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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (7)

- 20 octubre, 2020 – 11:408 Comentarios

“Fueron aquéllos unos tiempos difíciles en los que, aunque en un principio nos mantuvimos firmes y tratando de residir en nuestra querida y amada Ciudad Real, finalmente nos vimos obligados a partir hacia la vecina Almagro, aunque para ello habíamos encontrado la inestimable ayuda de amigos como Diego y Rodrigo.

Reconstrucción artística de un librero itinerante del siglo XVI con un carro de libros cubierto por burros. Tarjeta comercial Liebig de finales del siglo XIX. Cromolitografía

Otras gentes de aquella villa también se brindaron en darnos acogida, incluso aquellos de la importancia y jerarquía como todos los que descendían y dependían de la familia de don Min Gutiérrez. Empero, nuestros amigos insistieron en ampararnos principalmente bajo su protección por nuestra más cercana relación y al mismo tiempo para aprovechar las estrechas vinculaciones que tenían con el mismísimo maestre calatravo, al que en otro tiempo el por entonces maestre don Pedro Girón hubiese salvado la vida del propio Min que había ido a parar a la cárcel al ser descubierto en la sinagoga por Ruy Núñez Eloxondo, alcalde de la villa, rezando oraciones de nuestra ley mosaica junto a otros compañeros de fe.

Igualmente se darían las circunstancias en aquellos años de la década de los setenta en los que los motines que provocaron nuestra huida de Ciudad Real precipitando nuestra partida en compañía de tan buenos amigos. De ellos acompañados tuve la dicha de leer como Rabí llegando a hacer la barahá o baraja en algunas ocasiones que a medianoche nos era posible, pudiendo rezar durante varias horas. A pesar de todo, nuestras precauciones seguían siendo necesarias, teniendo que usar un mazo de cartas con el que esconder el libro que discretamente escondíamos.

Sin embargo, no todo serían alegrías en aquellos días en compañía de los que nos otorgaban su protección y verdadera amistad. Nuestra participación en el que a la postre se convirtió en el bando perdedor de la guerra por la sucesión al trono que el rey Enrique había dejado tras su muerte nos puso en una difícil situación, viéndonos afectados en las medidas que adoptaron los nuevos monarcas al perder gran parte de nuestras posesiones y el ejercicio en los diversos cargos que ostentábamos. Así y todo, no nos rendiríamos ni renunciaríamos a lo que considerábamos nuestro, a pesar de tener enemigos tan poderosos.

Estos hechos acontecieron un 15 de abril del año de 1475, fecha en la cual nos fueron confiscadas rentas e ingresos, a lo que había que añadir diversas sumas relativas a contribuciones pertenecientes a la sociedad que formaba junto con mi hijo Juan y mi amigo Diego de Villarreal. A ello más adelante se sumaría la emisión de unas órdenes contra mi persona el ocho de noviembre de ese mismo año confiscándome el resto de mis propiedades, y el tres de abril de 1476 trayendo como consecuencia de todo ello la privación de mi cargo de regidor en mi amada Ciudad Real, puesto que pasó a manos de un tal Álvaro Gaytán.

Las luchas, a pesar de todo ello, no finalizarían ni tan siquiera con la llegada al trono de doña Isabel y don Fernando, sino que los envidiosos individuos que durante años habían mostrado recelos hacia nuestras personas, pondrían entonces más aún de manifiesto su animadversión a la hora de nuestro regreso a Ciudad Real.

Aunque porfiásemos por recuperar nuestras posesiones tiempo después, ya por entonces uno no era lo joven que hubiera deseado para entrar en guerras ni pelear vigorosamente contra los sempiternos enemigos cristianos viejos, a los que se unirían otros que solamente buscaron su propia supervivencia, aunque para ello traicionasen a los que supuestamente pertenecíamos a su propio credo.

Con nuestra llegada a Almagro nos encontraríamos los sonrientes rostros de nuestros amigos, aunque interiormente todos supiéramos que esa pose ocultaba a todas luces una situación de incertidumbre que cuando los días fueran transcurriendo pondrían de manifiesto la realidad de nuestras vidas. A pesar de todo ello, aquellos grandes compañeros de fe nos brindaron la mayor de las ayudas en unas circunstancias tan adversas que nunca lograríamos resarcir en su justa medida.”

-¿Qué te sucede Ismael? ¿en dónde se han transportado ahora tus pensamientos? - inquirió la muchacha a su joven compañero.

