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Un erudito del Siglo de Oro en el Campo de Montiel: Bartolomé Jiménez Patón

- 20 julio, 2019 – 19:152 Comentarios

Manuel Cabezas Velasco.- Luces y sombras tiñeron el conocido como efervescente Siglo de Oro que englobaba tanto al Renacimiento como al Barroco españoles, en los que el Imperio de los Austrias se hallaba en su período de esplendor, aunque bajo el dominio del espíritu de la Contrarreforma y de la Santa Inquisición de la Iglesia Católica, el descubrimiento de América y la expansión a nuevos territorios en contraposición con las grandes deudas adquiridas por el Estado, el florecimiento artístico y literario con el estancamiento del desarrollo científico y la difícil situación económica – agravada por la expulsión de los judíos – que no fue remediada ni con el crecimiento del número de hidalgos.

En aquellos tiempos se encuadra la vida del personaje que hoy nos ocupa. Como es costumbre, entablaremos una conversación para desentrañar aquellos aspectos más representativos de su biografía y experiencia de vida. Sólo un dato a reseñar de quien hoy conoceremos, de la mano del fénix de los ingenios, Lope de Vega, dentro del poema El laurel de Apolo (1630), en un elogio suyo:

“De hoy más, porque la envidia no se atreva,

pues Jiménez Patón enseña y prueba

que están en su retórica difusas,

llámese Villanueva de las Musas,

y no de los Infantes, Villanueva.

Las figuras confusas

antes de su <Elocuencia>,

con el sol de su ingenio y de su ciencia

tan claros manifiestan sus secretos,

que le deben colores y concetos

cuantas plumas escriben

y en la docta región de Apolo viven.

La elocuencia española,

que fluctuaba entre una y otra ola.

Puerto agradezca a su valiente pluma,

pues en cualquiera suma

del que no sabe le hallará la nave,

y para saber más, el que más sabe”.[1]

o0OOO0o

M.C.V.: Buenas tardes caballero. Aunque ya ha sido mencionado,es costumbre invitar a mi contertulio a que él mismo se presente y nos describa algunos aspectos de sus orígenes y familia. ¿Tendría la bondad de hacerlo usted mismo?

B.J.P.: Agradecido quedo, joven, ante la oportunidad que me brinda. Mi nombre es Bartolomé Jiménez – o Ximénez – Patón, y tuve la fortuna de llegar a la vida un mes de agosto del año de 1569 en la villa de Almedina, siendo bautizado a mediados del mismointervalo yteniendo por padres a Bartolomé Ximénez y Apolonia Hernández, cuyas rentas de esta última nos hicieron gozar – a mí y a mis hermanos Quiteria Patón, Alonso Martínez Patón y Ana Martínez, a los que estuve muy unido – de una desahogada posición con la que mi educación no se viera mermada ante las penurias económicas que a otras gentes le acontecían.

M.C.V.:Ante las pocas estrecheces económicas que,desde su nacimiento, sufrió en vida, ¿qué me diría de la formación que adquirió y del mundo que conoció desde sus estudios en el Colegio Imperial hasta el mundo universitario al que tuvo la fortuna de acceder?

B.J.P.:Sin duda alguna, la situación económica que mis padres poseían me condujo a estudiar con cierta libertad aquello para lo que realmente mi disposición parecía estar destinado.

Así, cuando mediaba la década de 1580 había tenido la suerte de gozar de las enseñanzas del maestro don Luis de Quesada y Carvajal en la Universidad de Baeza. Más adelante, hacia 1592, alcancé uno de mis grandes logros, el grado de bachiller en Artes, que me facultaría para el ejercicio de la docencia, mi gran vocación. Poco después, ya en Madrid, estudié en el Colegio Imperial de la Corte, donde entablé una gran amistad con don Félix Lope de Vega y Carpio. Y, en 1602, me graduaría como licenciado y maestro en Artes por el Colegio de Santiago de la Universidad de Salamanca.

