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Voces del pasado (parte I)

- 20 mayo, 2018 – 08:559 Comentarios

postales-desde-itacaElvira se había levantado tarde, una vez más. Eligió ducha en vez de desayuno y salió disparada hacia la biblioteca. Con un poco de suerte, llegaría justo a las ocho y no tendría que dar explicaciones. Últimamente, le costaba mucho despertarse, pero no había comentado nada a Nico para no preocuparlo.

Volvía a llover, aunque a ella no le importaba. Subir la cuesta con la fina llovizna cayendo sobre su rostro la despejaba. Consiguió llegar a las 7:57. «Bien», pensó mientras pasaba el bolso por el detector. Llegó a su despacho y se dispuso a comenzar la semana, barruntando que se avecinaba bastante caótica.
A media mañana, se acercó a la cafetería a tomar algo. Estaba cansada y nerviosa, a la vez. De repente, supo por qué. Lo vio salir del ascensor, con su andar tranquilo, las manos en los bolsillos, mirando a todas las mesas hasta que la vio. Una sonrisa adornó su rostro, la misma que la había cautivado a los quince años, cuando llegó a su vida. «Un mal año», pensó, mientras le hacía un gesto de saludo con los ojos. Ella se sintió la adolescente de antes y miró a su alrededor por si alguien conocido la sorprendía con él. Solo había un par de turistas que tomaban fotos desde la ventana y un universitario, supuso ella, de los rezagados, ya que las clases habían terminado. Se acercaban las fiestas navideñas, esas que tanto odiaba. Le aburrían las cenas obligadas, los regalos que nunca hacía, los que recibía sin acertar una sola vez («¿tan complicado será adivinar lo que me gusta?»). Nico se esforzaba en hacer que parecieran más alegres, aunque ella sabía que, en el fondo, guardaba cierta amargura por la falta de hijos. Sí, sabía que había sido la decisión correcta, la adecuada, pero, a veces, una punzada de envidia y celos la invadía cuando estaba con sus sobrinos o veía a los niños jugar en el parque.
—¡Cuánto tiempo! ¡Estás como siempre! —Víctor siempre conseguía que las frases, por muy manidas que fuesen, adquiriesen esa originalidad en sus labios. Se sentó en la silla contigua—. ¿Sigues envenenándote con cafeína? Pásate al té. Es más sano.
—¿A qué has venido? Pensé que ya no ibas a volver. —Elvira removía lentamente el café, procurando no hacer ruido con la cucharilla. Lo miró a los ojos, negros, profundos—. Me dijiste que ya se había acabado y yo te creí.
—Necesito tu ayuda. Estoy con algo muy interesante. —Siempre sonreía cuando hablaba con ella.
—Vamos a mi despacho. No quiero que me vean hablando contigo. —Se levantó bruscamente y se acercó a la barra a pagar el café.
El camarero la miró de forma extraña y le preguntó:
—¿Todo bien?
—Sí, sí. Me duele un poco la cabeza, nada más. Será por la lluvia… —contestó mientras guardaba las monedas en el bolso.
Por los pasillos, caminaba rápido, controlando que nadie la viera. Si se cruzaban con alguien, agachaba la cabeza, como si con ello consiguiera que no la reconocieran. Tenía miedo. Le había prometido a Nico que no lo iba a volver a ver, que, cuando apareciera en su vida de nuevo, no lo iba a dejar entrar. Pero la placidez y la seguridad de tenerlo a su lado era superior a las promesas hechas a Nico. «No tiene por qué enterarse. Solo ha venido a buscar información, como siempre. Esta vez no me dejaré embaucar en ninguna aventura. Después, desaparecerá». No se engañaba con eso, pero al menos le reconfortaba.
En su despacho, todo estaba en orden. Sobre la mesa, tres montones de papeles perfectamente alineados. La pantalla del ordenador, ligeramente ladeada hacia la izquierda. Un bote con bolígrafos: dos azules, dos rojos, uno verde y uno negro. Siempre igual. Su orden. Su armonía. Se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero. Se sentó en la silla y empezó a hablar:
—No sé a qué has venido. No deberías estar aquí. Sabes que cuando vienes…
