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Cae la noche

- 4 abril, 2020 – 10:164 Comentarios

Últimamente no escribo. La cabeza no me da para inventarme historias. Veo que hay gente que durante la cuarentena está descubriendo nuevas habilidades, o que estaban ocultas, y hace pasteles y pan, escribe agudas reflexiones, cuelga rutinas de deporte en casa… Y yo, nada. Solo me quedo en casa.

Tampoco me desanimo mucho. Sé que son etapas;solo bastará una palabra, un gesto, una noticia que me dará el clic que necesito para volver a juntar letras.

Mientras eso llega, paso el tiempo como mejor puedo. Diréis que llevaba ya ventaja con lo del teletrabajo, pero se me complica un poco estos días con una haciendo kickboxing en el salón, el otro haciendo videollamadas mandándome al rincón de cara a la pared para que no salga mi pelo alborotao en plano, o la otra con las dudas de si la rana es anfibio o mamífero si se convierte en príncipe. Así se hace difícil, leñe.

Por eso, cuando todos se acuestan, me quedo un ratito sola en el salón para dedicarme a mí misma y ahondar en filosofías profundas que nos acechan estos días. En esas estaba la otra noche. Pensaba en qué chándal debería ponerme al día siguiente para bajar la basura (si el gris o el negro, no tengo más), a la vez que me preguntaba por qué los anuncios de Galería del Coleccionista son tan largos y los repiten sin parar. Huelga decir que los ratitos a veces se alargan hasta las tres de la mañana, porque, si picoteas algunas galletas y te comes los regalices rojos que escondiste antes de la cuarentena y que solo sacas cuando estás sola, el tiempo va despacio, mucho.

Pues ahí estaba, tumbada en el sofá, pensando en la gente que pinta, en la que hace fotos chulas de su casa sin que salga el gotelé (¿cómo lo harán?, algún filtro nuevo de Instagram, seguro), en esas personas al fin y al cabo que están cumpliendo sueños aparcados que ahora pueden hacer, cuando de repente escuché ruido en la calle.

Las tres de la mañana. Un día de diario. ¿Qué creéis que hice? Salir al balcón, que no solo lo tengo para aplaudir. La calle, sin un alma. La luz anaranjada de las farolas iluminaba tenuemente las aceras. En medio, sin las luces, un coche de policía que ha frenado en seco.

Sale una pareja de él.

Y, ahí, en tan poco tiempo, descubro que yo también puedo cumplir mi sueño postergado: ayudar a resolver un crimen. Eso es. Me preparo para la ocasión: tabaco y móvil. Luz apagada. Nunca la enciendo, ya que el balcón es de dos metros de largo por uno de ancho y me sé con los ojos cerrados dónde está la silla, la mesa y el cenicero (y ahora con la cuarentena sé que mide cuatro pasos), no penséis que era por dar ambiente a la situación.

¿No os pasa a veces que, cuando conseguís hacer algo que pensabais que era imposible, os veis hacerlo desde fuera? Pues eso me pasó a mí. A ver, seamos realistas, yo no me veía como Bourne o el de Misión imposible, porque a ese nivel tienes que estar en forma, saber inglés, informática (y no vale solo Excel y Word), hacer la declaración de la renta en binario y chorrocientas cosas más. No, pero a una señorita Marple o una Jessica Fletcher (aunque esta va mucho en bicicleta), con chándal, eso sí, me puedo acercar. En esos nanosegundos donde me veo como una detective, me da tiempo a elegir y me decido por Poirot. Luzco bigotazo, me gusta comer y beber, y solo se mueve del coche que le lleva a las mansiones inglesas donde le invitan a la puerta de estas. Algún paseo por la campiña inglesa, pero corto. Me reflejo en él.

Vale. Solo me falta un compañero medio atolondrado que, con su despiste o ingenuidad, me dé las claves para hacer funcionar mis células grises. Y eso me lo resuelve la policía, porque oigo una voz masculina que proviene de un balcón del edificio de enfrente:

—Se han ido hace un rato.

Agradezco mentalmente el que haya un testigo, porque luego pensáis que me invento lo que escribo.

Los policías, que han dejado el coche en la mitad de la calzada, sin luces ni nada, se acercan hasta una furgoneta blanca, que está aparcada. Sincronizados, abren las puertas delanteras.

