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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (3)

- 23 septiembre, 2020 – 08:042 Comentarios

Nada de lo que se encontraba ante sí era ya lo que aún permanecía en la memoria de aquel maduro impresor. El mismo, que de muchacho había dado sus primeros pasos por aquellas calles, parecía recordar el ideal mundo de su infancia, aunque nunca hubiera imaginado que, tras el transcurso de varias décadas, aquella villa anclada en el tiempo hubiese sufrido tantos cambios.

Todo lo que aún persistía en su retina se había convertido en una bruma que dificultaba que pudiese ver con claridad las imágenes de aquellas primeras caminatas estando acompañado de la mano de sus padres; ya no reconocía el hogar de su infancia; los recuerdos eran sólo eso: fragmentos de una remembranza que él mismo trataba de mantener viva, aunque nada estaba más lejos de la realidad.

De pronto se encontraba ante el otrora edificio de la sinagoga que presidió tiempo atrás el barrio judío donde había crecido como niño, aunque ya se había convertido en un templo cristiano, la iglesia de San Antón. Su portada con arco de medio punto así lo atestiguaba. De pronto, giró la cabeza para ver toda aquella plaza y le llevó muy lejos en el tiempo…

-No corras tanto hijo que por estas endemoniadas calles te puedes hacer daño- repetía con insistencia su madre cuando aquel muchacho ya no necesitaba de ir cogido de la mano aunque su estabilidad aún no fuese suficiente para sufrir algún que otro rasguño si se precipitaba por la celeridad de sus incontrolados pasos.

Aquella cara de extrañeza y de melancolía que mantenía fue percibida por su hijo y éste le preguntó:

-¿Qué es lo que le sucede, padre? ¿Acaso recuerda algo de lo que ve? ¿Es esta la población de la que me habló cuando descubrí aquellos documentos?- inquirió el muchacho a su progenitor, tratando de sacarle de su desconcierto.

-No, muchacho. La sorpresa es mía, al ver tantos cambios, aunque la orografía aún parezca mantenerse. No alcanzo a comprender como el transcurrir de estas décadas ha podido engañarme de esta manera, creyendo que todo estaría en el mismo lugar en el que lo abandoné. Aún era un niño y, en muchas ocasiones, continuaba en los brazos de mi madre. Otras, cuando iniciábamos alguna travesía más ardua, era mi propio padre el que me portaba ante la mayor fragilidad de quien me dio la vida. Y, en otras, temerario que era uno, cuando me creía con fuerzas suficientes para abandonar la ayuda de mis padres, corría alegremente en solitario, lo que a veces no llevaba a buen puerto- respondió taciturno el progenitor. Aquí, donde ves esta iglesia, existía una sinagoga, lugar donde los judíos y conversos se reunían y leían libros como alguno de los que salieron de la imprenta en la que trabajó tu abuelo. Si no hubiese estado aquí en otro tiempo, apenas podría distinguir los cambios que se han ejecutado. Pienso que como si alguna orden monástica la hubiese ocupado hace años para ser luego reutilizada como iglesia, pues hace muchos años mi padre me contó un día que cuando ellos abandonaron Híjar también se vio obligado a ello el rabino de aquel entonces, Yosef Eliachar. De la fachada algunos restos se vislumbran, pero cuando he entrado en el interior apenas pude distinguir las tracerías de aquel gótico mudéjar que aparecen mediante yeserías, aunque sí me pareció adivinar los muros de tapial de yeso, los arcos-diafragma o incluso la techumbre en madera.

-Siempre me has enseñado que en la vida nada permanece, todo pasa. El tiempo que estamos viviendo debemos aprovecharlo lo mejor posible, pues uno nunca sabe cuándo algo va a cambiar- el joven quiso recordar con cierta madurez alguna de las enseñanzas a su enorme padrazo.

-¡Qué orgulloso me siento y siempre me he sentido de ti, hijo mío! Aquello que dices me lleva a los tiempos en que mi padre vivía, tu abuelo Ismael, quien me mencionó en más de una ocasión una frase parecida que su maestro impresor, el también conocido médico judío Eliezer Alantansí, le había citado a modo de enseñanza. Para ello parafraseaba al poeta Horacio en sus “Odas” diciendo así: “Carpe diem, quam minimum credula postero!”, lo que viene a significar que aprovecha el hoy pues del mañana no puedes saber lo que te sucederá- respondió con un gesto más animado.