—¡Lo he descubierto, El! —le cortó él, muy emocionado—. Solo necesito que me dejes entrar en el archivo para comprobar unos datos. Necesito unos ejemplares de…
—No soy El. Ya no. —Era el único que la llamaba así—. Sabes que no puedo ayudarte. La última vez me metiste en un lío tremendo con mi jefe y estoy bajo lupa. Nico también me controla. Cualquier movimiento extraño o cualquier cambio de actitud, sabes que sería perjudicial para mí. Por favor, no me hagas esto. Ahora no.
—Nadie tiene por qué enterarse. —Se acercó más hacia ella, inclinándose sobre la mesa—. He estado investigando sobre un crimen no resuelto, ocurrido a principios del siglo XIX. Una familia completa asesinada en su casa, las puertas cerradas, nadie oyó nada, ni gritos ni golpes. Nada. El caso estuvo abierto…
—No empieces con tus historias, Víctor, por favor —interrumpió Elvira—. Los dos sabemos que no se sostienen. ¿O no te acuerdas ya de los planos de un búnker secreto bajo una antigua herrería que había construido un grupo de militares nazis para refugiarse después de la segunda guerra mundial? ¿O cuando te dio por husmear en el accidente de un viejo marqués porque pensabas que lo había provocado su hijo? ¿Y la vez que, según tus «investigaciones», una organización secreta masónica había cerrado unas catacumbas en el sótano de aquella iglesia medieval porque había pinturas en las paredes que reflejaban avistamientos ovnis? —escupió toda la furia que le provocaba saber que le seguía fascinando ese «loco».
—Esta vez es diferente, El, te lo aseguro. Hay documentación, papeles «reales»; solo necesito entrar en el archivo para comprobar unos datos. He encontrado unos artículos de prensa del XIX, pero se ve que hicieron callar a los periodistas que los escribieron. Fallecieron ambos: uno cayó por un barranco y el otro en accidente de barco cuando se iba a Argentina. Encontré una pista en un puesto de libros antiguos. Una referencia a unos ejemplares de prensa. Busco unos artículos concretos —dijo, mientras le mostraba un papel— en El Crisol, los meses de mayo y junio de 1817. Y tenéis esos ejemplares en el archivo. Ayúdame.
Hablaba con seguridad, decidido, con firmeza. Sostenía la mirada ante la cara de incredulidad de Elvira. Ella dudó. Sabía que se metería en un buen lío si la veían husmeando en el archivo. Se lo habían dejado claro la última vez: «No podemos despedirte, pero limítate a catalogar desde tu despacho. Lo que necesites se lo pides a Adrián y él te lo subirá. No necesitas salir». Había tenido que devolver las llaves de acceso, pero se había hecho una copia, que guardaba en casa.
—Hasta mañana no puedo hacer nada. No tengo aquí las llaves. —Lo miró de nuevo a los ojos, por si descubría en qué estaba mintiendo en esta ocasión. Pero solo veía el brillo y la emoción de aquella primera, cuando tenía quince años, y se presentó por primera vez en su vida. Ella miraba el oleaje del mar, suave y tranquilo, sentada en un banco de madera. Notó que alguien se sentaba a su lado. Un chaval de su misma edad la miraba, divertido. «Soy Víctor. ¿Eres de aquí?». «No. Estoy de vacaciones. Me llamo Elvira». «Te llamaré El. Es más corto. Y más sonoro». A ella le pareció bien. «¿Vienes todos los días?». «Sí, a estas horas suelo acercarme un rato. Me gusta contemplar el mar». «Pues nos veremos entonces. No vas a querer que se acabe el verano». Y le guiñó un ojo mientras se levantaba y se iba. Ella contempló cómo se alejaba hasta que la voz de su padre la sacó de su ensimismamiento: «Elvira, cariño, hace frío. Vamos a casa». «¿Mañana me traerás de nuevo, papá?». «Si no llueve, sí». Y no llovió ni un solo día de aquel remoto verano.
—Ahora, márchate, tengo que trabajar. —Y Víctor desapareció como había venido: con las manos en los bolsillos y andar tranquilo. Silbaba una canción, que Elvira reconoció al instante: «Miedo de volver a los infiernos, miedo a que me tengas miedo, a tenerte que olvidar…».


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

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