Cierto es que no hay nadie, como había dicho el vecino anónimo, pero, claro, ellos lo tienen que comprobar. Empiezan a enfocar dentro del coche con las linternas. Van hacia la puerta trasera, pero está cerrada. Siguen iluminado la calle y comienzan a apuntar a los balcones. El vecino anónimo vuelve a decir:

—Se han ido hace un rato.

Me preocupa que sea tan poco positivo, pero, bueno, puede que venga bien para dar el contrapunto al personaje listo, que soy yo, en este caso.

Luego se dirigen a mi fachada y me enfocan en todo el careto.

—Señora, ¿ha visto algo?

Que tanto bigote no tendré si me llamaron «señora».

Como quiero que mi sueño se cumpla, me ciño a la realidad:

—Acabo de salir.

No hay que llevarse mal con las fuerzas de seguridad, eso es de primero de novela negra.

Uno de ellos intenta de nuevo abrir la puerta trasera. El otro, mientras, habla por la radio y solo pillo: «Atraco… Vacía». Es muy complicado desde un cuarto piso entender algo si no gritan (en eso, el vecino anónimo sí colabora).

—Que se han ido hace un rato.

Yo espero que saquen una palanca de esas y revienten la puerta para ver el alijo, que imagino que en estos tiempos será papel higiénico o harina. Pero mi gozo se queda en el pozo.

Como veo que el compañero que me he buscado no hace mucho, me dedico desde el balcón a otear el horizonte por si veo movimientos extraños a lo lejos y así poder ayudar a los policías. Miro hacia la rotonda de arriba. Observo un rato y, de repente, veo que hay movimiento por el césped. A punto estoy de darles una voz para que corran raudos hacia allí cuando veo que dos sombras vienen calle abajo… por el aire. Son los putos patos de siempre, que si pillo al que me dijo que los patos no volaban de noche.Mecagüen si vuelan, y en contrapicado.

Me alegro de no haberme adelantado a los acontecimientos porque ya me imagino a los policías diciéndome:

—Señora, váyase a dormir ya.

Sigo callada, fumando y mirando. Pienso que Poirot bebería un poco de jerez si estuviera en mi lugar, porque empieza a hacer pelete. Yo tengo en la cocina un Mancha abierto. Podría valer.

Ahora toca vigilar la parte derecha de la calle. Los policías buscan en los soportales y entre los coches, con las linternitas que se mueven tan rápido que parece que estás de rave.

Detengo la vista en el portal de enfrente. Una minúscula luz naranjita brilla en la oscuridad. «Te tenemos, cabrón. Fumando y esperando a que se vayan, ¿eh? Pues te vas a cagar que voy a dar la voz», pienso mientras carraspeo un poco para poder gritar bien. Mira, qué bien me vino el ataque de tos, porque me di cuenta de que la luz no se movía, y eso un fumador sabe que es imposible entre calada y calada (ahí ejercité mis pequeñas células grises, ¡eh!).Era el interruptor de la luz del descansilllo. Menos mal que no dije nada. Vaya marrón que los policías me dijeran:

—Señora, váyase a dormir ya.

Yo quiero retorcerme el bigote como Poirot, pero no lo tengo tan largo.

Sigo oteando y ya cagándome un poco en el vecino anónimo, que no colabora ni con la policía ni conmigo para darme la clave y resolver el misterio. Así no se puede. Es un agonías con su frase favorita:

—Que se han ido hace un rato.

La pareja vuelve al coche, que sigue en medio de la calle, sin luces. Menos mal que no ha pasado nadie con esto de la cuarentena. Y supongo que un miércoles a las tres de la mañana tampoco hay mucho tráfico.

Yo espero que venga la Científica, al menos. Pero no. Nadie viene por la calle desierta y poco iluminada.

Se montan en el coche, no sin antes enfocar de nuevo a las fachadas. En la de enfrente, después de hacer el barrido, no se oye nada. El vecino porculero se ha retirado. Mejor, porque no está ayudando nada. En el próximo misterio, me busco otro.

En la mía, cuando llegan al cuarto y me vuelven a deslumbrar, solo oigo a uno de ellos decir:

—Señora, váyase a dormir ya.

Y yo, con mi sueño roto, frustrado, pero con un atisbo de esperanza por si al día siguiente puedo resolver el misterio leyendo la prensa local, como soy obediente, hago caso al policía. Si me manda a dormir, duermo; si me manda estar en casa, pues #mequedoencasa.


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

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