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La dueña del mar

- 24 junio, 2020 – 10:488 Comentarios

Manuel Valero.- Lo que marca la calidad de una obra literaria no es la historia que se cuenta sino cómo se cuenta. Con esta premisa Mares sin dueño, de la autora ciudarrealeña Esther Ginés, es una magnifica novela: tensa, intensa, emocional, en algunos pasajes tan arrebatadora como el océano que golpea las Islas Orcadas y la puebla de selkies dispuestos a enamorar a algún mortal transido con que nutrir la mitología de aquel Norte extremo. 

Sin embargo ese ribete mágico no diluye la veracidad de los tres personajes principales entregados a una metamorfosis personal en la que un delirio destructivo, una muerte asumida,  la superación del dolor,  y  la tenacidad, los cincela a golpes de mar. Tres personajes, como lo eran en El sol de ArgelMartin, Mirta y Matías- como lo eran en En la noche de los cuerposLia, Oliver y Cecilia- y como lo son en Mares sin dueño: Elisa, Kilyan y Odette.  Aunque en esta ocasión, Ginés se adueña del mar para hacer de él más que un escenario, un personaje, el cuarto, por lo que oculta, por lo que arrebata,  por lo que devuelve…

En un mundo tan complicado como el de los Libros se agradece que de vez en cuando aparezcan entre promociones al peso, obras nacidas del esfuerzo talentoso del autor, en este caso Esther Ginés, apoyadas por las sufridas y pequeñas grandes editoriales, como es el caso de Tres Hermanas. 

Sostengo que la Literatura con mayúsculas ha muerto y ha dejado paso a una literatura ínfima de consumo playero o invernal a rebufo de los premios y las promociones, o sea,  la betsellerización, ese fenómeno imparable, que salvo excepciones, que las hay, pervive sobre las cenizas de la Gran Literatura. Los libros ya no son hitos que jalonan la historia cultural del hombre –La Ilíada, Hamlet, Cumbres Borrascosas, Don Quijote, Ulises, Pedro Páramo, Santuario, La regenta, La peste, Cien años de soledad… por citar algunos al vuelo- sino superventas de márqueting, carne de series… o no son nada.

Pero de vez en cuando aparece una joya. Mares sin dueño lo es, y no por lo que cuenta –un viaje exterior y épico a un lugar de naturaleza enajenada y otro interior y lírico con el mar indómito rodeándolo todo- sino por el modo en que se cuenta.

El ritmo que aplica Ginés a la trama, la profunda introspección de Elisa que ha de tirar del cabo de otra mujer, Odette, que ha de reblandecer la roca de Hether la madre de Kylian, la fuerza descriptiva del paisaje y el mar, el enigma magistralmente dosificado, las heridas abiertas y el desenlace final, componen un texto de una calidad y belleza extraordinarias. El lector parece seducido por aquel la insularidad bramante donde sopla un viento enloquecedor y  palpa una soledad sin paliativos y se introduce sin apercibirse en una historia que no es un descubrimiento en sí misma –ya todo está contado- pero sí emocionalmente impactante. Y lo es desde ese cuervo inicial que le anuncia a Elisa una conclusión luminosa a su particular viaje –¡y eso que es un cuervo!- hasta la simbólica y sugerente desaparición definitiva de Norn, el selkie alfa. Romanticismo puro, casi gótico, aunque no esté de moda.

Elisa es traductora, Kilyan ornitólogo y Odette es escritora. Y de algún modo, Odette es el alter ego de Elisa, -¿y de la autora?-y Kilyan, el rescatado, el  premio de la tenaz isleña de Sal (la isla azul turquesa, origen de Elisa en Cabo Verde ) y de la recolocación de Odette en el lugar exacto de una herida  que cicatriza definitivamente con el cauterio del amor. No es una historia coetánea de la virtualidad tecnológica que constriñe el mundo a una simple naranja. Ambientada a finales del siglo pasado –sí, del siglo pasado- cuando los ordenadores y las redes comenzaban a socializarse y el viaje, cualquier viaje, era una aventura de mochila y mapa desplegable, le da un barniz de drama clásico. Y es todo un acierto.

Mares sin dueño es una novela de las de antes, escrita con pulso vertiginoso.  Seguir a Elisa en su deambular por la inhóspita latitud orcadiana, como una extraña, asediada por la inquietante sombra de Odette, te lleva en volandas a otros títulos señeros de la Literatura. Por ejemplo, Cumbres borrascosas.   

La memoria tiene manos largas y llega siempre donde quiere. Nada le es inaccesible, dice Elisa.

Hay, en fin, de todo en esta pequeña perla de mar que jalona un grado superior en la trayectoria de Esther Ginés como escritora: hay cartas con las que regala una maravillosa literatura epistolar, hay libros –La dama del Mar de Henrik Ibsen, inevitable-, hay canciones aludidas, y qué canciones,  La casa del sol naciente, Good vibrations… y, sí, hay poesía, un brevísimo poemario de media docena de composiciones que agranda, y mucho, la calidad y hondura de la novela. Así, Esther Ginés se descubre como poeta bajo la piel de Odette.

Yo sin ti, pero contigo,

cargando con tu cuerpo,

un cuerpo que no es más que una sombra

pero…¡ay! las sombras no pueden morir.

El anecdótico cuervo del principio es el mismo del final, u otro, qué más da, como una dislocación traviesa de la simbología: el córvido no es un mal augurio,  es un anunciador de luz porque Elisa no cree en los presagios.

Si compran la novela y la leen, aviso: pónganse un chubasquero.  Y amárrense bien. Lo van a necesitar.

Mares sin dueño

Esther Ginés

Editorial Tres Hermanas

Colección Tierras de la Nieve Roja

243 páginas

Tapa blanda   

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