Domingo del 69

El domingo siempre tuvo para mí un regusto inacabado y  tristón. Cuando fui consciente por primera vez de mis sensaciones por el domingo temido, las entendí como producto de mi propia rareza, así que  trataba de convencerme de que no había nada raro en un domingo por la tarde, y que en cualquier caso, ese declinar pausado, imperceptible, hacia una sofocante melancolía, formaba parte del ritual.
Un temblor de tristeza y humedad de lluvia  eran al domingo gris como el desenfado, el tintinear de vasos y el humo de tabaco, eran al sábado. Ambos vecinos y antagónicos en la cadencia semanal; el uno, el sábado, la parte pecaminosa, la cita con la primera novia, esquiva y fugaz, destinada a otro, como todas las primeras novias, la tarde en la tiniebla relampagueante  y temblorosa del cine, la cerveza nacional oscilando con orgullo bajo la tenaza de los dedos sobre la máquina de discos del billar, y la despedida en algún lugar donde sabernos clandestinos por primera vez en nuestra vida: la clandestinidad de los besos adolescentes. El domingo, era solemne, de obligado precepto, incómodamente familiar y triste, muy triste. Aunque lo afrontes con la alocada determinación de un eufórico redomado  siempre acaba por tomarte ese vértigo de transición, de frontera, casi onírico que tiene la lánguida agonía de la semana en las horas implacables de los domingos por la tarde.

Pero para que tuvieras la certeza de que sábado y domingo eran tan contiguos como enemigos tenías que haber dejado atrás la última niñez y debías encontrarte con el pie en el estribo de la adolescencia, ya sabéis, esa época de la vida en la que todo parece desmesurado y trágico, al menos para los de mi generación. La infancia lo clona todo con su pertinaz e inocente embeleso; la adolescencia lo agarra todo por el pecho y desestima lo inservible, sin despeinarnos. Cuando se tienen quince, dieciséis o diecisiete años, cuando se han tenido esos años en los sesenta del pasado siglo, con aquel blanco y negro luminoso envolviéndolo todo, con toda aquella ligadura moral que lo ceñía y constreñía todo, cuando se ha tenido una novia fugaz de buena posición que se llevó otro,  y te has echado el botellín al morro después de escuchar el She is a raimbow de los Rollings, eres el tío más feliz del mundo. Y lo más importante, eras consciente de que lo eras.

Sin embargo, todos los domingos han sido para mi igualmente desabridos sea cual fuera mi estado de ánimo o la época del año del domingo sufrido. Incluso hoy, no  logro desembarazarse de esa específica y pegajosa atmósfera dominguera. Sólo un domingo, uno solo en toda mi vida, me pareció luminoso, feliz, y amable. En una casa, fiesta. Lo nuestro eran botellines en petits comités y no botellones en gigantescos comités federales de descampado. Estaba yo, estaban mis amigos, estaba mi chica, había priva, estaba el tocadiscos y estaban los discos y no, no teníamos, un gilipollas o pagafantas que pusiera los discos. Teníamos un gilipollas que ponía el tocadiscos y generalmente su casa. Get Back, sonaba. Y cómo sonaba con su huevo frito perpetuo acompañando el bajo de Paul a lo largo de toda la escala rítmica. De repente entró el tío de Alberto que era muy peculiar y poco aconsejable para la moral de entonces. Como una cuba. Llegó se puso en el centro de la reunión y dijo: NO, yo he votado que NO. A Franco, a la sucesión y a la madre que parió a la sucesión. No, no crean que nos pusimos a dar palmas. Entonces estábamos en otros asuntos más perentorios de nuestra adolescencia. Pero luego el tío de Alberto, me cogió en un aparte. Cómo se queda uno cuando dice NO.

A partir de ese domingo las cosas cambiaron mucho. Por primera vez fuimos conscientes del valor del criterio, de la propia determinación, de que tendríamos que elegir, optar, tomar decisiones… y que tarde o temprano tendríamos que decir NO.

Tres meses después, también un domingo, me dejó mi novia, mi primera novia, la destinada a otro que se llevó otro. Y sí, debo admitir que algo de eso tiene que haber también de componente en mi desasosiego dominical. Al fin y al cabo en domingo descubrí el valor del albedrío y en domingo conocí la tortura del primer amor contrariado. ¿Año 1969? No lo sé. Sólo sé que era domingo. Un bendito y maldito domingo. Por la tarde.       

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