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Beerland (parte III)

- 22 abril, 2018 – 10:265 Comentarios
Vigiló varias noches la taberna. Los «brown» no podían fabricar grandes cantidades como los Faineken. Ellos habían construido enormes fábricas, con depósitos inmensos, en los que almacenaban miles y miles de litros. Sabía que los «brown» tenían que suministrar a sus tabernas cada poco tiempo, así que decidió hacer guardias. postales-desde-itacaY, al cabo de tres noches, vio cómo una sombra, con un abrigo negro y la capucha puesta, que llevaba un par de cajas rectangulares de cartón, se acercaba a la parte trasera de la taberna. Se acercó sigiloso para poder ver mejor. La sombra golpeó tres veces seguidas el ventanuco y una puerta minúscula se abrió. Salió el tabernero que le había atendido la otra noche. —Ya no te esperaba hoy —le dijo a la sombra, mientras cogía las cajas. Se retiró la capucha. Suza dio un respingo. Una melena pelirroja rizada se extendió sobre la espalda, cubriendo parte del abrigo. Era ella. Silekha. Como la recordaba. Su espalda. Vio que el tabernero le entregaba el dinero. Y ella volvió a ponerse la capucha y caminó de vuelta. La siguió hasta un callejón estrecho y allí la abordó. —¿En serio? ¿Cerezas? —le preguntó mientras se situaba a su lado. Ella lo miró, asustada. Después, sonrió. —¡Bozhi! ¡Estás vivo! —Le abrazó muy fuerte. Sujetaba su rostro con las dos manos, no se creía que estaba allí, junto a ella—. Dijeron que escapaste al monte y que allí los lobos te pillaron en invierno. Subía todos los días, con comida y abrigo, llamándote, te busqué tanto… —Sus manos seguían en sus mejillas—. Estabas aquí… Conseguiste llegar… —Y, por lo que veo, tú también… —Le gustaba notar esas manos frías en su cara, pero cayó en la cuenta de por qué la estaba vigilando—. ¿Eres «brown», Silekha? —Ja, ja, ja… Pues claro, Bozhi. Nosotros somos «brown» de origen, ¿no? Los genuinos… ¡Vaya pregunta! Ja, ja, ja… —La risa se paró. No entendió la seriedad del rostro de él. —No soy Bozhi ya. Soy de la Guardia Verde, Silekha. —Y sintió aún más frío cuando las manos de ella dejaron de acariciarlo—. Soy Suza. beerlandLa detención de Silekha hizo que las facciones «brown» se volvieran violentas. A los suministradores de la «green» los atacaban en los caminos de noche, las tabernas empezaron a derramar su cerveza y empezaron a crearse pequeños grupos de clientes que ya no temían las represalias de la Guardia Verde y se atrevían a consumir la cerveza públicamente en locales gestionados por ellos mismos. La prensa estaba con ellos: anunciaban sus catas, sus locales, los entrevistaban manteniendo el anonimato y sentían curiosidad por el proceso de elaboración que realizaban. Los «brown» solo pedían que se anulara el decreto y se permitiera el libre consumo de la cerveza, que cada uno eligiera: la brown, la green o las dos. Sin obligaciones. A raíz de la detención de Silekha, los territorios del norte decidieron hacer frente al gobernador Pils. Los cerveceros artesanales consiguieron el apoyo de los vinateros, que hasta ese momento se habían declarado neutrales en esa lucha. Los Faineken fueron perdiendo fuerza en los pueblos y pequeñas ciudades. Mantenían la Gran Ciudad, pero no sabían hasta cuándo. Bueno, sí lo sabían. El juicio a Silekha iba a ser sometido al Gran Consejo, formado por Pils, el ministro de la Bebida BergCarls Damm (hermano del gobernador) y Suza, capitán de la Guardia Verde. La acusada, como mandaba el procedimiento, podría defenderse y alegar los motivos por los que había incurrido en el suministro de la cerveza no oficial. Y la decisión del Consejo debía ser unánime. Ningún caso «brown» había tenido éxito. El día del juicio las calles cercanas al Salón de Consejos estaban repletas de gente. Gritos de «yo soy brown, no obedezco la absurda ley» se solapaban con las consignas de «yo soy green, me debo a mi nación». Los guardias apenas podían contenerlos detrás de los tablones de madera que habían colocado en el perímetro del edificio. A las doce en punto, el gobernador subía la escalinata de piedra gris, acompañado del ministro y de Suza. Cinco minutos después, una salva de aplausos y abucheos a partes iguales acompañó a la muchacha pelirroja, que subió con la cabeza bien alta y paso firme y seguro las escaleras. Dentro de la sala, Silekha estaba de pie frente a los tres jueces. El gobernador Pils le dio la palabra, avisándola de que la condena debía ser unánime. Ella asintió. Miró a Suza y empezó a hablar: —Todos somos de la tierra. Todos llevamos algo que hace que no perdamos nuestras raíces, que sepamos de dónde venimos. Puede ser un nombre —miraba fijamente a