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Curiosidades sobre las Terreras y el siglo XVIII ciudarrealeño

- 15 septiembre, 2018 – 12:4915 Comentarios

Ángel RomeraMi primera noticia sobre las Terreras vino cuando estudiaba en el instituto. A uno de mis compañeros las monjas le dejaban pasar, previa campanilla, al palomar del convento. Y es que desde antiguo solo gozaban de este tipo de criaderos los que poseían ejecutoria de hidalguía (por eso dice Cervantes que Alonso Quijano comía “algún palomino de añadidura los domingos”);  escarbando algo he visto que desde la Edad Media el privilegio señorial se extendía a las fundaciones religiosas; en 1552 se le llamaba “derecho de palomar”. En el Lazarillo, el escudero cuenta que uno suyo “a no estar derribado como está, daría cada año más de docientos palominos”, con lo que apoyaba sus pretensiones de hallarse entre “los más altos”.
El hidalgo pobre era un motivo folklórico. Inspiró a Cervantes su celebérrimo personaje, e instaló en nuestra literatura un tema que ya no nos abandonaría: la pobreza. Algo a lo que no se dedican tesis en nuestro país por clasismo y aporofobia. A título de curiosidad, por si le puede valer al señor Cantero, quien ha poco ha publicado un libro sobre vestimenta regional, mencionaré de paso que los hidalgos manchegos usaban paño de grana blanca para hacer sus capas de lujo, como cuenta el docto primer comentarista manchego del Quijote Juan Calderón Espadero, al que le van a hacer un programa en “La 2” al que me han invitado para entrevistarme. Aclaro que la grana era un tipo de insecto, otras veces llamado cochinilla, del cual se extraía un tinte de añil (y otros colores) cuya variedad específica servía para teñir de blanco ese paño.

Pasó el tiempo. Descubrí que el párroco de Santiago que atendía ese convento a fines del siglo XVIII era un cura ilustrado que escribía artículos y poemas en el Semanario de Salamanca a fines del siglo XVIII bajo el pseudónimo de “Lidoro”. En alguno de ellos escribe que poseía en las Terreras un despacho con libros; de ellos solo menciona la segunda edición (1789) de la Poética de Ignacio de Luzán, la más severamente neoclásica al haber sido corregida y aumentada por Llaguno; por otras inferencias debía tener además las Poesías (1785) de su vate más estimado, Juan Meléndez Valdés. “Lidoro” llegaría luego a dirigir el Hospicio de Ciudad Real durante la ocupación francesa; allí tenía varios cuadros, uno de ellos un retrato de Carlos III, regalados por su ilustrado amigo, el funcionario de rentas reales José Boada. Este hombre, de origen catalán, por cierto, era pintor aficionado y uno de sus hijos llegaría andando el tiempo a ser alcalde de la ciudad ya en el siglo XIX.

Mientras andaba enfrascado reuniendo y editando los artículos y poesías de Lidoro repasé los libros de defunciones de la parroquia de Santiago. Mi intención era conocer en qué tiempo había llegado el párroco allí, y me sorprendió encontrar continuamente monjas muertas sobre la misma estación. Se debía a las epidemias de tercianas que provocaba la laguna que había donde estaba el antiguo instituto masculino. El pobre párroco, cuyo carácter bonachón (y testarudo) asimilé leyendo y editando sus obras, me  contó que en las Terreras solía inspirarse para escribir inhalando rapé (tabaco en polvo), entonces considerado medicinal. En uno de sus primeros artículos escribió que se sentía muy aburrido en una “cueva de Montesinos” como Ciudad Real; el tedio le hacía inventar fantasías como Don Quijote, en este caso poesías pastoriles y artículos que enviaba como colaboraciones al Semanario de Salamanca. Incluso una historia de Ciudad Real en verso que era lo único que se conocía sobre él en el XIX y XX hasta que yo logré descifrar quién se ocultaba bajo el pseudónimo de Lidoro. Había por entonces algunos abogados y eclesiásticos ciudarrealeños muy ilustrados, como el viajado astrónomo Salvador Jiménez Coronado, que escribió unos extensos Pensamientos sobre la educación pública de la juventud, inéditos todavía (ojalá a alguno de los ilustres profesores de la facultad de Magisterio se les ocurra editarlos: están fechados en Madrid, 15 de junio de 1793, y pueden leerse en el Archivo Histórico Nacional). Cita a casi todos los teóricos sobre la materia, incluidos Locke y Rousseau, aunque es de sesgo fundamentalmente helveciano. Resulta típico que este trabajo no haya interesado todavía a ningún investigador manchego, sino solo a un coreano, Kim Suyeon; pero ya sabemos que Corea del Sur tiene mejores institutos y universidades y, por supuesto, mejores facultades de magisterio que Ciudad Real.

