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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (19)

- 27 enero, 2021 – 19:122 Comentarios

-Recuerda, muchacho, que siempre debéis mantener vuestra auténtica identidad oculta. No confiéis en nadie que os otorgue lisonjas sin haber transcurrido un tiempo adecuado en el que sean dignos de vuestra confianza, sin ningún tipo de fisuras. Nunca pongas en peligro todo lo que habéis conseguido desde que huisteis de la localidad en la que os conocisteis, Ciudad Real.

Marca tipográfica del taller de Pablo Hurus (Fuente: Real Biblioteca. Patrimonio Nacional)

Así pues, no olvides nunca estos consejos, estimado Ismael, pues te los da alguien que hubiese deseado ser tu padre, aunque las circunstancias nos unieron en el proyecto común de una imprenta que, tras ser perseguidos mis compañeros de fe y más aún los conversos, quizá sea puesta en peligro. No sé si Ben David, Zalmati o el mismísimo platero cordobés podrán ponerse a buen recaudo de las garras de la máquina inquisitorial. En mi caso, en cuanto podamos dar cuenta del Pentateuco que empiezas a conocer, me temo que me veré obligado a abandonar esta villa que también me acogió hace unos años, cuando también me vi forzado a huir, aunque por entonces fueron veleidades de juventud las que me llevaron hasta aquí, siguiendo los buenos consejos de mi padre Abraham. –indicó sosegadamente Eliezer a su joven discípulo.

-Jamás podría olvidar todo aquello que ha hecho por mí y por los míos, mi amada Cinta y mi joven retoño, pues usted me ha tratado como un verdadero hijo. ¿Qué más se podría pedir de alguien que, siendo un auténtico desconocido, ejerció el papel de progenitor desde el primer día en que me conoció? Aún recuerdo mi torpe y titubeante entrada por la puerta del taller, buscando a un señor llamado Eliezer Alantansí, a usted mismo, tal y como la señora Mariam me había indicado oportunamente. Y, ¿cómo voy a olvidar todo aquello que hizo por el niño que mi amada Cinta me otorgó para tener la dicha de ser padre? Demasiado sabe usted, con todos mis respetos, pues lo de Eliezer solo no me sale, que le debemos mucha ayuda al respecto, asistencia que nunca podré pagarle, aunque viviera dos vidas más.

-Estimado amigo, si así lo prefieres, poco me tienes que agradecer, pues en muchas ocasiones has demostrado tu lealtad y tu gran corazón. Ya no hablemos de tus grandes esfuerzos para, en poco tiempo, ser capaz de ganarte mi confianza y poder dejarte solo en el taller ayudando principalmente a Ben David con sus correcciones al haber aprendido en tan poco tiempo algunas de las tipografías hebreas que mi condición de judío te obligó a conocer, aunque tú fueras cristiano. Es tiempo que aprovechaba mientras andaba ocupado con algunas de las tareas que la medicina y otras actividades en el círculo del Duque me requerían…

En el transcurso de una nueva huida de los jóvenes alejándose de la villa de Híjar, Ismael recordaba las conversaciones mantenidas con el maestro y médico judío. En las mismas el maduro Eliezer Alantansí le había explicado que el mundo de la imprenta que ellos mismos utilizaban se había extendido por diversas localidades del territorio peninsular, aunque principalmente fuesen cristianas. Por ello, con motivo de la despedida, Eliezer aconsejaría al muchacho que se encaminara hacia la ciudad de Zaragoza, población de cierta relevancia en la que los talleres tipográficos se habían establecido unos años antes que en la villa turolense.

Por algunos contactos, aquel judío había tenido conocimiento y cierta relación con el taller de Pablo Hurus, o quizá fuese su hermano Juan el que se hiciera cargo de este en esos momentos, el cual le recomendaba para intentar conseguir algún tipo de trabajo si lograban asentarse en aquella ciudad.

La fama de los hermanos Hurus en Zaragoza venía de años atrás en los que cuando apenas había aparecido el primer libro impreso en Zaragoza, ya se habían instalado en dicha ciudad.

Pablo, originario de Constanza, fue un impresor que se supo rodear de todos aquellos personajes que se encontraban estrechamente vinculados con el mundo de la imprenta. Su red de contactos se extendía desde Juan de Salzburgo en Barcelona hasta Enrique Botel en la mismísima Zaragoza.

No obstante, en Zaragoza poco antes había nacido el libro de un tal Guido de Monte Rocher conocido como “Manipulus curatorum”, en el año de 1475. Su impresor se llamaba Mateo Flandro, aunque ese no sería el objetivo de la búsqueda de Ismael, sino los talleres de los hermanos Hurus, habiendo sido Pablo el que firmase junto con Enrique Botel un compromiso para imprimir los fueros, los Fori Regni Aragorum, que verían la luz en 1477.

Cuando los jóvenes fugitivos se estaban aproximando a la ciudad de Zaragoza, la calidad de las obras nacidas del taller de los hermanos Hurus gozaba de un gran prestigio por la enorme calidad artística de sus estampaciones, referencias todas ellas que no habían pasado desapercibidas para Eliezer Alantansí, por lo que sería una información valiosa que transmitiría a su pupilo Ismael.

Para tal fin, Hurus también llegaría a gozar más tarde de la colaboración del impresor Juan Planck, viejo conocido del propio Botel, a quien Pablo Hurus -que residiría en Alemania entre 1484 y 1490- le habría otorgado poderes a la espera de que su hermano Juan le sustituyese. Con el nuevo regreso de Pablo años después, Juan retornaría a su tierra de origen. De todas aquellas circunstancias que rodeaban el taller de los Hurus era totalmente desconocedor el joven aprendiz de librero e impresor, por lo que aún quedaría un tiempo para desembarcar en aquel universo tipográfico tan privilegiado que muchos por entonces anhelaban. Su único objetivo por aquel entonces era llegar a Zaragoza, encontrar algún alojamiento para su amada Cinta, su hijo y él, y ya tendría tiempo de ir en busca de la imprenta a la parroquia de San Gil para encontrar trabajo, ya fuese en la misma imprenta o en las botigas tiendas anexas.

Sin embargo, siguiendo las bienintencionadas recomendaciones de su maestro, su delicada situación llevó a Ismael a no darse a conocer en demasía con el fin de que al llegar a la otrora Caesaraugusta pudiesen iniciar una nueva etapa de su existencia.

A esta perspectiva había que añadir que la pareja que aún no había sido bendecida con el matrimonio era responsable de un muchacho del que había que estar más pendiente pues no sólo había aprendido a andar con suma facilidad, sino que era demasiado juguetón y se escabullía a las primeras de cambio, si sus jóvenes padres no estaban pendientes de sus travesuras.

-Ya hemos descansado lo suficiente. –señaló Ismael a su amada, y con un gesto, recogió las escasas pertenencias que poseían para ponerlas de nuevo sobre la acémila. Pero… ¿dónde se había metido el niño?

MANUEL CABEZAS VELASCO

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