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Respuesta al senador-torero

- 8 abril, 2013 – 20:0213 Comentarios
Rafael RoblesNo está nada mal que un miembro de la Cámara alta legislativa se vista el traje de luces y baje al burladero de un medio de comunicación modesto para dar cumplida cuenta de las bondades de su intelecto y de lo equívoco de los columnistas antipáticos -por señalarle con el dedo- a quienes tilda con sarcasmo de “curioso moderno” y de “docto profesor”. Soslayando su incomodidad, se aprecia en el senador Miguel Ángel Rodríguez, a quien Nietzsche calificaría como el “torero de la virtud” por el elogio doctrinario de su moral y la de su partido, cierta muestra de valentía torera muy de agradecer en estos tiempos de silencios cobardes, ruedas de prensa en pantallas de plasma y desvergonzadas evasivas a los periodistas. Sin embargo, como bien nos ilustra la fábula del escorpión y la rana, el senador ha citado al morlaco y este, que no es maulón, está dispuesto a entablerar y empitonar a tan audaz diestro. Comienza el lidiador su paseíllo con un discurso que pretende fraguar un clima de animadversión contra José Rivero y yo mismo para que, supongo, sus capeos posteriores provoquen fácilmente los aplausos del tendido, llevado por la emoción más bien que por la razón. Para ello se sirve de la falacia por ignoratio elenchi consistente en explicar premisas que nada tienen que ver con la conclusión que se pretende demostrar. De este modo bramo: ¿qué tendrá que ver mi crítica con los insultos que recibiera en la calle junto a la ministra? Su retórica victimista pretende descalificarme en vez de refutarme y aunque los insultos fueran ciertos mentarlo aquí supone un sesgo cognitivo de falsa vivencia por su efecto de distorsión en el lector. Una vez iniciado el tercio de varas, el diestro, que me cree pastueño, pretende que recule sirviéndose sin remordimientos de una falaz chicuelina por inducción precipitada y de una desangelada verónica que toma la parte por el todo al afirmar que sus palabras ofendieron a “los mismos que, apenas cuarenta y ocho horas antes, le dedicaron toda suerte de insultos e improperios”. Nos sentimos ofendidos por comparar a la PAH con el nazismo, pero la mayoría jamás ha insultado a nadie por la calle y, aunque bufemos contra ciertas ideas ominosas, respetamos, a pesar de todo, a las personas que las profieren. ¡Se respetan las personas, no las ideas! A continuación dedica unos pases naturales a criticar la ley del embudo, como dando a entender -en un más que probable mecanismo de defensa proyectivo- que cometo la falacia del doble rasero; ante tamaño despropósito el toro no obedece sino que muge y asesta un varetazo contra la falacia del espantapájaros por extrapolación ilícita con que se le intenta burlar. Con ello pretende el torero convertir mi tesis en un simple testaferro o en una figura caricaturizada y simplona. Prosigue el pegapases, ya en el tercio de banderillas, tratando de legitimar a su partido porque “lo han votado once millones de españoles” cometiendo, sin pretenderlo, la falacia ad numerum porque la opinión de unos cuantos, por muchos que sean, no garantiza la verdad de una creencia, ya que ésta debe justificarse independientemente de cuántos la sostengan. Por otro lado incurre en la falacia pseudo democrática, al pensar que el voto favorable de la mayoría es suficiente corrección de una postura; es preciso, por tanto, enseñarle que sólo las mayorías bien documentadas aspirarían a ser guías fiables de la corrección de un pensamiento, algo de todo punto imposible con un programa electoral fraudulento con el que se sirvió para llegar a su puesto de senador-toreador. Además debería saber que hay seguidores del PP, y supongo que también afiliados, que apoyan a la PAH. Parece que sus banderillas no aciertan a clavarse en el lomo, ha debido de pensar que torea a un mansurrón.

De la misma manera arguye el torero que “son críticas desaforadas que destilan algún tipo de odio atávico hacia cualquier cosa que huela a PP”. Ahí me deja cabeceando, como un asno de Buridán a punto de transformarse en un toro de Falaris; mi bravura se amansa aturdida por tamaña acusación. Mi odio atávico es contra quienes jamás tienen presente en sus declaraciones a la creciente multitud de los que padecen en sus propias carnes el sufrimiento, el dolor o la explotación generados por una estructura social y económica injusta, y de esos encontramos tanto en su partido como en el resto y cuentan con todo mi desprecio. De su requiebro se deduce que no ha debido de leer mi artículo o, lo que es peor, no se ha enterado, lo que le lleva a cometer la torpeza de la falacia ad lapidem, porque ignora el argumento criticado y, por tanto, rechaza discutir mi tesis central -y única- consistente en que es una desfachatez comparar la labor reivindicativa de los miembros de la PAH con la de los nazis.

