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Memorias de un hombre común (19)

- 17 noviembre, 2018 – 12:2010 Comentarios

Y se abrieron las compuertas de la Historia y dejó pasar el aire nuevo y las calles se llenaron de gente feliz que enarbolaba banderas proscritas, y la televisión daba noticias insólitas.memorias

Memorias de un hombre común

Manuel Valero

Capítulo 19

Muchos de nosotros, los trabajadores que aún no habíamos “tomado partido hasta mancharnos” como canta el poeta, tuvimos la imperiosa necesidad de adecuar nuestra anónima existencia a la plenitud de los tiempos, dicho sea lo de plenitud en sentido metafórico y en lo que concierne a lo político y lo social, no a lo religioso, aunque pensándolo bien ahora desde la atalaya personal de los años vividos, era de algún modo una parusía que devolvía a la tierra quemada de esta sufrida piel de toro la oportunidad de reconciliarse con ella misma. ¿Qué otra cosa no era ver de nuevo  a la Pasionaria y a Carrillo sentados en sus escaños dándose la mano y sonriendo ante los grandes popes de la derecha como Manuel Fraga?. No. No hubo guerra. Franco se murió, el franquismo institucional se hizo el haraquiri para sobre vivir sociológicamente en la nostalgia de unos cuantos, se consultó a la gente si quería una reforma política en profundidad, una buena limpieza de bajos, un baldeo hirviente de los cuarteles del régimen. Y qué, también Franco celebró referendos de esos, dijo mi padre. No es lo mismo, padre. Los tiempos cambian, la Historia sigue su curso, las circunstancias varian, la evolución de las sociedades es la suma de las conquistas civiles…, le dije. Y creo que cito ahora casi textualmente. ¿Qué coño estás diciendo? Mi madre sonreía. Yo ya era todo un hombre, los dueños de la Fundición me habían hecho administrativo cuando acabé el bachillerato, lo cual me llenó de vanidad, pues con las cuentas y los balances, y los pedidos y las nóminas era tan ducho como con la forja. Y además era un lector incansable que se bebía los pedidos del Círculo de Lectores, un muchacho sano, que vestía a la moda según se traducía la moda en los pueblos o sea en modo hortera y que se había actualizado políticamente sin que la caída de todos los mitos del mundo patrio causaran el menor estrago. Estamos en democracia, le dije a mi tío con el pensamiento. Y no, repito, no hubo guerra. Hubo desorden, movimientos en las cavernas, zarpazos terroristas pero nada detuvo el curso de la Historia. Hubo elecciones. Yo en realidad no tenía muy a claro a quién votar pero me decanté por los socialistas. Mi padre se quedó en casa. Que vote su puta madre. Y mi madre que no era eso sino una santa fue con dos o tres vecinas a votar con tanta devoción como si fueran a un oficio litúrgico. Yo, por quitarle solemnidad al asunto y aliviar el ambiente que el mal humor de mi padre hacía un poco difícil de llevar le pregunté a mi madre que a quien había votado. A los de la paz, me dijo. ¿A los de la paz? A los de la paz, reiteró, sin más explicaciones. Hoy esas palabras tienen el significado lúcido de las verdades de la gente sencilla. Mi madre con su temor a una nueva guerra descubrió que no fue así, que las primeras elecciones, la aprobación de la Constitución, la puesta en ejercicio de los derechos civiles, individuales o colectivos, la libertad de palabra, de creencia religiosa, de cátedra, la normal reivindicación de los trabajadores y su sindicación… todo eso no era sino la expresión y la grata sensación de un aire fresco que descascarilla el  sólido sudor de lo antiguo. No solo no hay guerra, madre, sino que los españoles ya podemos abrazarnos los unos a los otros. Y una minda, gritó mi padre. Pero mi padre se transformó en un romántico inútil de un tiempo que le perteneció a él y le impidió adaptarse a los alisios que soplaban. Era un inocente, un poco ignorante, pero no era mala persona y desde luego siempre fue un buen padre. Falangista, sí, seguidor de Franco, sí, pero un buen padre y un buen marido.

Me casé. No, con la dependienta de la tienda de moda, no. Tal y como convinimos me confesó por escrito que había conocido a un chico que era perito y que…bueno…ya sabes como son estas cosas, Bernabé. Espero  que… y bla, bla, bla. Francamente no me dolió, era una aventura de juventud. Trabajaba y leía, fue ella la que me animó a suscribirme al Círculo de Lectores, pero cuando leía su carta en el campamento de El Hoyo de Manzanres, con mi categoría se soldado experto, me quedé tan pancho, fumándome un cigarro que me taladraba un ojo con el humo y luego me fui con Guillermo a la cantina a beber cerveza y a cantar. Me casé con Aurora Domingo Alba, una profesora de instituto, a la conocí un dia que fue a la Fundición a encargar cuatro maceteros tan rococós que parecian torturarse a sí mismos y a las plantas que su suponen acogerían. Aurora muy talentosa para el dibujo y las manualidades llevaba un dibujo desde distintas perspectivas y escorzos, tanto del macetero en su totalidad como detalles del retorcimiento de hojas y ramas que conformaban las patas e incluso las varillas de guía como si hubieran brotado. Como había dificultad para llevarlo a cabo, le encargué la misión a Demetrio, un muchacho que llevaba trabajando en la fundición cuatro o cinco años y que mostró desde el principio la misma destreza que yo a la hora de domar a golpes el hierro. Y en esto que viene un día sí, otro también… pues fuimos cogiendo un poco de confianza, la suficiente para pedirle una cita. Y así fue como hice crecer a la familia. Mi padre murió en enero de 1979, cinco meses después nació mi primera hija Cristina. Y para mayor fortuna, los dueños de la Fundición, viejos y cansados, traspasaron la fundación a los trabajadores en régimen de cooperativa de la cual me hice el gerente con la aquiescencia de mis socios. Los dueños de la fundición eran muy buena gente, pero nunca entendimos esa repentina bondad postrera. Tenían dos hijos, una hija que vivía en París con un abogado y un hijo que se fue a los Estados Unidos a trabajar en la Ford como ingeniero. A los pocos años, el negocio flaqueaba, así que decidimos vender la fundición a un constructor. Tenía suficiente solar como para construir una babel. Con el dinero que repartimos entre los cinco socios que éramos monté una ferretería, pero no una ferretería cualquiera, toda una señora ferretería, que funcionó como un tiró y nos permitió vivir no como ricos, pero sí, como personas bien avenidas con el dinero.

No, no hubo guerra, sino una paz fuerte, alegre, casi irresponsable, creativa, descarada, variopinta, de una felicidad que coloreaba las calles y las plazas, con una sensación de españolidad nueva, moderna, democrática… reconciliada. Al menos eso creía yo, entonces.

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