-Nada que ya no sepas, amada mía. Otro nuevo pasaje de aquellos papeles que con tanto celo conservo me vino a la memoria pues nuestra nueva partida me ha hecho recordar aquellos trances en los que nos vimos inmersos cuando abandonamos nuestra querida Ciudad Real, aquella población en donde tuve la fortuna de conocerte y quedarme prendado hasta el día de hoy, y la suerte que hallamos en nuestra andadura al encontrarnos con don Sancho, su señora y los demás conversos, a pocas jornadas de alejarnos de allí. Entonces no hubiera sabido cómo ayudarte en aquel momento en que las manos diestras de doña María, su consuegra y nuera te ayudaron a dar a luz a nuestro retoño. ¿Qué podría hacer un muchacho imberbe como yo que apenas había empezado a conocer las auténticas verdades de la vida desde el momento en que te vi por primera vez en aquel mercado cuando acompañaba al librero que me sacó de la más terrible de las pobrezas? Aún recuerdo cómo llegó a ponerme en vereda, pues cuando comencé a acompañarlo con los bultos donde transportaba tantos libros, y a pesar de todo no se fiaba de mí. Mis recompensas tardaron en llegar, aunque logré ganarme su absoluta confianza y de ahí que dispuse de más tiempo para visitar las calles de aquella ciudad y comenzar a conocerte algo mejor. ¡Qué tiempos aquellos y cómo hemos logrado sortear tantas dificultades en estos últimos años!- recordaba Ismael algo melancólico a la par que alegre por su nueva situación.

-No tengo nada que reprocharte hasta este preciso instante, amor mío, pues apareciste en un momento de mi existencia como mi gran salvador ya que por entonces no podía soportar la terrible situación que estaba sufriendo a manos de mi esposo Alfonso y de sobra estás al corriente de qué hablo. Bien sabes que desde aquel día tú y yo nos hicimos uno y, por suerte, al hallarse el fanfarrón de mi marido en tierras de moros integrando parte de las huestes que lideraban los Reyes Católicos, tuvimos el tiempo suficiente para que mi estado de gestación no lo lograse descubrir antes de nuestra huida. Nuevamente la fortuna te unió a mí una vez más cuando tu maestro librero volvió a Ciudad Real y al verle percibí que le acompañabas de nuevo. En ese momento supe que te habías convertido en la persona que se había adueñado de la llave de mi corazón, aunque ya la primera vez con tus buenos modales ayudases a mi criada a llevar mis pesadas compras del mercado, dejando a un lado las obligaciones que tú ya tenías- recordó emocionada con orgullo y alegría al encontrar al amor de su vida.

La joven pareja trató de mantener en secreto su relación furtiva, aunque tras la despedida de los conversos sólo se habían dado a dicha norma de precaución dos excepciones por la gran confianza que depositarían en ellos: la anciana señora Mariam, viuda con la que convivirían aquellos años de permanencia en la modesta población de Híjar, y el maduro impresor y médico Eliezer ben Abraham Alantansí, que se había convertido en protector y padre del muchacho y guardián de sus secretos. Ambas figuras harían sin duda la función de tutores de los jóvenes padres, pues ellos mismos los habían perdido mucho tiempo atrás.

Aunque la despedida de ambos del impresor judío no pareció estar llena de tantas lágrimas como ocurriera con la viuda Mariam, la cristianizada Juana, el cariño profesado hizo encoger el corazón a aquel judío ante su partida.

-¿A dónde se dirigirá Eliezer, si en tierras castellanas sus compañeros de fe parecen ser la presa favorita de las garras del Santo Oficio?- preguntó el joven ciertamente preocupado ante la suerte que podría depararle a quien había sido como un padre para él.

-Aún tengo que ultimar algunos detalles, muchacho. Me adaptaré a las circunstancias tratando de camuflar mis auténticas creencias pues ya llevo así unos cuantos años. Aunque desearía seguir ejerciendo este oficio en otra imprenta y en otro lugar, puesto que tengo estas manos con las que aún puedo trabajar, no me importará en qué las pueda emplear hasta sentirme a salvo. Quizás me dirija más al sur, a las antiguas tierras del reino de Toledo, para más adelante continuar mi marcha hacia los territorios que vieron nacer al héroe Viriato donde todavía los que seguimos la Ley mosaica tenemos ciertas libertades. No obstante, están por resolver algunas cuestiones, aunque al no tener que rendir cuentas a nadie más ni sobrellevar ninguna carga ni responsabilidad como a ti te ocurre, Ismael, podré tener más autonomía de movimientos al respecto- respondió mostrando una seguridad fuera de sí que trataba de ocultar los auténticos temores que las noticias llegadas de su socio Zalmati y del platero cordobés Alfonso Fernández de Córdoba habían puesto de manifiesto.