“Lidoro” se llamaba Sebastián de Almenara Pablo; averiguarlo me llevó cuatro años de juntar piezas de rompecabezas y de labores, como se suele decir, detectivescas. Nació al parecer en Belmonte del río Perejil, llamado después Belmonte de Calatayud y actualmente Belmonte de Gracián (por ser patria chica del famoso escritor conceptista barroco), provincia de Zaragoza, antes de 1752. Sus padres fueron Silvestre Almenara y Bárbara Pablo y Pérez; murió desterrado por afrancesado en Agudo, provincia de Ciudad Real, el 16 de octubre de 1811. Jara, que es el que parece más informado y a quien todos los demás siguen, le da el título de doctor en teología y dice que vino de fuera. A la ciudad manchega llegó al parecer en diciembre de 1775 o en 1777, siempre según el canónigo Jara. Allí fue párroco por oposición de su Iglesia de Santiago Apóstol, en la que levantó una bóveda neoclásica para cubrir la techumbre mudéjar y adosó dos panteones, ahora desaparecidos; es más, restauró la ermita de Santa María la Blanca, obra que concluyó en 1779.

Su  primera obra fue un  Compendio de historia de Ciudad Real escrito en silvas que a su muerte quedó manuscrito y fue impreso en Ciudad Real en el folletín de La Atalaya entre 1870 y 1871 por el padre Jara (del que habría mucho que hablar; fue un gran y erudito filólogo, cuyos cuarenta volúmenes de obras, si mal no recuerdo, se han perdido, lo que resulta especialmente doloroso en especial por un Diccionario crítico y consultado de escritores españoles de su época que hizo escribiéndose con ellos. Solo ha quedado uno de esos tomos y los resúmenes de los otros que ofrece en su libro biográfico de 1915 Pedro Fabo). Durante la Guerra de la Independencia se le llamó afrancesado por haber escondido en su casa de las furias populares al Corregidor y a su hijo el 9 de agosto de 1808 y por haber sido recomendado como vicario eclesiástico interino durante el dominio de José I, aunque fuera nombrado legalmente como tal por el arzobispado afrancesado suplente; con eso, y con las intrigas que nunca faltan de los aspirantes “legales” al cargo, hubo bastante para que en 1810 se le sustituyese por Esteban Sánchez de León y se le desterrase a Agudo, donde murió el 16 de octubre de 1811. Escriben sobre él los padres Inocente Hervás y Buendía y, sobre todo, el agustino recoleto secularizado Joaquín de la Jara, en la nota sexagésima de la edición de su única obra conocida hasta el momento, el citado Compendio, cuyo texto deturpó sin embargo sustituyendo las rimas agudas por las llanas y limando el texto otras veces. Menos datos aportan Delgado Merchán y Rafael Ramírez de Arellano. Hasta aquí lo que el investigador saca en limpio de lo conocido hasta ahora.