Ciertamente, las décadas en las que el estudio me llevó a alcanzar tales metas se caracterizarían también por otras actividades que pude llevar a cabo, algunas de las cuales seguramente sean parte del contenido de esta conversación. [2]

M.C.V.:Así es, Maestro Jiménez, pues con su respuesta me ha dado pie para realizarle esta pregunta, la que le vincula a personajes muy relevantes de la época: Lope de Vega, Quevedo, Conde de Villamediana, Fernando Ballesteros, El Brocense, Góngora o Santo Tomás de Villanueva, por referir algunos. ¿Qué me podría explicar, de manera sucinta, de cada uno de ellos?

B.J.P.:Del señor Félix Lope de Vega y Carpio, qué puedo decir que no sepa usted, joven. Aquel fénix de los ingenios lo tuve por amigo desde que coincidimos en el Colegio Imperial hasta el final de mis días, llegando a recibir loas de su pluma como la que usted mismo ha expresado al iniciar esta entrevista. Incluso saldría en su defensa contra sus más acérrimos enemigos literarios, como contra aquel autor de obras que se mofan de la enajenación y la locura, “ingenios legos” como los calificaba mi buen amigo Lope.[3]

Sin duda alguna, con don Francisco de Quevedo no sólo me uniría la tierra en que la vivía, el Campo de Montiel ya fuese en Villanueva, La Torre de Juan Abad, Almedina u otras poblaciones, sino relaciones de amistad comunes – Sancho de Sandoval, Jerónimo de Medinilla – o nuestras propias obras, llegando incluso a editar algunas de ellas por mi parte, como fue su Epístola satírica y censoria al final de mi Discurso de los tufos, copetes y calvas, editado por Juan de la Cuesta en 1639 cuando ya en mi vida había ejercido como Escribano del Santo Oficio, Correo Mayor del Campo de Montiel y Catedrático de Eloquencia. Además, con motivo de las medicinas farmacológicas que necesitaba, alojóse en mi propia casa en diversas ocasiones. [4]E incluso colaboraríamos en ciertas traducciones como las de la Utopía de Tomás Moro.

Del Conde de Villamediana, al que dedico mi MercuriusTrimegistus[5], le debo mucho aunque fuera su preceptor y sin duda alguna la intercesión que llevó a cabo para que obtuviese el cargo de correo mayor, pudiendo estar ya en Villanueva de los Infantes asentado.

De Fernando Ballesteros gocé de su amistad como en mi Elocuencia expreso.

De Francisco Sánchez de las Brozas, conocido como El Brocense, su maestría e influencia, al haber compartido las mismísimas aulas de la Universidad salmantina. La inspiración de mi gramática latina y castellana reciben su influjo, como es el caso de suMinerva. Mi concepción de la Retórica, la Dialéctica y la Gramática como partes de un todo obedecen a los términos expresados en su Organum. Otras influencias recibí, además de las consabidas del maestro extremeño, como fueron las de fray Hernando de Talavera – cuya Reforma de trages renové –, Alonso de Barros o Pedro Ordóñez de Ceballos.

AlcórdobésGóngora, entre otras cosas, no le siento como enemigo, ni tengo motivos para atacarle, sino más bien guardo silencio al respecto, reconociendo en sus Soledades algunas novedades imposibles de dejar a un lado a la hora de escribir una retórica. [6]

Y del futuro santo nacido en Fuenllana, adoptado como yo por la población de Villanueva, cuya cercanía de parentesco y mi propia religiosidad me obligaba a rendirle un sentido homenaje, le remito a mis diversas obras y sobre todo a la Relación de las fiestas en Villanueva de los Infantes a la beatificación de Tomás de Villanueva – tal y como incluso en mis Comentarios de erudición - allá por 1619 ó 1620, escrita por la estima profesada hacia él, al igual que hizo mi buen amigo don Francisco de Quevedo con su Vida. [7]

M.C.V.:Una vez conocidos estos aspectos, habría que detenerse en la que fue, sin ningún género de duda, su vocación: la docencia, y cómo la manifestó, mediante su humanismo. ¿Me podría hablar de ello?

