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Con motivo del centenario de Francisco García Pavón

- 31 marzo, 2019 – 18:533 Comentarios

Manuel Valero.- En plena apoteosis del  IV Centenario de la primera parte del Quijote llegó a mis manos por los vericuetos de la nada inocente casualidad de los libros, un ejemplar de las novelas de Francisco García Pavón. Me detuve especialmente en las andanzas del policía Plinio, el sabueso que ideara Pavón para descubrir misterios y crímenes en un escenario tan poco común como el límpido ámbito tomellosero.

Viene esto a cuento porque cuanto se refiera a García Pavón, siempre viene a cuento, nunca mejor dicho, porque este año es el primer centenario de su nacimiento y porque esta mañana ha venido un equipo de televisión a grabar mi aportación al documental que  están haciendo sobre la vida y obra del insigne tomellosero.

Yo ya había leído lo más conocido del escritor manchego que eran las historias relacionadas con su afamado personaje. ¿He dicho afamado? Fue entonces cuando se produjo la sacudida. Celebrando la huella indeleble del Manchego Loco-Cuerdo se me vino la figura de Plinio como una invitación extemporánea.

Pero es que algo de razón llevaba el detective del páramo con su llamada desde el otro lado a este artesanal taumaturgo: él y sólo él, Plinio, comparte con Alonso Quijano el honor de ser el segundo personaje de ficción más popular creado en esta tierra por cabeza de autor. La fama se le agrandó tanto al municipal que se le hizo una serie en Televisión Española, guionizada por José Luis Garci para quedar luego arrumbado al estricto universo de los libros y casi en el olvido.

Salvemos las distancias: nuestro Plinio como nuestro Francisco García Pavón son más modestos que la descomunal proyección de la magistral obra de Cervantes, pero son también nuestros y están bien acomodados en la historia cultural de nuestra tierra. Tan paisanos como Aquél.

Ya tenía el protagonista, así que en torno a él escribí el libreto de Plinio y la Banda Menguante decidido a dar otra vuelta de tuerca. Más que una obra teatral al uso me sedujo la idea de ver a nuestro paisano enfundado en su traje de probo policía local ocupado en desgranar un misterio –los asesinatos de los componentes de un banda de música de pueblo- en la vorágine de un espectáculo en el que se combinara la acción dramática más lúgubre con una parte musical, cantada y bailada, más desenfadada y colorista. Un musical en toda regla, en suma, en un formato asequible pero ambicioso.

Además partía de una evidencia irrefutable: la nula existencia, entonces, de musicales creados, producidos e interpretados en Castilla-La Mancha …con mimbres propios. Todo un alarde, perdón por la inmodestia de autoctonía. (No busquen la palabra, no existe) Así que dicho y hecho. De paso reivindicamos la figura de Plinio cual enderezador de entuertos a su manera y siguiendo el hilo, y lo que es más importante, la figura del escritor manchego.

De modo que uniendo todos estos ingredientes concebí el libreto tras pedir las oportunas autorizaciones a la familia del novelista: escribiría una historia para un musical sobre un caso que esclarecería Plinio –“o las circunstancias” -para poner en valor lo propio y lo propio se llama en este caso Francisco García Pavón. Y también  para que el público pasara una hora y media feliz y entretenido, afán tan digno en el mundo del espectáculo como prodigar nuestra identidad cultural, la promoción de Tomelloso y rescatar del olvido la obra pavoniana, que también.

El objetivo final fue un espectáculo de calidad y exportable y si se me tolera la vanidad la prueba de que aquí sabemos hacer las cosas bien hechas con material propio. Siempre he dicho de Francisco García Pavón fue a Castilla-La Mancha lo que Miguel Delibres a Castilla-León, pero, ay, menos olvidadizos nuestros vecinos castellanos.

En contacto con Augusto Guzmán, amigo, músico, compositor, director de coral, productor y empresario al frente de Still Noise, al que facilité el libreto hicimos las primeras trazas para soportar la arquitectura musical del proyecto.

Insisto, desde el principio nos sedujo y entretuvo la idea de ver a Plinio, en traje de faena policial hacer trinos y los pasos musicales que le exigiera el guión.

Así nació el musical Plinio y La banda menguante. Al menos tenía asegurada la originalidad de una obra tan inaudita como inédita. Además, tanto Augusto como yo,  contábamos con el aval de Carlos Alonso Callero que dirigió la obra con su toque personal  y colaboró en la concepción de una escenografía colorista, evanescente, cuyo trabajo fructificó en un magnífico resultado actoral.

Logramos hace un total de 14 bolos, al margen de la Junta de Comunidades, cuyos cerebros culturales no consideraron el espectáculo con la suficiente calidad para incluirlo en la red de teatros lo que abarataba  la contratación a los ayuntamientos, ni la prestancia suficiente para subir a las tablas regionales la criatura de Francisco García Pavón. El poli sabieso Plinio y su alter ego, Don Lotario.

Fue una experiencia enriquecedora y a pesar de las dificultades técnicas y de las subvenciones de los Ayuntamientos de Tomelloso, Ciudad Real y Puertollano, cuya aportación supuso un tercio del capital necesario, lo cual agradezco,, el magro del presupuesto salió de nuestro bolsillo.

No nos arrepentimos. Y tanto yo como mi socio, Augusto Guzmán Sil, estoy seguro, lo volveríamos a hacer. Pero ha tenido que llegar la efemérides del centenario para que este año sea en la provincia y en la región y en lo cultural,  el año de Francisco García Pavón. Menos es nada y nunca es tarde.

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