Suza— que nos recuerde a nuestro padre. En mi caso, la cerveza me ha acompañado desde que vine al mundo. En los momentos alegres, cuando nace un niño, en mi casa se sacaba cerveza, la que hacía mi abuelo primero, mis padres después. En los momentos tristes, cuando alguien fallecía, también se acompañaba en la pérdida con brindis en honor al difunto. En las bodas, cuando se celebra el amor —vio que Suza bajaba la cabeza, avergonzado—, los novios beben cerveza. Y en las fiestas cotidianas, en las comidas diarias, cuando los vecinos vienen a visitarte y preguntar cómo estás… La cerveza es motivo de alegría, de tristeza, de recuerdo. —Se dirigió entonces al gobernador—: ¿O acaso usted, cuando bebe su cerveza, no rememora a su mujer, a su familia, o su poder, su posición actual? Todos tenemos algo por lo que brindar. La gente, cuando sale a bailar, a juntarse con los amigos, a disfrutar de un espectáculo, bebe cerveza y recuerda esos buenos momentos. ¿Por qué todos tenemos que beber la misma? ¿Acaso todos tenemos los mismos recuerdos? ¿Acaso todos sentimos al beberla las mismas emociones? No, señores. Por ejemplo, las cerezas. ¿Acaso ustedes, al beber mi cerveza de cerezas, sentirían y recordarían lo mismo que yo? —Hizo una pausa para ver la reacción de Suza—. No, señores, sería imposible. Para mí, las cerezas suponen la sensación de riesgo, de innovar, de trabajo, de probar, de mezclar, la satisfacción de que lo que hago gusta a un buen nutrido grupo de gente. También, a veces, si estoy enfadada, las cerezas me traen a la memoria el sufrimiento de un hijo que no fue querido por su padre. —Suza ya no la miraba. Sus ojos, empañados, veían la mano de su padre sujetando la cerveza—. También supone el dolor de ver marchar a alguien a quien no puedes dejar de amar y al que buscas constantemente. Y el miedo a que te hagan daño, al terror de no poder defenderte. Pero la cerveza de cereza, en las noches que estoy sola, también me recuerda a calor, a gemidos y suspiros, a sonrisas y escalofríos en la espalda que recorren unos dedos que no quiero que dejen de acariciarme jamás, a besos apasionados y manos que se vuelven locas… Si yo le diera ahora una cerveza de cerezas, ¿sentiría usted lo mismo, gobernador? El gobernador negó con la cabeza. —No podemos sentir lo mismo y no deberíamos beber lo mismo. Debería dejarnos explorar nuevos sabores, crearnos recuerdos y sensaciones diferentes y que pudiéramos asociarlas a trigo, a malta, a moras, a cerezas… a lo que sea. Nuestros recuerdos, nuestras cervezas. Usted sabe tan bien como yo que nosotros no vamos a competir con usted. Que seguirá dando su cerveza a las cantinas de fábricas, a los comedores oficiales, a los grandes eventos y espectáculos… No se preocupe, nosotros no buscamos eso. Solo queremos que la gente decida en qué momento quiere probar, arriesgarse a un nuevo sabor, a una nueva experiencia, a satisfacer su curiosidad. Que sean libres, señor. Solo eso. Acabado el alegato, un guardia la retiró a la sala adjunta. Pasaron pocos minutos. El guardia le comunicó el veredicto: no habrá pena. Un solo no, el necesario para no encarcelarla. «Puede irse, señorita». Silekha salió corriendo hacia la puerta. Le pareció ver a Suza salir por una lateral. Arriba, en la escalinata de piedra gris, el gobernador anunció que, a partir de ese momento, se anulaba el decreto «green». Ella sonrió. ¡Por fin! Sus padres se sentirían muy orgullosos. Lo buscó entre la multitud. Pero no se veía nada. Los «brown» no podían contener su emoción y los «green», al principio un poco descontentos, se unieron a los cánticos de victoria. «Brown o green, ¿qué pediré? Lo que quiera beberé». Por la noche, estaban celebrando en la taberna donde la detuvieron la abolición del decreto. Algunos bebían su cerveza; otros, la verde. Todos brindaban. Chocaban sus vasos. Bailaban canciones de moda. Se reían. Disfrutaban. La puerta se abrió y pasó Suza. Todos callaron, hasta que dos parroquianos, uno «brown» y otro «green», empezaron a cantar de nuevo. Suza, en la barra, pidió una de cerezas. La probó. —Bueno, ¿qué te parece? Hasta tiene un puntito de amargor, ¿no? —Silekha se sentó a su lado. —¿Cómo se te ocurrió echar cerezas? —le preguntó Suza. —Cayeron por accidente. —Guiñó un ojo y le acarició la mejilla—. Y, cuando la probé, me recordó a ti. Me prometí no olvidarte, así que hice una cerveza a nuestra medida. —Chocó su vaso con el de él. —En mi nuevo trabajo solo ponen Faineken. Ya no soy capitán. Ya no hay Guardia Verde, claro. —Bueno, por las noches beberás cerezas… después de acariciarme la espalda… — Postales desde Ítaca Beatriz Abeleira
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