Manuel Prior: tres fechas y un espejo

Las fechas que quiero retener ahora son las relativas a las grandes exposiciones –entre antológicas e indagatorias, entre analíticas y sintéticas– de Manuel Prior, celebradas en el último tramo de su trayecto vital y pictórico, para componer una suerte de legado personal y de friso social y cultural que nos es dado contemplar e interrogar. Y así de ello, resultan las muestras de 2015 en la Galería Fúcares de Almagro –Prior: una revisión. Pinturas (1955-2014)–; de 2022 en el Museo García Rodero –Prior. 70 años de pintura–; y ahora, en 2024 en el toledano Museo de Santa Cruz – Prior, 70 años de pintura. Desvelando lo que la realidad esconde–. Desvelar, pintar, esconder y mirar –mirarnos– en un espejo. Que igual ese espejo es un espejo retrovisor.

Para María Moliner en su Diccionario de uso del español (1991), la voz retrovisor no cuenta ni aparece. Frente a la proximidad de voces como retroventa, retroversión y retrospectivo. Por su parte Seco, Andrés y Ramos en su Diccionario del español actual (1999), establece de ello –del espejo retrovisor– que “permite al conductor de un vehículo ver lo que esta detrás, sin volverse”. En la Wikipedia (2024), se nos informa que “Un espejo retrovisor es un tipo funcional de espejo que poseen los automóviles y otros vehículos, diseñados para permitir al conductor ver el área que se encuentra detrás del vehículo a través de la ventana posterior”. Yo, por mi cuenta en mi trabajo Geografía Personal, Grado Elemental (2012) fijaba otras cuestiones complementarias a tales espejos. Así: “Un retrovisor nos alerta de lo que se aproxima y avanza desde atrás, de igual forma que permite contemplar lo que hace unos instantes tuvimos ante los ojos y ahora ha pasado. Es decir, un retrovisor es un espejo fantástico e inconmensurable que no sólo refleja el espacio, sino que anticipa o pospone el tiempo de la acción y de la mirada”.

Digo esto, de pintura y espejo retrovisor, ante la exposición de Prior en el Museo de Santa Cruz en Toledo por dos razones casi enfrentadas y complementarias. La primera es la evidencia de que la muestra Prior, 70 años de pintura. Desvelando lo que la realidad esconde, es un justo gesto de reconocimiento al trayecto impecable de alguien que ha contado con reconocimiento limitado, hasta hace poco, en determinados centros expositivos, con las excepciones de rigor citadas antes y algunas más: de Almagro, en Fúcares en 1977, en 1980 y en la de recapitulación de 2015; y en Puertollano con las apariciones de 1975, 1984 y la solemne muestra en el García Rodero, de 2022. Excepciones las citadas, que no encubren las omisiones repetidas de una obra que cuestionaba el estatuto preferente y preferido del Realismo manchego, como resultaba que aún en 1985, se celebrara la pomposa muestra Realismo y Figuración en La Mancha,como modelo canónico de representación y apropiación patriótica. Baste ver, en ese juego de espejos y visiones retrospectivas, la muestra precedente a esta de Manuel Prior, en este mismo espacio del Museo de Santa Cruz, sobre los fondos del MACTO –Museo de Arte Contemporáneo de Toledo– y sus presencias y ausencias. Presencias y ausencias en un hipotético relato posible de las pinturas regionales del siglo XX, en un ejercicio fallido e incompleto.

