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¡Jo, qué noche!

- 24 febrero, 2019 – 08:376 Comentarios

Siempre digo que toda vida es de película. Las hay buenas, menos buenas, regulares, de sobremesa, de pantallón… pero todas de cine.

Allá por los años noventa tres veinteañeras, puede que un viernes o un sábado, eso lo elige el espectador, decidieron ir a casa de una de ellas a ver pelis. ¿Por qué tres jóvenes prefieren pasar una noche enfrente de un televisor antes que cantar a lo loco MySharona como en Reality Bites? Para saberlo habría que hacer una precuela y no hay tiempo. Acomodaos en vuestra butaca y zambullíos en la historia.

La escena transcurre en un salón. Como hemos dicho, tres jóvenes pizpiretas en tres sillones tapizados de flores se disponen a ver películas. La tele, enfrente los tres sillones y detrás, la chimenea. La noche se presenta larga porque van a hacer maratón. ¿Algo de WimWenders? ¿O quizás Von Trier? A Kurosawa lo han descartado y el cine argentino, tan en boga esos años, no les resulta apetecible. ¡Que no, muchachos! Que son tres veinteañeras que pasan de salir de farra: comedias románticas donde todo acaba estupendamente. Chucherías, muchas, bolsones y bolsones. Y café, claro. Siempre café.

 Los comentarios críticos asombrarían hasta a los más exacerbados de la nouvelle vague:

—¡Vaya vestidazos que saca!

—Pero vete, muchacha, vete a Italia en busca de un desconocido porque te lo dijo una adivina hace un porrón de años…

—¿El chaval este no era Chaplin?

Conversaciones muy densas, dignas de Garci y los fumetas.

  Aparece en escena el hermano de la Prota 1, la dueña de la casa.

—Yo salgo, aburridas. ¿Vais a quedaros toda la noche?

—Sí. Anda, enciende la chimenea antes de irte.

 Prota 1, Prota 2 y Prota 3 siguen tan panchas, deleitándose con el guion tan absurdo, hinchándose a palomitas y Prota 3, a café. Siempre café. Hasta que de repente una explosión retumba en el salón.

Y comienza la acción. Las tres saltan de los sillones tapizados a la vez, con una coordinación digna de Matrix o de Tigre y Dragón, para los más cinéfilos. Pero solo el salto. Porque cada una escapa de la humareda blanca que inunda el salón a su estilo. Prota 1, que recordemos que es la dueña de la casa y, por lo tanto, posee información confidencial, sale por la puerta que da al exterior en un plisplas, ya que ella ha crecido escuchando a su padre decir que «el día que explote la chimenea, no paréis de correr si podéis». Puede que llegue a Ponferrada de la carrera que se mete. Prota 2 y Prota 3 ignoran ese pequeño detalle. Y el salón está lleno de humo blanco que no deja ver nada. Prota 2 escapa a la derecha, atravesando otro salón que hay al lado y saliendo por otra puerta de acceso al exterior.

Vamos bien. Dos protas en la calle. En una película hollywoodiense, esas dos intentarían salvar a la tercera, pero estamos en mitad de La Mancha y, chicos, seamos realistas, nadie se va a meter en la humareda blanca.

A Prota 3, lista pa los polinomios, pero no para los recaos, solo se le ocurre ir de frente. Y se mete en la cocina. Cocina que solo tiene una puerta, cuya ventana tiene rejas. Prota 3 en una película de terror sería de las que bajan al sótano porque oye ruidos. Bajo el dintel de la puerta, cuando se da cuenta de que la ha cagado al meterse en una ratonera, intenta pensar serenamente mientras el humo blanco sigue expandiéndose por todo el salón. «Mierda, de aquí a la eternidad». Y, entonces, se le ocurre. El cine. El cine podrá ayudarla a escapar de allí. Piensa en CaryGrant bajo el aeroplano en Conla muerte en los talones y decide hacer un sprint, intuyendo dónde puede estar la puerta de la calle. Pero, aunque su vida no ha sido una caja de bombones, como decía Forrest Gump, ha zampado mucho esa noche y, bueno, Prota 3 sabe sus límites y se arrepiente en ese instante de haberse escondido detrás de unos matorrales para no dar las tres vueltas al campo en las clases de Educación Física. Haced deporte, chicuelos, porque viene bien a la hora de escapar de los de ACNUR en las puertas de los hospitales o de las explosiones de chimeneas. No pierde los nervios, porque, como en toda película americana, aparece el superhéroe en el momento oportuno. Lo que pasa es que no es Superman ni Batman. Oye las voces del padre de Prota 1, que estaba plácidamente dormido después de un duro día de trabajo, y con la explosión ha bajado desde la planta de arriba de un salto. Pero para Prota 3 puede ser su John McClane en La jungla de cristal. No hay que llevar capa para volar, chavales. Pero tampoco lo hagáis en vuestras casas a no ser que explote la chimenea.