B.J.P.:El ejercicio de la cátedra de Eloquencia allá en Villanueva de los Infantes me haría dichoso al compartir mis conocimientos en la Casa de Estudios, el Colegio Menor de mi época donde se hallaba la Escuela de Gramática, con mis alumnos, aunque con anterioridad ya había ejercido como preceptor en Alcaraz a finales del siglo XVI, de cuyo lugar guardo un triste recuerdo al verme acusado por dos ciudadanos de que no guardaba una vida acorde para alcanzar las órdenes mayores, como yo mismo pretendía. Desde aquel momento, mis investigaciones, mis alumnos, el ejercicio de las labores con el Santo Oficio fueron las ocupaciones que llenaron mi vida alejado de la labor de predicador para la que no fui destinado.

En Villanueva desde el 16 de agosto de 1600 fui contratado como “maestro de gramática”, aumentando sucesivamente mi remuneración incluso con contratos de cuatro años con la obligación de residir en Infantes. [8]. En mi ejercicio no sólo traté de transmitir las declaraciones de sentencias o pasajes de autores, sino también la moral, con el fin último de alcanzar la educación íntegra del individuo.

M.C.V.:No es menos cierto que, además de sus comentarios y traducciones de clásicos – Epigramas de Marco Valerio Marcial-, sus obras de gramática – Breves instituciones de la Gramática Española, o Epítome de la ortografía latina y castellana, ambas en 1614 - y de retórica – el manual de 1621 conocido como MercuriusTrimegistus, sive de triplicieloquentia–, sus obras de historia como la referida a la ciudad de Jaén, otras de temas tan heterogéneos como el Discurso de la langosta (1619) o el Discurso de los tufos, copetes y calvas (1639) osu precocidad al haber escrito poesías, comedias, autos y otras obras cuando apenas contaba veinte años de edad, haría diversas contribuciones en el terreno de la filología hispánica. ¿Qué me puede decir de sus aportaciones sobre el seseo, pues el ceceo ya era conocido desde el siglo XIII?

B.J.P.:Elogio el gran conocimiento que tiene de mi persona y de mis creaciones, en las cuales no profundizaré aún más para no desviarme de la cuestión, por lo que en cuanto al seseo he de referirle de forma sucinta que apliqué el sesear al hábito fonético de los valencianos puesto que pronunciaban con /s’/ ápico – alveolar la c, Ç, y lo contrapuse al zezear de los sevillanos. No querría entrar en más detalle para no hacer más ardua la explicación.

M.C.V.:Le agradezco su concisión al respecto y, continuando con este animadodiálogo, y siendo reconocida su labor por obras como Elocuencia española en arte, Instituciones de la gramática española, Comentarios de erudición o El virtuoso discreto, el ejercicio de su docencia, su humanismo, sus estudios en gramática y retórica, ¿cómo pudo todo ello compaginarlo con cargos tan oscuros y de auténtico fervor religioso como los de notario apostólico de la Curia romana y del mismísimo Santo Oficio?

B.J.P.:No cabe duda, joven, que la formación que usted posee es fruto de su propia época y no lo contempla con la perspectiva que mi religiosidad y ortodoxia me definieron a lo largo de mis obras, por no recordar mis estudios de Teología que no tuve la fortuna de concluir.

En el Discurso que hacia 1638 vio la luz en las prensas granadinas de Andrés Santiago Palomino, señalo mi clara postura a favor de los privilegios que debían poseer los cristianos viejos respecto a los nuevos con motivo de la controversia que en aquellos momentos existía, pues circulaba por la Corte un libro traducido como Discurso contra los Judíos preparado por fray Diego Gavilán, además de asistir en aquella época al sacrilegio que unos judíos de origen portugués estaban cometiendo sobre un crucifijo, siendo estos mismos interrogados y sus respuestas reafirmarían las acusaciones que sobre ellos habían sido vertidas. Recibieron por entonces, en 1632, la condena en la hoguera que a tales ofensas correspondía.

