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La columna de San Pedro (In memoriam Pilar Ruiz García)

- 5 abril, 2020 – 08:32Un comentario

Francisco Blanco Mena.- Ciudad Real, 18 deFebrero de 1722. Al final de la calle Lirio  y conformando unaplaza llamada “de las Franciscas”,   se encuentra el   Convento y Beaterio Hospital de la Concepción , junto a unos terrenos conocidos como “terreros”.

Es Miércoles de  Ceniza  y el Padre Juan Agustín Muñoz ha realizadola imposición a  las religiosas de Clausura, y se disponea hacer lo mismo en el Beaterio Hospital, del que esconsiliario - confesor.Una vez recibida la ceniza lasbeatas y  los enfermos,se disponea marchar a la  iglesia de S. Pedro de donde es Párroco.Le despiden Juana Olivares y Maria de la Cruz Doncelen nombre de las doce que componían el cenobio, y  les entrega una medalla de la Inmaculada Concepción de María.Ya en la calle va reflexionando acerca de su desconfianza en la vocación de Maria Cruz,  mujer soltera de 41 años de Ciudad Real  que teniendo cierta proximidad a la nobleza,había sidoorientada porD. Gaspar Sancho Varona,Marqués de Villaster.

En el contexto social aún en los comienzos el Siglo de las Luces, el papel de la mujer en su soltería o viudedad  era visto con  recelo, si bien para la que ingresaba en Convento o Beaterio,cambiaba positivamente su status.Doncel,  tenía fama de haber curado milagrosamente a algún enfermo acogido, lo que provocaba en el sacerdote la sospecha de que fuera  “iluminada”, o “simple”.  Juana, viuda de 38 años de Malagón ,Beata con la que tenía más afinidad Maria Cruz,  en alguna ocasión había manifestado al Consiliario, que aquéllade vez en cuando manifestaba comportamientos místicos que el resto no llegaba a comprender, y que en el grupo era considerada como santa.

Dia 7 de Mayo del mismo año:  El Padre Juan , diciendo Misa de mediodía  en San Pedro, al bajar del púlpito  vio que dos mujeres que acababan de entrar en la iglesia, le hacían señas de querer hablar con él urgentemente.Antes de que se dirigiera de nuevo al altar, le comunicaron que María Cruz no había bajado ese día de su celda al Hospital, y no respondía a sus llamadas ( como era costumbre en los Beaterios , las celdas eran individuales y cada mujer podía cerrar por dentrocon llave para tener más independencia ) .Dado que él era el responsabledel Cenobio, requirieron su presencia. Una vez acabada la Misa, apresuradamente  se dirigieron haciael  Monasterio, y una vez allí fue forzada la puerta de su habitación, comprobando que yacía en el suelo con un ataque de apoplejía.  Subiéronla a la cama,y en vista de su estado el Consiliario le dio los Santos Óleos.  Maria Cruz falleció al amanecer del día siguiente.  Luego del sentido  velatorio en la Capilla del Hospital, el día 9 tuvieron lugar exequias y entierro en San Pedro, dondepreviamente se había preparado la sepultura junto a la columna del púlpito, siendo sufragado todo por el Marqués de Villaster.

Acudió gran numero de personas , encabezadas por algunas monjas y beatas de la Concepción.  Los cirios que completaban el sencillo túmulo destacaban en la semi penumbra del templo.    Juana , muy afectada rezaba en silencio mientras observaba el cuerpo inerte, al que acompañaban una medalla, rosario y objetos de penitencia de la finada. Después de la bendición del cadáver y  llevadas por su  fama de santidad , algunas mujeresantes de cerrar la caja  intentaron coger algún objeto como reliquia, lo que provocó el enfado del  sacerdote, que las reprendió .Una vezmás tranquilos los ánimos, después de los responsos, el féretro fue introducido en la sepultura, y en ese momento la columna se iluminó deslumbrando a los asistentes: la luz del Sol incidía ahora en ella a través de la ventana gótica de la fachada.  Por la acción de la corriente, el entreabierto portón de la iglesia, se cerró bruscamente .

Con abatimiento generalizado, los deudos abandonaron  S. Pedro, y el P. Juan Agustín ,con la mirada reflexiva en la losa  se quedó cuestionándose si estaría categóricamente equivocado en la realidad mística de Maria Cruz…

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Ciudad Real, 18 de Abril de 2019:   Madrugada del Jueves Santo. La procesión del Silencio realizaba su Estación de Penitencia, si bien debido a la incesante lluvia se había acelerado su regreso cuando aún era  de madrugada.Con diligencia fueron entrando en San Pedro penitentes, portadores, tronos y atributos , con la  dificultad añadida de  que los potentes focos exteriores no funcionaban , seguramente por efecto del chubasco.  Ya en el interior ,elPredicador dirigió desde el ambón el rezo de las estaciones restantes del Via Crucis Procesional . Una vez acabado, la Hermana Mayor Pilar Ruiz se dirigió a los hermanos agradeciendo su asistencia y compartiendo la pesadumbre. Cuando la lluvia era más débil ,los hermanos fueron abandonando la iglesia, quedándose solamentela Junta Directiva agrupando los enseres,  si biendificultaba algo el movimiento unas vallas metálicas colocadaspor una avería en la climatización del templo.

Pilar  se afanaba en facilitar la recogida , e involuntariamente movió un poco una de ellas junto a una de las columnas centrales. Al hacerlo, pareció distinguir en la zanja un objeto que brillaba , lo que comunicó a un miembro de la Junta. Éste, retirando la valla , se metió dentro y limpiándolo de tierra comprobó que se trataba de una medalla muy desgastada por el tiempo. Pilar la guardó para dársela posteriormenteal Párroco.Una vez completados los acopios, se dispusieron a apagar las luces y abandonar el templo.  Al hacerlo ,la Hermana Mayor manifestó a sus acompañantes la intención de quedarse ella un poco más junto al Santísimo en la Capilla de los Coca.  Así lo hizo, y después de permanecer en oración unos minutos , salió y en la penumbra abrió el portón de la iglesiacuando aún la madrugada aún era cerrada y la lluvia caía ahora un poco más fuerte . Al hacerlo, una luz intensa iluminó en el interior,  especialmente la columna donde estaba la valla:  los focos exteriores lucían ahora de nuevo.   Con sorpresa comprobó que dos penitentes estaban aún en el umbral.  Pilar les preguntó cómo es que permanecían todavía en el lugar.  Con voz femenina contestaron que estaban allí para que la acompañaran. 

Extrañada, pero agradecida,cerró la vieja puerta y se dispusieron a  bajar la cuesta de San Pedro, continuando como era preceptivo con los capillos bajados.Les preguntó quiénes eran , y una de ellas sacando una medalla de la Inmaculada , se la mostró.  La otra,  extendió la mano en actitud supinadora , y Pilar , desbordada por la emoción comprendió el gesto, y besando la que ella guardaba se la entregó.  Las tres se perdieron en la lluviosa madrugada.

Francisco Blanco Mena
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