Calor en un instante

Ramón Castro Pérez.- Al abrir los ojos, sintió frío. La habitación no parecía haber cambiado demasiado. Había un montón de ropa sobre la cómoda y unos zapatos viejos al pie de la cama. El armario, entreabierto y semidesnudo, proporcionaba cierta sensación de desarraigo. Al fondo, podía verse parte de la mesita de noche, reflejada en el espejo del baño. Cogió un cigarrillo suelto que descansaba sobre ella y fumó en la cama, una vez más.

Mientras lo hacía, recordaba aquellos años en los que aprendió a tragarse el humo. De repente creyó verle, con esos aires de sabelotodo, explicando cómo se daba una calada para, más tarde, expulsarla en círculos perfectos. Ella nunca lo consiguió, si bien lo intentaría hasta perder el interés. Sonrió mientras pensaba que su vida entera no había sido más que una carrera de saltos en busca de algo que supiera hacer bien.

Entró justo cuando ella apagaba la colilla. La miró, casi de soslayo y se metió en la ducha, no sin antes cerrar la puerta. En otros tiempos, la habría invitado a entrar y ella hubiera accedido. El sonido del agua la hizo dormirse de nuevo. En ese momento, él aprovechó para vestirse. No quería que lo viera desnudo. Ya no. Su cuerpo había cambiado y sabía que sólo encontraría señales de resignación. Pensó que ese era, sin duda, el frío que más cala en los huesos. Y por eso no quería verlo en sus ojos.

Se sentó en la cama un momento para atarse los zapatos. Ella, dormida, cayó hacia él. Cuando se tocaron, él se volvió a mirarla. Deseó que despertara y lo viera allí, justo en el instante en el que media una tregua, antes de que esta expire y los dos nieguen la posibilidad de que algo así volviera a ocurrir. Tuvo cuidado al incorporarse y salió, escaleras abajo, hacia la calle. Ella esperó a oír la puerta cerrarse. Aún le quemaba el dorso de la mano.

En el autobús, él se desprendió del abrigo. El ambiente era gélido y, no obstante, sentía un calor en el costado que casi no recordaba. Fue al salir de la ducha, mientras se ataba los zapatos y ella estaba dormida. Le pareció, entonces, que regresaba en lugar de alejarse. Presionó el botón de parada y caminó de vuelta a casa, confiando en que ella conservara, aún, algo de calor en el dorso de su mano.

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