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Una historia de amor entre las ruinas

- 1 julio, 2013 – 15:21Sin comentarios
¿Porqué las grandes historias de amor acaban de manera tan insoportablemente tristes? Porqué demonios Romeo y Julieta han de acabar tiernamente cadáveres el uno junto al otro?Manuel Valero ¿Porqué Yuri Zhivago ha de concluir sus dias en este mundo sobre la nieve de Moscú con un ataque al corazón cuando va tras la mujer que ama? Porqué Michael Ondaatje en El paciente inglés (Lazslo Almasi) cuenta una historia tan estremecedoramente hermosa que a la vez que emociona y amenaza con reventar el lagrimal no nos parece cursi? Uno de los pocos que retó a la brevedad del amor intenso con un final feliz fue Gabriel García Márquez, que en El amor en los tiempos del cólera, hizo aguantar a sus protagonistas hasta la última estación de sus vidas para amarse definitivamente: entre susurros de ancianos dulces y pellejos, pero se amaron. Sin alcanzar ni la intensidad ni la emotividad de las obras citadas, todas cimeras de la Literatura Universal, El sol de Argel, (Ediciones Carena, Barcelona 2012) la primera novela publicada por la ciudarrealeña Esther Ginés, está en la onda de las atípicas historias de amor serias porque atípico son los personajes que la protagonizan, Martín y Mirna, porque atípico es el lugar donde construyen entre proyectos, lecturas, velas, atardeceres y lluvia su nido de amor, el viejo Instituto Homeopático, un oasis de soledad y sombras, en medio del bullicio de Madrid, y porque no es demasiado “típico” en escritores noveles, el homenaje que Esther Ginés hace a El extranjero de Albert Camus, en un juego comparativo de identidades, para justificar, el inexplicable suicidio de Matías. Esther1Literatura dentro de la Literatura, identidades, apariencias, existencias rotas, especulaciones existenciales son sin embargo el mejor aliño para la historia definitiva que se despliega en la segunda parte. Todo cuanto acontece en El sol de Argel está dirigido al descubrimiento, no de una identidad, sino de una mujer, M, y un edificio. A partir de ese momento, la vida de Martín cambiará para siempre, en la brevedad de un verano feliz, aislado, en soledad compartida del resto del mundo, descubriéndose y amándose entre paredes agrietadas, entre el desorden condenado a la demolición. Ahí es donde radica el esplendor y la densidad de la historia de Esther Ginés, que ha preferido el siempre complicado vericueto de la novela psicológica o existencial para desbordar una ternura, un clima y una atmósfera de una plasticidad enorme. El sol de ArgelDos jóvenes amándose entre ruinas. En el interior de ese inmueble viejo, que se salva de la extinción total por tratarse de un edificio de interés cultural, los dos personaje se renuevan definitivamente tras romper el nexo de unión que los unía a Matias, el gemelo suicida, tan difuminado en la historia como alter ego de Martin, que pierde fuelle argumental a medida que la historia se detiene en Martin y Mirna y su refugio del Homeopático. El edificio se derrumba mientras ellos se construyen. Una historia llena de miradas, matices, preguntas, como una inquietud permanente y pegajosa que se negara a abandonar el destino que aguarda a los personajes. Como es preceptivo, el final aunque no es trágico, es muy triste y acongoja. Pero hay que saber hacerlo y escribirlo con la honestidad de Esther Ginés que ha logrado en esta su primera novela publicada momentos de escritora consagrada: “Por las noches, a veces de madrugada, me levantaba con cuidado, de no despertar a Mirna y me quedaba un rato sentado junto a ella, contemplando su maravillosa espalda desnuda, la cintura y la curva de las caderas, medio cubiertas por la sábana arrugada. La dejaba dormida en medio de un cuarto que se iba desmoronando poco a poco, como si todo el edificio tuviera fecha de caducidad... Cada día era una batalla constante contra el reloj, contra el cartel que anunciaba las obras. Cada noche, a la luz de la velas, era la última noche”. O este otro párrafo: “Una de esas madrugadas ella se despertó cuando yo empezaba a vestirme. Aun quedaban algunas velas encendidas sobre la mesa, y se incorporó. El pelo revuelto ya muy largo, casi le cubría el pecho, y a la luz de las velas adquiría un tono mágico. Apenas aparentaba más de veinte años, sentada en la cama, apretando la almohada entre sus brazos... “No te vayas.. me dijo.” Que me perdone la autora pero El sol de Argel no evoca cuando se lee el astro implacable y distante sobre la playa por la que camina Meursault el personaje de Albert Camus, sino la intimidad cercana de las velas titilando en el ámbito en el que Martin y Mirna viven su historia, mientras aguardan la orden de desalojo. El sol de Argel, es un buen libro, contando con intensidad y dolor, y Esther Ginés, una autora que acaba de iniciar su camino hacia su consolidación. El camino es largo, sí, y los lectores, muchos. PD.- El libro se puede adquirir en cualquier librería de Ciudad Real Una cosa más Manuel Valero
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