El humo blanco sigue invadiendo el salón y Bruce Willis culipardo está viendo a ver qué hace. Pero Prota 3 se fija en que por la parte de abajo no hay humo. Esto, si fuera una peli, se podría aprovechar para que la Prota 3 recordase sus clases de Física si hubiera tenido una mente maravillosa como Russel Crowe. Pero no es el caso. Y el cine vuelve a darle una idea. Y, mira, si en La chaqueta metálica podían hacerlo esos fondones, ella también. Reptará con los codos tapándose la boca y nariz y conseguirá escapar. Coge aire, se encorva y, como ve que no va tumbarse ni de coña, sale corriendo para la puerta que vislumbra ya entre el humo blanco. Si MartyFeldman la hubiera visto en ese momento, pensaría que estaba bordando a Igor en El jovencito Frankenstein.

Prota 3 sale al exterior, sin toses ni hollín en la cara. Prota 1 y Prota 2 están fuera. Puede que se abracen y contemplen el humo de esa Manderleyrebequiana en La Mancha. La satisfacción por haber escapado las tres del desastre, aunque no huyeran de un campo de concentración en moto como Steve McQueen en La gran evasión. Pero no es posible porque… ¡oh! Giro de guion.

Nuestro John McClane particular aparece en la puerta tan pichi. El salón ya no tiene humo blanco. «Ya está».

Y las Protas entran de nuevo.

Aquí voy a hacer un fundido en negro, porque lo que pasó era tan absurdo, que le quitaría calidad a la película. Como sois espectadores inteligentísimos, de esos que pillaron a la primera el significado de la niña de rojo en La lista de Schindler o los que sabíais que Bruce Willis en El sexto sentido… ¡vale, no destripo, pero es que se ve claramente!, creo que habréis intuido lo que pasó. Y, si no, buscad en Google «chimenea… tubos de calefacción».

La siguiente escena vuelve a ser el salón, con los tres sillones tapizados de flores, las tres Protas sentadas con sus chuches y su café, siempre café, y comentando la película de turno:

—Pero bájate del árbol, muchacha, y vete a la fiesta.

—Era mejor Humphrey que Harrison.

—¡Qué vestidazos, madre! Aunque Audrey tenía mucho más estilo…

De vez en cuando se miraba para la chimenea, claro. No olvidemos que siempre puede haber una segunda parte, tercera, cuarta (¿a que sí, John McClane?). Y, cuando el hermano llegó, se le interrogó y acusó. Jack Nicholson habría abierto la boca de estupefacción al verlo, pero el hermano «no quería saber la verdad» porque venía fino filipino y lo que tenía era sueño. Gente, desde aquí os digo que, si hay un orden para hacer las cosas, es por algo, por ejemplo, para encender una chimenea.

La noche había sido movidita, cierto. Pero que una explosión no nos quite nunca las ganas de cine. Del bueno, del malo, del regular, del de sobremesa, del de acción, del romántico, del bélico… El que sea. Que sigan haciendo pelis, guiones originales y adaptados, producciones pequeñas y grandes, maquillajes fabulosos, fotografías imposibles, sonidos irreales, vestuarios portentosos, cortos, documentales, actuaciones soberbias, animaciones fantásticas… Cine, señores, cine. El que nos hace soñar, reír, llorar, sufrir, nos inquieta, nos serena y nos enseña a escapar de explosiones de chimeneas.

Solo me queda decir a los que tenéis casa con chimenea que yo prefiero que me prestéis un forro polar a que la encendáis. Sabréis entender por qué. 😉

Historia basada en «hechos reales», que duraron bastante menos que leer esta crónica.          


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

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