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Cuentos en tiempos raros (2)

- 18 junio, 2020 – 12:05Un comentario

Manuel Valero.- Manuscrito encontrado en la Biblioteca del Estado durante uno de los inventarios. Era un paquete de folios empaquetados en papel basto de envolver víveres pero atados con salvaguardas de cartón en los lados para amortiguar la presión de la cuerda.  Son cinco cuentos de temática variada pero muy pegados a la simpleza humana que como todo el mundo sabe es lo más complejo de todo. 

Los cuentos los firma un tal Martín Velasco, lo cual me sorprendió tanto como el hallazgo literario: ambos, el tal Martin Velasco y un servidor compartimos iniciales. No soy muy dado a las deducciones mágicas pero esa coincidencia me ha animado a publicarlos. 

LA SOMBRA

M.V.

Adoraba a Borges.  Era genial, merecedor del oropel sueco más que ningún otro. De tanto leer sus cuentos se le habían desmayado los párpados, como al argentino universal.  Ahora a sus setenta y siete años dormitaba en un banco de la residencia al sol benefactor de abril. Los tiempos de afuera se le habían quedado demasiado grandes, sensación que nunca logró explicarse. A juzgar por los jóvenes que atendían a los mayores residentes,  el mundo estaba al alcance de objetos inverosímiles y reducido al espacio de una pantallita acuosa que obedecía a la simple orden de un dedo. Todo demasiado irreal, mucho más que el universo de Borges, su gran admirado.

Aquella mañana caminó lentamente ayudado por una enfermera que lo sentó con ternura en su banco sureño. Se sentaba, apoyaba sus manos sobre el bastón y sobre ellas la barbilla demediada por un hoyuelo. Dejaba que el sol entibiara su mundo de sombras y durante dos horas se recreaba en el tiempo de sus años juveniles. Y de vez en cuando rumiaba algún verso escrito por él en sus embelesos amatorios.

Me quedo con las espinas,

la única verdad de la flores

que van de la mano de la novia

a la tumba solitaria de los héroes

Miraba a la enfermera alejarse absorta en el cuadradito negro que vomitaba imágenes y mensajes instantáneos. Se acomodaba de nuevo y cerraba los ojos. No, él ya no pertenecía a la velocidad inhumana en que viajaban los hombres, ni a la nueva cultura social del alejamiento perpetuo. Escuchaba a los chicos y chicas de la residencia hablar de relaciones que habían entablado mediante el cacharro al que estaban esposados. Una vez la enfermera habló con su madre y le enseñó la imagen viva y parlanchina metida en aquella pantallita de colores. Inaudito. Su mundo era el de las cartas, en el de la seducción suicida cuerpo a cuerpo, las tertulias inacabables en los cafés bajo un penacho de humo de tabaco puro. Demasiado líquido le parecía todo, incluso la pantallita que generaba pequeñas hondas en el cristal al posar el dedo como hace el agua mansa de un estanque cuando es removida por un guijarro. El había puesto el dedo mocho por invitación de la enfermera sobre un dibujito que activaba milagrosamente la pantalla y había observado el aura que rodeaba la yema del dedo, como si el dedo fuera la cabeza de un santo.

Aquella mañana notó algo extraño. Vio su sombra sobre el cuidado césped y por un momento creyó percibir como un desgarramiento. Cerró de nuevo sus ojos para viajar al recuerdo del día. Pero no logró concentrarse. Al abrirlos de nuevo comprobó que su sombra no estaba allí y que un señor a su lado lo saludaba con refinado tacto.  

-¿Quién es usted?

-Su sombra

-¿Mi sombra? ¿Y qué hace aquí a mi lado y no tendida en el suelo como debería ser? Además, tiene un aspecto muy brillante y colorido. Las sombras son negras.

-Digamos que yo soy usted y que de alguna manera yo soy cuanto usted no ha sido pero le hubiera gustado ser.

-Es usted muy presuntuoso. ¿Qué le hace suponer que no yo no esté satisfecho con mi vida?

-No he dicho eso, he dicho que soy su otro, el que lo completa y el que ha vivido lo que usted no pudo o no quiso vivir. Por ejemplo, yo he estado en La Habana, un viaje que usted nunca hizo por su fobia a volar.

-Cierto, pero dígame una cosa. Por esa regla de tres yo soy su otro, de modo que lo que yo he vivido usted no lo ha hecho.

- Así es, mi querido otro.  El hombre es lo que ha vivido y lo que no.

-Pero los hay que han llevado una vida plena.

-Siempre se queda algo en el tintero de la existencia, un detalle, una experiencia, un miedo, un deseo y en ese preciso momento nace el otro que siempre camina junto a su otra mitad. La sombra es el mejor sitio donde convivir. Pasamos desapercibidos.

-Para que haya sombra tiene que haber luz, la luz es la que proyecta la sombra.

-Salvo en dos circunstancias: cuando ambas son absolutas. En la sombra total no hay sombras y en la luz cegadora, tampoco, pero eso no nos está dado a conocer hasta que nos morimos.

-Entonces sabrá todo de mí…

-No es que lo sepa es que yo soy usted, el que lo completa. He viajado por el mundo, he tenido amores, tuve unos padres buenos que me educaron y me cuidaron y tuve ocasión de vivir con Ana unos años.

-Vaya, que fue de ella.

-Se marchó a Buenos Aires. Con su marido, un ingeniero de Minas.

- ¿Y dice usted que ha estado en La Habana? Hábleme de ella.

-Antes de la Revolución era un lupanar, luego se convirtió en la perlita de la URSS  y cada cubano tenía una cartilla de racionamiento del grosor de una Biblia.

-Y dígame… ¿ha sido usted feliz?

-Siempre que usted no lo era.

-Asombroso. ¿Usted ha leído a Borges?

-Por supuesto, es mi escritor favorito. Lo conocí en Barcelona durante una conferencia.

-¡No me diga!

-Se lo digo. Ese fue su sueño, ser escritor y amigo de la aristocracia literaria. Pues su sueño fui yo. Precisamente llevo aquí un libro de cuentos. Mire este.

-Ah sí, El otro.

-No hay dada completo en el Universo, amigo, todo es una parte de algo, y cada parte completa el prodigio absoluto.

En ese momento, una nube ocultó el sol durante una brevedad. Luego apareció de nuevo en todo su disco incandescente sobre un azul inmenso y la sombra apareció en su lugar, reproduciendo la silueta exacta  del viejo. A la hora convenida llegó la asistenta. Le dijo que lo había visto en animada charla con esa comprensión condescendiente con que se trata a los viejos.

-¿Y con quien esta vez? ¿Con su esposa? ¿Sus hijos? ¿Sus viejos amigos?

-No, esta vez ha sido con un tipo muy interesante.

Al levantarse, la enfermera se percató del libro.

-¿Este libro es suyo, señor Fábregas?

-No, no he traído ningún libro. O tal vez, sí. Déjemelo. ¿Te gusta Borges, niña?

-¿Borges? ¿Y quién es ese señor?

Ambos caminaron de nuevo hacia el comedor. Al llegar vio a los viejitos acomodarse torpemente en sus lugares de almuerzo. El olor de la comida de la residencia le trajo recuerdos de estudiante. En la habitación se puso el pijama como si fuera a dormir de noche y se miró en el espejo.

-Me gusta más mi sombra, dijo.  

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