Mucho más he averiguado yo por mi cuenta.  En el Semanario de Salamanca entre 1794 y 1798 numerosos poemas líricos y artículos polémicos bajo el pseudónimo “Lidoro” contra el académico Munárriz y otros autores que se datan en Ciudad Real, algunos de los cuales ofrecen curiosas informaciones sobre la ciudad manchega y personajes de sus círculos intelectuales. Picada mi curiosidad, decidí ahondar más, sin sospechar siquiera que Almenara tuviera que ver en el asunto. Tras no pocas cábalas, fui atando cabos y encajando las piezas y llegué al fin a algunas conclusiones: primero, que era un religioso, más probablemente secular que regular; segundo, que la cronología casa con Sebastián Almenara; tercero, que Lidoro Sirenay era muy amigo del catalán José Boada, a quien recomienda calurosamente en un poema que le dedica en el Semanario de Salamanca, y que ambos, Sebastián de Almenara y José Boada, aparecen como amigos y contertulios también en un importante documento exhumado por Juan Díaz-Pintado (AHN, Consejos, leg. 2326, exp. 11) fechado en 1790, donde se hace a Almenara también lector de gacetas y aficionado a la literatura. Cuarta, que si era doctor, ese título tuvo que obtenerlo en alguna universidad, y si vino de fuera, es posible que esa universidad fuera la de Salamanca, que tanto echa de menos el tal Lidoro Sirenay. El daimieleño Pedro Estala, el amigo de Godoy y Moratín, alaba los conocimientos del autor, a quien debía conocer, ya que Lidoro lo cita bajo su capuz poético Damón (que le pusieron, además de por helenista, por sus maneras algo “mujeriles”). Quinto, su única obra conocida hasta ahora, el Compendio histórico, recuerda una obra homónima publicada en Salamanca, el Compendio Histórico de la Ciudad de Salamanca… (Salamanca: Antonio de Lasanta, 1776), del que es autor el sacerdote Bernardo Dorado (1710-1778). Sexto, la acusación de afrancesado casa también con su estrecha vinculación al profesor de Salamanca y obispo manchego Francisco de la Dueña Cisneros (Villanueva de la Fuente, 1753 – Madrid, 1821). Pero las pruebas definitivas ya las incluí en uno de los volúmenes recopilatorios del IEM.

Almenara escribió en Ciudad Real varios poemas para elogiar a los soldados caídos del Regimiento de España cuando acabó la Guerra contra la Convención, pero también muchas más obras en verso de sesgo arcádico, horaciano y costumbrista, y muchos artículos de prosa (crítica y polémica literaria, sobre todo) que tengo editadas y estoy demasiado cansado para publicar. La obra de Lidoro/Almenara es muy abundante en prosa y verso y viene toda reseñada en Francisco Aguilar Piñal, Índice de las poesías publicadas en los periódicos españoles del siglo XVIII, Madrid, CSIC , 1981, ”s. v”. Lidoro, Lidoro de Sirene o Lidoro Sirenay o Sirenaye.  Sus versos están llenos de resabios de fray Luis de León y de la lírica del XVI. Conocía a Antonio Calama, párroco de Villarrubia de Santiago, en Toledo y coeditor de las Poesías póstumas (1793) de José Iglesias de la Casa, el famoso poeta homosexual. Quien más ha tratado sobre el enigmático Lidoro, sin saber quién era realmente, y su importancia como líder de una serie de poetas salmantinos ha sido Fernando Rodríguez de la Flor en su El semanario erudito y curioso de Salamanca (1793- 98). Madrid, Facultad de Ciencias de la Información, 1984, y en otros trabajos como “Poéticas y polémicas en el “Semanario erudito y curioso de Salamanca” (1793-1798)”, Castilla: Estudios de literatura, núm. 9-10, 1985, págs. 129-142 y “La Guerra de la Convención en el  Semanario Erudito y Curioso de Salamanca”, Estudios de Historia Social, núm. 52-53, 1990, págs. 425-434. Pero este artículo ya se pasa de largo. Ya les diré en otra ocasión sobre manuscritos autobiográficos inéditos o perdidos sobre la Guerra Civil en Ciudad Real que al parecer nadie conoce o ha mencionado o tiene interés en divulgar.

Contornos
Ángel Romera

http://diariodelendriago.blogspot.com.es/

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