-Sólo hago honor a las enseñanzas que usted me ha dado, padre- respondió orgulloso el muchacho- Por cierto, ¿no era de ese Alantansí alguno de los libros prohibidos que sería víctima de las garras del Santo Oficio cuando descubrí los secretos que escondían aquellos pliegos?- continuó inquiriendo a su progenitor.

-Cierto es, hijo mío. Es en el “Índice de Libros Prohibidos” donde apareció un “Talmud” que salió de la propia imprenta que el impresor o incluso tu propio abuelo ayudó a confeccionar. Parece ser que, detrás de aquella censura, estaba el mismísimo papa León X, siendo el motivo principal que su traducción no podía proceder del hebreo, griego, árabe y caldeo para ser vertido al latín, y de éste a las lenguas que nosotros hablamos hoy. Como ya sucedió desde los tiempos en que yo mismo nací, la Inquisición se encargaría de quemarlos en hogueras o piras para que la fe judaica dejase de estar en libros que otros pudiesen leer y así extirpar ese símbolo de sus creencias- explicó Juan.

En el intervalo que había durado la conversación mantenida entre padre e hijo las sombras de la noche habían hecho acto de presencia. Aquel niño que había regresado convertido en un hombre maduro al que fue su hogar en los primeros años de su vida, desconocía lo que le depararía esta nueva visita. Además, ya no se encontraba solo, su hijo le hacía compañía, la sangre que surgió del atrevido compromiso de sus abuelos debía tener continuidad y él no estaba dispuesto a que esto no aconteciera. Aquel muchacho era su primera y prioritaria responsabilidad, aunque no tuviese la fortuna de conocer a una madre que falleció en el mismo parto, aunque él sí la tuvo. Recordaba entonces cómo Cinta e Ismael fueron aquellos padres que él mismo se vio obligado a enterrar; de todo aquello ya había transcurrido un lapso, suficiente para no haber podido jugar con su propio nieto al no coincidir en el tiempo.

La oscuridad se convirtió en el manto protector que unos recién llegados necesitaban para pasar desapercibidos en una tierra que, a pesar de la familiaridad para uno de ellos, les resultaba en este momento desconocida.

De pronto, pareció oírse por una de aquellas callejuelas un bisbiseo que alertaba de la presencia de alguien. Este murmullo puso en alerta a padre e hijo y se apostaron a buen recaudo.

El leve ruido de las pisadas de aquellos que inquietaron a los visitantes fue perdiendo intensidad hasta hacerse mudas y confundirse con el silencio de aquella noche oscura. Entonces, salieron de nuevo de su escondrijo, hasta que el muchacho se percató de la existencia de una casa medio abandonada, quizá recientemente pues aún mantenía su estructura y su techumbre en sólidas condiciones. Se dirigió con la mirada hacia su padre y extendiendo su brazo le indicó con un susurro:

-Padre, ¿podríamos pasar la noche en aquel caserón?

-Buen ojo has tenido, muchacho. Vayamos con cautela, pues, y, si nos es posible, así lo haremos.

Poco más de diez pasos separaban el escondrijo provisional de la que podría convertirse aquella noche en su morada. Llegaron ante ella con cierta discreción, tratando de sosegar a la acémila que los acompañaba, para que no les delatase. La certeza se confirmó tras empujar suavemente la puerta. ¡Habían encontrado un lugar donde poder dormir! No era un palacio, no poseían ningún camastro, pero había un techo donde cobijarse y una especie de pesebre parecía atisbarse al fondo con el que aquella acémila podría cobijarse. La modesta casa de aquellos inquilinos furtivos les protegió de posibles miradas extrañas.

Allí irían transcurriendo las horas y el cansancio se adueñaría de aquellos cuerpos que no habían podido encontrar una cubierta que les protegiese desde que se vieron obligados a huir de tierras levantinas.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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