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Paradoja química

- 24 julio, 2013 – 19:392 Comentarios

La rebelión de los gorrionesAzahara padece sensibilidad química múltiple. Ha acudido a la llamada de Carmen Lozano, también enferma y responsable de la ganchillada popular que esta mañana se celebra en Ciudad Real. Salir de su casa de la montaña – de su burbuja, como ella la llama -, recorrer alrededor de cien kilómetros y plantarse en Ciudad Real es toda una proeza. Después de grabar una entrevista para miciudadreal.es mira angustiada a la fuente del árbol de la suerte, ésa que preside un ser mitad hombre mitad árbol que parece retorcerse de dolor. Se da cuenta de que la miro sin entender lo que pasa y me lo explica: “es el cloro del agua, lo noto en la garganta”.

Estas dos mujeres, y otras tantas, viven entre monstruos; criaturas invisibles para nosotros los insensibilizados, pero que a ellas atormentan con cotidiana crueldad. Las dos proceden laboralmente del sector de la peluquería y la estética, y achacan sus males a la continua exposición a sustancias químicas debido a su trabajo. Ahora no pueden respirar perfumes, ambientadores o  suavizantes, ni entrar en contacto con detergentes, gasolina, tabaco o esmalte de uñas. Y entonces me doy cuenta de que huele a humo: uno de los cámaras que graba a Carmen Lozano está fumando.

Carmen y Azahara

Carmen y Azahara

Azahara comenta que, en su casa, la ropa se lava con bicarbonato.  Su marido señala unas heridas que ella tiene en la cara mientras me detalla los padecimientos diarios de su mujer. Mi cabeza está ocupada imaginando el sufrimiento físico y psicológico de estas personas y sólo soy capaz de escuchar vagamente algo sobre la silicona de las ventanas.

Su calidad de vida es una mierda, digámoslo sin paliativos. “Nuestro cuerpo deja de funcionar y responde en forma de dolores de cabeza, fatiga, malestar, vómitos, mareos o parestesia; se me duermen las manos y los pies”, así lo cuenta Carmen Lozano. Dice que la casa donde vive es su cárcel y la mascarilla su condena. Para colmo, la Organización Mundial de Salud no considera esta dolencia como una enfermedad. No hay tratamiento para ellas, ni cura, ni ayudas, ni nada… si acaso esperanza. De esto sí que tienen, por eso están hoy aquí.

La sensibilidad química les acarrea una dependencia física. Azahara es incapaz de hacerse cargo de sus hijas; su cuerpo no le garantiza la estabilidad y en cualquier momento puede desplomarse. Necesita estar acompañada por otra persona continuamente.

A pesar de padecer esta no enfermedad, de sentirse prisioneras en su propia casa y desamparadas por la sociedad, los ojos de estas dos madres enmascaradas irradian una vitalidad desconcertante. Es emocionante constatar que la dignidad no puede ocultarse tras un paño. Más allá del colorido de las telas y de la anécdota de enfundar de ganchillo la lanza y el escudo de Don Quijote, estas mujeres han venido a decirnos que no pueden convivir con nosotros si nos empeñamos en exponernos, absurda e innecesariamente, a sustancias químicas nocivas.

Por esto mismo, creo conveniente recordar a nuestro Ayuntamiento, hoy representado casi en pleno en la ganchillada, que hace unas semanas fumigó el Parque de Gasset, y otros espacios verdes de la ciudad, con un insecticida (moderadamente) tóxico, el Imidacloprid. Una sustancia que, a finales de este año, estará prohibida porque es mortal para las abejas y que, por supuesto, no es inocua para el ser humano. Resulta paradójico que el Consistorio que defendió la conveniencia de estos tratamientos fitosanitarios preventivos, amparándose en la legalidad (temporal) de este producto venenoso, se retrate hoy, ganchillo mediante, como adalid de la sensibilidad química.

Eusebio García del Castillo Jerez

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