En aquellos tiempos el Conde – Duque de Olivares rodeábase de cierta cohorte de semitas y conversos, llegando incluso a plantear la posibilidad del regreso de los descendientes de conversos expulsados en 1492.

Dicho contexto emocional obligóme a redactar tal Discurso en favor del Santo y Loable Estatuto de la Limpieza. Todo ello no debe sorprenderle a usted, pues era notario de la Santa Inquisición y me sentía responsabilizado de salvaguardar la unidad de la fe, incluso en algunas sentencias que hube dirigido a mis alumnos de Villanueva de los Infantes con el objeto de proteger sus almas ante los peligros que les acechaban tanto de luteranos como de iluministas. Estas mismas reflexiones ya lashabía expuesto en mi obra El virtuoso discreto con tal fin.

Por tanto, mi antijudaísmo obedece al carácter y costumbres de que hacían gala, pues eran “soberbios de <ánimo y ambición vanagloriosa>”, de ahí que estos estatutos fueran el arma que la Iglesia necesitaba para luchar contra el Maligno, además de que los judíos siguieran perseverando en la observancia de su Ley, siendo ciegos y contumaces, llegando incluso a inclinarse por la idolatría.

El converso en síera propenso al contubernio, a pervertir el orden establecido, a la apostasía para sustituir a la iglesia por la sinagoga, tal y como repetían constantemente con el becerro de oro relatado en el libro del Éxodo.

Un notario del Santo Oficio,pues, debía estar alerta ante la guerra secreta que el judaico le tenía declarada a la institución máxima de un humanista como yo, la Iglesia. Así lo manifestaban con su carácter sedicioso y no sólo es opinión del que le habla, pues también, entre otros, lo refiere mi buen amigo don Francisco de Quevedo en su Execración de los judíos.

Es, por ello, que la pureza de la sangre y la fe cristiana deben ir íntimamente unidas, de ahí que las normas que los primeros estatutos promulgados por los Reyes Católicos “deben mantenerse <para conservar la paz pública destos reinos con grande vigilancia y cuidado>, y esta justificación hizo necesaria la expulsión de judíos y moriscos de los reinos “para que no inficionaran con su roña las ovejas de nuestra ley evangélica y gozasen de paz y tranquilidad…”.

Además, el converso debe aceptar la situación que le corresponde en la escala social.

Esta visión sin duda le habrá resumido el por qué soy fiel defensor del Santo Oficio, cuyo cargo de notario ejercí allá en Villanueva, que dependía orgánicamente del tribunal de Murcia. Además, por mi tono, expreso mi frustración ante la imposibilidad de haber ejercido como predicador.[9]

M.C.V.:Sin duda alguna, hemos hablado en gran parte de su ejercicio profesional, de su vocación educativa, de sus idas y venidas en la carrera eclesiástica, de sus diversas creaciones literarias, pero usted, como un hombre más, también tuvo una familia y su propia descendencia, con sus penas y sus alegrías. ¿Qué me podría hablar de ello, Maestro Jiménez?

B.J.P.:Ya había superado los cuarenta años de edad cuando mi vida dio un auténtico vuelco. No era sólo mi exclusiva dedicación a mi vocación lo que llenaría mi existencia, sino que tuve la fortuna de contraer matrimonio con una buena mujer de mi mismo lugar de origen, patria chica del pintor Yáñez, Almedina, que tenía por nombre Juana de Hervás. Con ella mi estirpe tuvo continuidad pues me llevó a alcanzar la condición de padre hasta en cuatro ocasiones, aunque con diversa fortuna al respecto. Mis vástagos se llamaron Apolonia, María, Félix y Alonso. Sólo de los dos últimos pude disfrutar viéndolos llegar a la edad adulta. Incluso el año posterior de mi casamiento (1 de julio de 1610) sería difícil de olvidar para mí por lo aciago de acontecimientos que en mi familia se sucedieron: el fallecimiento de mi padre el 8 de mayo y de mi hija Apolonia el 11 de junio, aunquela dicha nos sobrevino en los años posteriores con diversos nacimientos: mis hijos María (7 de febrero de 1612), Félix (3 de marzo de 1614) y Alonso (1615).

