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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (20)

- 2 febrero, 2021 – 18:392 Comentarios

La noche de pasión entre los esposos había acabado por dejarlos casi sin resuello. Ambos dormían plácidamente todavía en el preciso momento en que sus pequeñas se acercaron al lecho donde gozaban de un reparador descanso. María fue la primera en reclamar las atenciones de sus progenitores.

“La popular Posada del Potro”, Córdoba, de Francisco Zamorano García (La Vanguardia, Las fotos de los lectores, 26/02/2020)

-¡Papá, papá, despiértate por favor! ¡Tenemos hambre! –reclamó caprichosa aquella niña, que había recibido el mismo nombre que su bisabuela, la afamada “La Cerera”.

Mientras tanto su hermana Leonor, llamada así en honor a su abuela, madre del propio Juan, aun siendo la mayor se mantuvo callada y en segundo plano, presenciando aquella escena en espera de resultados, como si de un duplicado del carácter de la propia abuela se hubiese reproducido en aquella chiquilla.

El bullicio de la muchacha más lanzada despertó a sus padres. Beatriz, la señora de la casa, la madre de aquellas niñas, la amada esposa de aquel varón, fue la primera en darse cuenta de quien tiraba con tanta insistencia de sus sábanas, reclamando su atención. No podía ser otra. Aquella nena tan pizpireta que tantas alegrías había dado desde su nacimiento tenía por nombre el de María González. Su madre entonces respondió:

-¿Qué quieres, hija mía? ¿Acaso no ves que tu padre aún está descansando? Llegó anoche muy tarde y necesita reponer gran parte de sus fuerzas. ¿Qué puedo hacer por ti? –respondió dulcemente con una sonrisa de oreja a oreja.

-Mamá, pero si tú ya te has despertado ¿cuándo podremos ir a desayunar? –continuó de forma fastidiosa.

-¡Enseguida vamos, María! En cuanto nos adecentemos un poco bajaremos a tomar algo. Pero, primero os tenéis que comportar bien y dejar que a tu padre le dé tiempo a vestirse por lo menos para salir compuesto y no con los calzones bajados fuera de esta estancia, pequeña –respondió Juan desperezándose y dirigiéndole un guiño ante el alboroto que su revoltosa chiquilla había provocado.

Las niñas, con una sonrisa de reafirmación por el objetivo logrado, principalmente por la insistente María, regresaron a su cuarto mientras los adultos se arreglaban de tan agitada noche. La mirada de ambos delataba la complicidad que existía y el goce que habían supuesto las horas previas para aquella pareja inseparable, ocultando con ello y mediante una mentirijilla sus maltrechos cuerpos ante la inocencia de su prole. Tras hacer uso del agua vertida en la jofaina que allí tenían dispuesta pudieron componer su figura y vestirse lo más rápido posible. Un nuevo beso les sirvió como saludo cómplice de “Buenos días”, pues la presencia de sus dos retoños así lo había impedido. Arreglados lo mejor posible, avisaron a las niñas para encaminarse a dar cuenta de algún alimento que les diese fuerzas para comenzar el día.

-¡Niiiñas…, nos vamos ya! –indicó firmemente su madre.

-¡Siiii, mamá! –la respuesta de ambas al unísono no se hizo esperar.

Bajaron los cuatro miembros de aquella familia, los De la Sierra, con el fin de adquirir algunos nutrientes para aquel día que, en el caso del páter familias, se suponía que sería muy largo y con muchos quebraderos de cabeza.

A los pies de aquella escalera se toparon con el mesonero.

-Don Juan, señora, niñas. Buenos días tengan todos. –saludó amablemente a sus huéspedes más afamados.

-¡Buenos y esperanzadores días, posadero! ¿Qué fue del encarguillo que realicé a su hijo? ¿Hubo algún problema con ello? –respondió lleno de positividad el mercader yendo directamente al tema en cuestión que más le preocupaba.

-Nada en absoluto, pues todo fue bien y siguiendo sus instrucciones al pie de la letra, y de hecho mi muchacho le está esperando. Sin embargo, ayer hubo mucho jolgorio hasta altas horas por algunos clientes que no querían marcharse y, al echársele el tiempo encima y tras llegar de su compromiso, a mi hijo se le hizo muy tarde y le aconsejé que no les molestasen si no era necesario o urgente.