Donde cuentan –en ese ejercicio memorioso del relato posible– la exposición madrileña de 1957 Artistas manchegos hoy,con texto de Lafuente Ferrari; la aparición del Museo de Arte Abstracto de Cuenca en 1966, con Zobel y Torner como promotores; la aparición del Grupo Tolmo, en 1971, en Toledo; la creación del Museo de Ciudad Real en 1972 –abriría sus puertas, finalmente, en 1982 y que daría pie a la llamada Sala de Arte Contemporáneo en 1999, como otro posible precedente malogrado–; la exposición itinerante de 1983 Otra pintura  de Castilla-La Mancha comisariada por Norberto Dotor, conjuntamente con la aplicada a Benjamín Palencia, surrealista el mismo año; el esfuerzo de la Fundación Cultural con la muestra de 1984, La cultura en Castilla-La Mancha y sus raíces, junto al ensayo de Corredor Matheos El arte actual en Castilla-La Mancha; la presencia en la EXPO-92 en Sevilla, con texto, de nuevo, de Corredor Matheos, Nueve artistas de Castilla- La Mancha; la exposición de 1995 en el MNCARS sobre Benjamín Palencia y el arte nuevo. Obras 1919-1936; la muestra finisecular de 2000, Memoria y modernidad. Artes y artistas del siglo XX en Castilla-La Mancha, comisariada por Delfín Rodríguez y la propuesta conjunta de la Asociación de Galerías de CLM de 2011, Arte ahora. Y aquí –en ese territorio hipotético del ‘relato incompleto y de los relatos de las pinturas del siglo XX en Castilla-La Mancha’– hay cuestiones pendientes y asuntos por resolver, que no se subsanan por decreto, ni por compensación del pasado parado y de la quieta velocidad. Así, como ejemplo, el MACTO toledano surgido a la luz en 1973 e inaugurado en 1975 en  la Casa de las Cadenas, quedaría varado y clausurado, fatalmente, en 2001. Sin que la aparición, en 2017, de la Colección Roberto Polo en el paredaño convento de Santa Fe –y con evidentes limitaciones de contenido, al ser una colección centroeuropea, preferentemente belga– estableciera vínculos de conexión con el pasado propio, a la manera que se habían realizado significativamente en otros casos[1]. Hay, por ello, un significado ‘debe’ institucional al relato y a los protagonistas potenciales, que requiere nuevas miradas, nuevas propuestas y nuevos análisis. Entre otros tantos, Manuel Prior como ejemplo significativo.

La segunda de las razones expuestas muestra la lógica de la pintura como espejo retrovisor; como asunto más temporal que espacial. Que, en la práctica el retrovisor, nos muestra –tras nosotros y  tras nuestra mirada– lo que hace un momento nos precedía en nuestro desplazamiento. Pero también, y en sentido inverso, lo que estando detrás en el horizonte posterior, nos acaba adelantando y perdiéndose en la fronda del horizonte anterior. Frente a la creencia de que la pintura es la batalla imposible contra el tiempo –impasible e inevitable– y su obsesión por detenerlo, la apuesta de comparar la pintura al espejo retrovisor, nos permite invertir la creencia del tiempo pictórico detenido, por la otra alternativa, del tiempo movedizo: lo que estaba delante, al instante, queda detrás y cambia y lo que nos poscede termina por adelantarnos. Y este juego de temporalidades, movimientos y elusiones de lo que ha dejado de ser un espejo frontal para convertirse en otro artefacto de la mirada, nos viene al pelo, para contextualizar la mirada de Prior como mirada cambiante y en ejercicio en el tiempo. Que, pese a la voluntad del movimiento de los espejos, Prior rara vez y de forma muy contada, ha utilizado la imagen especular – a través de una potencial galería de posibles autorretratos que jalonan el tiempo y nos definen– como detención del tiempo que fluye. Y que huye, pese a la pretensión de pararlo.  


[1]Es significativo el caso del Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla  MACSE, creado en 1970 y con dirección de Víctor Pérez Escolano, e inaugurado en la sede de San Hermenegildo, con una exposición, precisamente, del toledano Alberto. El MACSE sería de hecho, prorrogado en 1990 con el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo –CAAC. De igual forma que, anteriormente, el Museo de Arte Contemporáneo–MAC–, creado en 1953 –con Fernández de Amo al frente en la Sala Negra de la Biblioteca Nacional– se acabaría integrando en 1968 en el nacido Museo Nacional de Arte Contemporáneo –MNAC–, ya en la ciudad universitaria. Para, finalmente derivar todo en 1986 en el Centro de Arte Reina Sofía. Cosas que entre nosotros no han ocurrido.

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