Este último continuaría mi estirpe, haciéndome abuelo en mis últimos años de existencia con el nacimiento de mi nieto Felipe, el 30 de abril de 1634.

De mi otro hijo, Félix, qué decir. Pudo seguir la vocación religiosa que yo mismo no pude, entrando como carmelita cuando sólo contaba con trece años (1627) y llegando incluso a pedir un mandato del mismísimo Pontífice Urbano VIII con el que los carmelitas permitieran a mi hijo declarar que había sido obligado a entrar a la fuerza. Disgusto en grado sumo me llevé cuando mi propio vástago se reafirmó en la veracidad de su vocación y de que no me inmiscuyese más en su ejercicio. La mala suerte se tiñó sobre mi hijo, pues cuando apenas llevaba dos años de haber profesado, el Señor lo llevó con él. Era el año de 1632 cuando rondaba apenas los dieciocho años, y a pesar de no estar de acuerdo con su decisión, me supuso gran pesar tan dura pérdida.[10]

M.C.V.:Finalmente, aunque pudieran parecer temas peliagudos que no debiéramos incluir, me gustaría conocer, en función de la mentalidad de su época y del sentido de la moral dominante, cuál es su opinión respecto a dos cuestiones que a nuestros lectores les serán de gran interés: el concepto que tiene de las mujeres, por un lado, ysobre aquellas personas que su inclinación sexual les encamina hacia su mismo sexo, por otro lado. ¿Me podría fundamentar ambas cuestiones, maestro Jiménez?

B.J.P.:Difíciles son los dos temas que tienen a bien plantearme, aunque con sumo gusto me dispongo a responder a ellos.

Respecto a las mujeres, bien es sabido que, a lo largo de mis obras, tanto con referencias clásicas como con citas bíblicas, he mencionado ciertas carencias que podía observar en ellas: temas como la ambición desmedida del género femenino o el gusto ostentoso por joyas y riquezas, alimentándose tales defectos ante las vecinas que no las poseían, las comenté, por ejemplo, con motivo de los versos de una sátira de Juvenal o por las joyas recibidas por la judía Berenice de su hermano Agripa, en contraposición sin duda de lo cautelosos que los hombres se mostraban ante tales dispendios, sabedores de la pobreza en que podían incurrir ante un gasto desmedido.

Otra cuestión muy propia de la condición femenina era la del adulterio, llegando incluso a borrar cualquier rastro de este al ingerir bebedizos que malograsen cualquier atisbo de embarazo. Así lo refería con relación a la mujer romana, si es a lo que usted se refiere.

En cuanto a las manifestaciones homófobas que pueden desprenderse de su juicio, la opinión que me merecen los homosexuales obedece a la condición de mentirosos y fingidores, hipócritas en suma, que además “parecen convertirse en auténticos censores y maestros de vidas ajenas que critican los defectos de los demás y ocultan sus vicios, siendo su vida, su comportamiento y sus acciones, las más detestables de la sociedad”.

Ya no me querría detener en aquellas costumbres que adoptaban los conocidos como lindos a los que, sin reservas, los considero como antipatriotas, pues mi modelo a seguir vendría a resumirse en lo que la siguiente <copla castellana> expresa:

“Cuando hubo españoles finos

menos dulces y más crudos,

eran los hombres lanudos:

ya son como perros chinos.