Ya en el tercio de muerte desliza el matador otro imprudente capeo: “me hacen también blanco de sus críticas por el mero hecho de pensar distinto a ellos y atreverme a exponer mi opinión”. Ahí empieza realmente la suerte de muleta. Tamaña aberración lógica recibe el nombre de falacia a priori, porque su razonamiento pasa injustificadamente de la causa a la consecuencia y extrae una conclusión por el mero hecho de que se dé ese enlace causal. ¡No le critico por pensar distinto sino por pensar mal! Para más inri, y mientras suena un pasodoble virgiliano, el matador, autoheroificado en un Eneas ultrajado, me hace un desplante para compararme con la rencorosa Juno y lanzarme, con un galleo retórico, un mourinhiano “¿por qué?”; de tal manera que no puedo evitar respingar: es indecente comparar una manifestación ciudadana con el nazismo, lo que despertaría el exabrupto no solo de mí, sino de tirios y troyanos. Además su pregunta entraña la falacia del falso dilema porque el hecho de criticar unas declaraciones no implica que yo deba sentir rencor, hay más opciones posibles. Siguen los recortes y quiebros con una espectacular floritura que alude a las “brigadas del amanecer”, cometiendo de este modo la falacia de asociación cuya estructura lógica, una vez desentrañada por el aficionado taurino, le hará arrojar almohadillas con inquina; a saber, premisa mayor: José Rivero critica al poder, premisa menor: las brigadas del amanecer agredían a quienes criticaban al poder, conclusión: Rivero es afín a las brigadas. ¡No tiene ni pezuñas ni cabeza! Su contumacia se incrementa, además, al vislumbrar un escondido argumentum ad iram para excitar los enojos del respetable en apoyo de su alegato. A continuación tiempla al toro y se vale de un pase natural al calificarme de eximio y “docto profesor muy leído y viajado”, con lo que trata de ironizar o debilitar con el halago. Es un claro ejemplo de demagogia consistente en halagar al interlocutor o apelar a sus sentimientos para que acepte una propuesta pero sin aportar pruebas reales. Continúa con un derechazo (nunca mejor dicho) al decir que “como buen seguidor de la filosófica ´escuela cínica´ se dedica a buscar hombres honestos dando por hecho que no los encontrará en ninguno de los dos partidos mayoritarios”; sin embargo le falla la premisa mayor, porque aunque mi columna lleve el nombre de tan insigne cínico ello no implica que uno pertenezca a esa corriente filosófica. Y culmina con un remate de pecho: “Como no me conoce de nada, me extraña que me dedique tamaños calificativos por el hecho de haber expresado una opinión libremente”. Así Rodríguez se convierte en mascarón de proa y banderín de enganche de su criticada ley del embudo: “yo sí critico a los demás sin conocerles de nada, pero que no me critiquen a mí”. Si siguiéramos los deseos del senador estaríamos condenados al silencio puesto que de la persona hay que conocer los aspectos que se critican, no el resto que no me importan; me limito a poner en solfa unas desafortunadas declaraciones suyas. También se arrima paternalmente para balbucear un obvio “no hay que tener miedo a la palabra” y tratar de embarbarme con un “lo peligroso es pasar de las palabras a los hechos, como ya ha sucedido en algunos lugares de España en relación a este asunto”. Respecto a su primera afirmación estoy de acuerdo pero en lo referido a nuestro intercambio epistolar no es más que una falacia non sequitur. Sin embargo trata de ahormarme con su segunda afirmación, que recibe el nombre de falacia de la pendiente resbaladiza, al tratar de definir una cadena causal con una consecuencia indeseable y deducir que la causa inicial debe ser extirpada. También comete la falacia ad metum por apelar al miedo si no se impone su premisa. De ninguna de las maneras consigue hacerme recular. Soy un toro seco, no un mansurrón. Aún habiendo entrado en falso, el senatador pretende darme la puntilla recordándome también que “cuando, en 2011, se produjeron 77.000 desahucios en España, permanecieron callados y mudos y que es ahora cuando se cambian las leyes, se limitan sus efectos y se buscan alternativas para aquéllos que sufren sus consecuencias”. En mi artículo no hablo de esto, pero puestos a razonar debe trastear el senador con que la PAH se creó en 2008, su concepción fue el “Movimiento por una vivienda digna” en 2006 y el primer #stopdesahucios en Madrid fue en 2011, los tres mientras el PP estaba en la oposición. Sin embargo esta tarde el maestro, que algunos ya le descubren como un embaucador maletilla o mozo de espadas, no ha podido con el toro por más que este haya tardeado. No hay rabo, ni orejas, ni paseíllo porque su puntilla final es un patético “para terminar y dejando por sentado que esta es mi última intervención sobre este asunto y que no tengo interés en mantener relación epistolar ni con el ´curioso moderno´ ni con el filósofo cínico, les recuerdo aquéllos versos de Quevedo: “No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo”. Ante tamaño pinchazo, bella poesía al servicio de la falacia ad verecundiam, solo me queda elevar el velaje, doblar el corvejón y tomar impulso para empuntar con otra estrofa del poema que menta: Con asco, entre las otras gentes, nombro / al que de su persona, sin decoro, / más quiere nota dar, que dar asombro. Hoy no habrá verduguillo ni descabello porque el toro ha demostrado trapío, al contrario que el torero que anduvo despegado. Tan solo se oyó a lo lejos un solitario ¡olé! de algún adulador de su partido, así que no puedo menos que despedirme, mientras me devuelven entre aplausos a los establos, con un horresco referens que ustedes sabrán disculpar: ¡Ay Manolete!, ¡si no sabes torear pa qué te metes! http://www.rafaelrobles.com @RafaelRob
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