-No me queda nada más que darle toda mi gratitud en mi nombre, la de mi hijo y la del propio Ismael, pues no sé cómo hubiésemos podido criar a nuestro pequeño sin la ayuda de la señora Mariam -que, aunque en su despedida se mantuvo firme para que nos preocupásemos, sé de buena tinta que ahora estará hecha un mar de lágrimas- y de la vuestra y sus atenciones, señor Eliezer- expresó Cinta con reconocimiento, tratando de contener sus propios sollozos que había retenido sin fortuna en la despedida de la anciana.

-Nada me fue más grato que ayudar a una gran amiga como Mariam y a tres hermosas personas como vosotros, quiénes habéis llenado mi vida de una familia que mi trabajo y mi mala cabeza nunca me permitió poseer. A ti, Cinta, mujer joven que ha sufrido lo suyo para llegar hasta aquí, te deseo todo lo mejor. Ya sé que estás en las mejores manos, pues Ismael ha dado muestras de ello, por su corazón, su entereza y su sacrificio. Y a ambos os deseo que la semilla que habéis plantado con el pequeño tengáis la dicha de disfrutarla hasta llegar a una edad muy longeva. Para ello sólo debéis ser cautos en estos adversos tiempos que corren pues aquí os entrego estos documentos que harán más fácil vuestra situación- expresó con agradecimiento el maduro converso qué es lo que habían representado aquellos cristianos para él.

Fue entonces cuando Alantansí extendió su mano portando unos papeles que fueron recogidos de inmediato por Ismael. El muchacho, tras un breve vistazo, exclamó con sorpresa y júbilo:

-¡Dios santo… y disculpe mi efusividad maese Eliezer! ¿Cómo habéis logrado todo esto? ¡Ni en varias vidas podríamos agradeceros todo lo que habéis hecho por nosotros y menos aún si cabe lo que nos acabáis de entregar!- respondió sorprendido y agradecido el muchacho.

-Nada es poco cuando de unos amigos se trata, querido muchacho- precisó el judío.

La efusividad de Ismael fue aplacada por el abrazo paternal de aquel médico e impresor oriundo de Huesca que, en las tierras de Híjar, había adquirido gran fama. Eliezer ben Abraham Alantansí se llamaba y en muy breves fechas también se vería obligado a abandonar aquellos territorios de Aragón por los que transcurrió su ajetreada vida sin saber si tendría alguna vez la oportunidad de regresar.

Aquel profundo abrazo, al que se sumó la joven madre que portaba en sus brazos al joven retoño, supondría el comienzo de la despedida de las personas que allí concurrieron.

Aunque las lágrimas no se habían contenido en gran medida con la señora Mariam, en aquel momento el disimulo ya dejó de ser necesario y los rostros se poblaron de algunas más.

El que sin duda más mantuvo el tipo no podía ser otro nada más que el maduro impresor en contraposición al desatado llanto de la joven madre. La ternura, sin embargo, se haría dueña de aquella escena.

Tras un breve receso para restablecer los ánimos y la compostura, concluyó aquella despedida y los caminos de los jóvenes cristianos y del médico e impresor judío se separaron al fin, aunque aún no sabrían si sería para siempre o hasta que el destino les volviese a unir.

Caminando en direcciones contrarias se alejaron. Cinta e Ismael, acompañados de su retoño, aún no sabían cuál sería su futuro más cercano. En cuanto al maduro impresor y médico, Eliezer Alantansí, solamente había tratado de disimular ante aquellos jóvenes pues sus circunstancias eran aún peores. La Inquisición ya buscaba cabezas de turco para que todos los líderes de las comunidades judías y conversas sirvieran de escarmiento al resto de sus miembros. Alantansí se había convertido en uno de los más destacados en aquella modesta villa de Híjar, a lo que había que añadir el pasado juvenil que le había llevado hasta allí en el que se había mofado del credo cristiano. De aquello no se habló en aquellos tristes momentos de despedida. Había gestos que mostraban a todas luces los miedos que despertaban aquellos infames religiosos sobre la estirpe judaica y tantos unos como otros eran conocedores de aquello. El futuro que a todos ellos les deparaba aún no estaba escrito, mas los jóvenes debían creer en ellos mismos para sobrevivir y ampararse en aquellos documentos que su amigo les había facilitado.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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8 Comentarios »

  • Charles dice:

    Muy interesante. Bueno, el delito de herejía, de brujería o similares no dejan de ser coartadas para que corra la sangre y llevar la oveja al redil.
    El ‘Santo Oficio’ fue una de las prerrogativas que concedió el Vaticano a los Reyes Católicos (hacer una ‘Inquisición’ ad hoc)……

    • Fray Hernando de Talavera dice:

      Eso es lo que pretendéis con vuestra Ley de Memoria histérica. Coartada para el credo único.

      El Vaticano no existía en esos tiempos como entidad política. Existían los Estados Pontificios y nada tenían que ver con esa prerrogativa que no emanaba de un Estado extranjero sino del Pontífice, líder espiritual de la Cristiandad.