Zamarro fue Montesinos,

el Cid, Bernardo y Roldán,

y todos sus paladinos.” [11]

Sin duda alguna, ambos conceptos – misoginia y homofobia – son dignos de ser recogidos en la definición de un término, tal como le expreso:

Nubere significa propriamente casarse la mujer, y acomodar este verbo al hombre es decir dél que hace oficio de mujer, o en tan nefanda parte como se ha referido, o en otra menos mala que es en dejarse mandar ella y que ella gobierne y mande”[12]

o0OOO0o

En suma, los términos en los que se ha desarrollado la presente entrevista – que podría ser mucho más densa y profunda, dada la amplitud de materias tratadas, aunque les remito a la propia autobiografía del mismo, Libro de la cuenta y razón que yo, el maestro Bartolomé Jiménez Patón, tengo [13]– no deben ser extrapolados a una situación como la actual, pues como se suele decir cada uno es hijo de su tiempo, y las creencias, creaciones y manifestaciones aquí expresadas obedecen a una época muy diferente a la que hoy en día vivimos. Sólo me queda agradecer a este infanteño de adopción yalmedinense de nacimiento, que haya compartido con nosotros aquellos de los episodios más representativos de su vida, por muy espinosos que algunos de ellos pudieran parecer en estos momentos.

En cuanto a mi persona, me despido de este mes para retornar al siguiente con una nueva publicación, deseando a todos aquellos que lean estas líneas – y a los que no, quedan invitados a hacerlo –, un FELIZ VERANO.

MANUEL CABEZAS VELASCO

o0OOO0o

[1] LOPE DE VEGA Y CARPIO, Félix: Elogio.

[2] Real Academia de la Historia.

[3]MADROÑAL, Abraham: “Entre Cervantes y Lope: Toledo, hacia 1604”, en eHumanista/Cervantes 1 (2012).

[4] CAMPOS FERNÁNDEZ DE SEVILLA, Javier, OSA, y MADROÑAL DURÁN, Abraham: “Patón, Quevedo y otros nombres en torno a la literatura”, en Las relaciones de las fiestas por la beatificación de Fray Tomás de Villanueva en Villanueva de los Infantes. Universidad Libre de Infantes “Santo Tomás de Villanueva”, Madrid, 2016, pp. 31 - 40.

[5] XIMÉNEZ PATÓN, Bartolomé: Mercuriustrimegistus, en file:///F:/efemerides%20cr/bartolomé%20jiménez%20patón/Mercurius%20trimegistus,%20sive%20De%20triplici%20eloquentia%20sacra%20española,%20romana.pdf

[6] ROZAS, Juan Manuel: “El lopismo de Jiménez Patón. Góngora y Lope en la <Elocuencia española en Arte>”.

[7] CAMPOS FERNÁNDEZ DE SEVILLA, Javier, OSA, y MADROÑAL DURÁN, Abraham: Op. Cit.

[8] MADRID Y MEDINA, Ángela: “El campo de Montiel en la edad moderna”. Univ. De Granada. Facultad de Filosofía y Letras, 1977, p. 16.

[9] GARAU, Jaume: «No hay mayor desigualdad que hacerlo todo igual». Sobre el Discurso de Bartolomé Jiménez Patón en defensa de los estatutos de limpieza, en BulletinHispanique, Tome 114, n° 2 - décembre 2012 - p. 597-620.

[10] Real Academia de la Historia, y Comentarios de erudición, en https://www.iberoamericana-vervuert.es/introducciones/introduccion_521569.pdf

[11]SÁNCHEZ JIMÉNEZ, Antonio: “Lope de Vega y los lindos: sátira y masculinidad en de cosario a cosario”, en Anuario Lope de Vega, 21, 116-152, 2015, p. 11.

[12] MONSERRAT ROIG, Catalina: “Misoginia y homofobia en las Declaraciones magistrales de Bartolomé Jiménez Patón”, en GARAU, Jaume (ed.): Pensamiento y literatura en los inicios de la modernidad. INSTITUTO DE ESTUDIOS AURISECULARES (IDEA) COLECCIÓN «BATIHOJA». Ulzama digital. Madrid, 2017, Pp. 123 – 146.

[13] MONTERRUBIO PRIETO, Juan Miguel: “Aproximación a la lengua del “Libro decimosesto” de los Comentarios de erudición, de Bartolomé Jiménez Patón: aspectos generales, grafías, fonética y morfología”, en RILCE 29.1 (2013): 57 – 75.

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