las puertas a la creatividad ochentera y noventera.

En ese escenario hubo un libro titulado El fin de la Historia y el Ultimo Hombre, (Francis Yukuyama) que tras el colapso comunista desplegó un ensayo en el que consideraba el triunfo de las democracias liberales y un nuevo y único pensamiento libre, consecuencia del fin de las ideologías y por lo tanto, “de las guerras y las revoluciones sangrientas”. Como alternativa, la democracia, la economía y la ciencia. ¡Qué lejos estaba de la realidad releído el libro desde la perspectiva del tiempo!

Con motivo de un viaje en tren leí la primera información sobre el regreso de un tal Ruhollah Jomeini a Persia tras la caída del sha Reza Pahlavi sin que hiciera referencia al trueque por las bravas de una monarquía a lo occidental por una república medieval. Vi fotografías de ciudadanos mostrar su jubilo por la huida del sha y el triunfo de la revolución islamista, supongo que ignorantes de lo que les aguardaba, en especial a las mujeres. Poco faltaba para que los iranies tomaran la embajada de USA en Teherán.

También circulaba la teoría recurrente de que EEUU que se alzaba como guía y líder del nuevo orden necesitaba enemigos para seguir alzando la llama de la democracia y la libertad. Afganistán nos parecía entonces una guerra difusa y difuminada hasta que a las redacciones de los periódicos empezaron a llegar imágenes inquietantes de lideres religiosos que amenazaban al infiel: la destrucción de las estatuas budistas de Bamiyan   por los talibanes y el burka fue el icono global del nuevo enemigo. Luego vino la guerra de Irak y el tocomocho de las armas de destrucción masiva. La Historia lejos de acabar se dispuso a escribir un nuevo capítulo que empezó con el atentado de las Torres Gemelas. La aparición de China, una nueva Rusia, híbrida entre la anterior república soviética y el imperio zarino y la inquietante y represiva Irán, son actores hoy con la mano dispuesta a desenfundar en el conflicto de Oriente Medio.

Vaya si estaba equivocado Yukuyama. Cuesta creer que un ensayista que convirtió su obra en un libro de cabecera no tuviera en cuenta el conflicto de guerra perpetua entre Israel y Palestina, y creyera en su inocencia, disculpen la osadía (2), que las guerras desaparecerían del mapa y las revoluciones sangrientas pondrían el cartel de cerrado por liquidación. Desde el punto de vista geopolítico, un suspenso como una casa; desde el punto de vista filosófico, un error de base: el hombre está condenado a guerrear. No habrá jamás un mundo en paz, sin hambre, sin guerras, sin poderosos, sin religión, a lo Imagine de John Lennon. 

No reparó Fukuyama, y perdonen otra vez la osadía, en que las democracias triunfantes estarían expuestas a una laxitud social que depararían en graves crisis políticas e institucinales domésticas como las que salpican hoy a buena cantidad de países, el movimiento migratorio masivo hacia el nuevo Occidente imperial, el rol de una China poderosísima en lo económico e inamovible en lo ideológico, en una inaudita, insólita y casi diptópica síntesis de capitalismo y comunismo. Ni el deterioro de la Rusia posterior a Yeltsin y desde luego, el manotazo en el tablero internacional del terrorismo fundamentalista global. Las ideologías sustituidas por el fundamentalismo religioso. Siempre hay algo.

En parte comprendo a Yukuyama porque muchos pensamos lo mismo incluso antes de que escribiera su famoso ensayo: si los americanos y los rusos, es decir, si la OTAN y el Pacto de Varsovia (que se disolvió), si Moscú y Washington dejaban de ser enemigos, si hubo tratados para frenar el armamento nuclear, si un Yelsin desinhibido y beodo hacía reír a carcajadas a Clinton, si los pepinos letales dejaban de apuntarse… ¡es que había llegado la ansiada paz mundial o algo que se le parecía mucho!

¡Ilusos de nosotros! La historia estaba en su principio, en un nuevo capitulo que se empezó a escribir cuando vimos las grandes torres caer, como dice el refrán. En su pensamiento occidentalizado que occidentaliza, democratiza y capitaliza la geopolítica mundial, Fukuyama,  venía a considerar las guerras y los tumultos sangrientos como desviaciones menores de un Orden perfecto y definitivo y un hombre (el último) henchido de si mismo.

El caso es que hoy el riesgo es global y los primeros párrafos de este principio de la Historia resultan tan vomitivos como el hecho de que la evolución del hombre lo ha llevado a poder ver la retrasmisión de la guerra en directo y por televisión y como estallan obuses sobre las ciudades mientras come o dormita en el sofá.

El único asidero que nos queda es que quienes tienen ante sí el volante del Planeta sopesen que una guerra total no será la primera como cantaba Luis Eduardo Aute: será la última. O como dicen que dijo Einstein, después de ver en la prensa la seta mortal de Hiroshima y Nagasaki:  Si hay una nueva conflagración mundial el hombre volverá a las cavernas, al palo y las piedras.

La Historia no ha hecho sino comenzar para diseñar un nuevo tablero. Ojalá y acabe bien.

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