  • Manuel Cabezas Velasco dice:

    Gracias nuevamente Charles por tus comentarios y aportaciones.
    Un saludo

  • caminante dice:

    Efectivamente, sr. Cabezas, es su artículo, Charles su amigo en del Ayuntamiento y, lógicamente puede escribir y replicar con más derecho que nosotros en este espacio, pero Fray Hernando de Talavera que debe ser un converso encubierto (es broma) tiene razón.
    No sé de qué forma está usted sr. Cabezas interesado en el judaísmo, si conoce sus tradiciones, costumbres y prácticas religiosas de manera general, en profundidad, o utiliza la época y los personajes únicamente como telón de fondo para su novela. Puede que sea esto último, un interés literario con trasfondo histórico, pero cada vez que leo comentarios a sus artículos, sean o no críticos, los despacha con mucha altanería, me parece a mí.
    Mire, la semana pasada el presidente de la Federación de Comunidades Judías de España (FCJE), sr. Isaac Benzaquén señaló la importancia de combatir la intolerancia y el antisemitismo en nuestra sociedad, así como difundir el legado de la cultura judeo-sefardí.
    No juzgo su novela, me parece bien cualquier escrito que supone un esfuerzo intelectual, no soy crítico literario, pero también en este mes se ha celebrado Succot, una fiesta judía que alguna vez ha mencionado en su novela, creo recordar, pero sin gran detalle. En realidad usted probablemente no es judío, tiene intereses múltiples, hace lo que le placer y es dueño de ello. Nada que objetar.
    Simplemente le quería comentar que no hace falta guante de hierro para apartar los comentarios que aparecen al pie de sus artículos, quien está detrás del seudónimo de Charles, y que muchos conocemos, cada vez que que ha comentado sobre el tema de fondo de su novela ha errado por desconocimiento, como en otros temas en los que se moja,
    Usted hace bien en separar la crítica a Charles de su artículo, pero a mí me parece bien que se critique a Charles por razones más que obvias para cualquiera. No obstante, me permito recordarle que si no le gustan las opiniones de los demás o, simplemente, no quiere que se produzcan, haga como otro colaborador de miciudadreal, el sr. Antonio Fernandéz Raymonde, quien debe haber pedido a miciudadreal que no autorice comentarios a sus artículos, de forma que éstos aparecen últimamente sin comentarios.
    Es verdad que hay lectores solo de comentarios y no de artículos, pero algunos sí leemos los artículos. El sr. Fernández Raymonde debía saber o suponer que más del 70% iban directamente a los cometarios a polemizar sin leer el artículo y quizás un 20% leían el artículo y polemizaban a la vez, siendo una minoría los que leían el artículo solo por conocer opiniones sobre temas diversos. Como digo el Sr. Fernández Raymonde desoye a ese 70-80% que solo busca polemizar. Usted puede hacer lo mismo. Pero si permite réplicas se puede encontrar con comentarios ásperos como el de Fray Hernando de Talavera u otros más ásperos aún. Ah, y yo también opino que hoy la inquisición la representa la clase política que quiere gobernar en exclusiva con patente de corso y desoyendo e ignorando a los ciudadanos, siendo en la actualidad el más claro ejemplo el partido que defiende el sr. Charles que muchas veces interviene sin atisbo del sentido del ridículo.

    • Charles dice:

      Debería usted, Sr. ‘caminante’, lanzarse a hablar con una voluntad menos agresiva porque si el insultado no se considera agredido, el insultador fracasa.
      Por cierto, no tengo el honor de conocer personalmente al Sr. Cabezas y le aseguro que usted tampoco ha coincidido conmigo en ningún momento. No sea tan avezado….

  • Manuel Cabezas Velasco dice:

    Cada vez estoy más asombrado por los comentarios que suscitan mis publicaciones.
    Cuando escribo artículos se saltan varios siglos para argumentar y ahora que estoy con relatos me salen con política.
    Cada vez entiendo menos a ciertos seguidores.
    Si no fuera por algunos, habría eliminado de mi sección la posibilidad de que fuesen comentados.
    Y lo del ayuntamiento, a cuento de qué ha venido?
    Ustedes sabrán, pero a partir de ahora solo responderé a aquellos comentarios que estén estrictamente relacionados con el contenido de mis publicaciones.
    No habrá más avisos.
    Buenas noches

    • Fray Hernando de Talavera dice:

      Vaya usted con Dios, que es el mismo Dios para judíos, cristianos y musulmanes lo mismo hoy que en los tiempos de Sefarad, e incluso hoy más dada la increencia generalizada o más bien de moda.

      Shalom,
      Salaam,
      Pax et bonum.

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