-Algo nos pareció oír, aunque apenas nos dimos cuenta. –pensaban mientras tanto los esposos pues demasiado ocupados se encontraban– Por lo demás, está bien así. Dígale entonces al mozo que nos sirva en la mesa del fondo él mismo y allí mismo le preguntaré.

-Como desee, señor De la Sierra. Acompáñenme por favor.

Cruzaron aquella sala que tenía varias mesas repartidas, algunas con reservados, aunque todas orientadas frente al mostrador principal donde el mesonero y su hijo divisaban a todos sus clientes. Aquella disposición había sido ingeniada por el propio dueño, pues tras haber abandonado el mundo de las armas como consecuencia de una herida de guerra que le provocó una cojera, con aquellos maravedís que logró ahorrar se decidió a montar aquel negocio que ahora se había convertido en su medio de vida. Siempre había sido un hombre cauteloso e incluso algo desconfiado, además de tener que ser responsable de un niño con escasos años de vida desde que falleciera su esposa. Comportamiento muy diferente al de otros soldados bravucones que dilapidaban la soldada en juegos de cartas y vino. De ahí que toda aquella estructura de la cantina delatara el propio carácter de quien lo regentaba.

Alcanzaron entonces la mesa más resguardada, la que permanecía oculta tras un cortinaje. Allí deseaba Juan de la Sierra estar tranquilo, disfrutando de la ingesta en compañía de su familia y alejados de aquellas miradas inquisitivas que pudieran alertar de su presencia.

Minutos después se presentó Tirso, jovial como siempre, aunque con rostro serio se dirigió respetuosamente a los comensales:

-Buenos días tengan ustedes. Señora, señoritas, don Juan. Ya me avisó mi padre de su llegada y, en cuanto al mandado que ayer me solicitó, aquí tiene su respuesta, pues no me dijeron que fuera urgente la entrega de ahí que no le despertase cuando llegué ni pude quedar libre para hablarle de ello. –explicó el muchacho, haciéndole entrega de la misiva de doña Leonor a su hijo.

-Gracias, Tirso. Por cierto, ¿te dijo algo más la señora que deba saber? –inquirió el mercader.

-Aunque pareció tener el rostro serio cuando me recibió, la señora Leonor no me dijo nada de especial interés, don Juan, pues apenas la recogió, me hizo esperar un rato para escribir su respuesta. Cualquier detalle sobre el particular deberá estar en ese pliego que le acabo de entregar. –contestó el joven.

-Perfecto, muchacho, ahora la leeré, pero antes me ha dicho tu padre que vas a ser quien nos sirva las delicias que vamos a degustar. ¿Qué nos puedes ofrecer para restablecer nuestras energías y que tengamos alimento suficiente para unas horas? –agradeció el fiel cumplimiento del compromiso.

-No se preocupe, pues seguro que no les defraudará. Enseguida vuelvo, don Juan y me hago cargo de ustedes. –el joven se despidió agradeciendo los elogios por el fiel desempeño de lo encargado, al mismo tiempo que observó a las hijas del mercader sonriendo, aunque él no se había percatado del por qué.

Las niñas entonces quedaron encantadas ante el desparpajo de aquel muchacho que tenía una faz que les causaba risa. No era por nada particular, pues su rostro era bello; sin embargo, bizqueaba de un ojo, el izquierdo, y de ahí las sonrisas burlonas de aquellas pequeñas.

El muchacho se fue contento por los elogios recibidos por el trapero, yendo en busca de su padre para que le indicase de qué deleites culinarios podría surtir a aquellos huéspedes.

Tras casi dos horas entre risas y golosinas, las niñas se dieron por satisfechas con el desayuno del que dieron cuenta. Al mismo tiempo, sus padres estaban complacidos por la atención recibida por el posadero y su hijo y eso el mercader lo tuvo muy en cuenta.

-¡Padre, padre! ¿Cuánto debía cobrar por los alimentos que se tomaron don Juan, su señora y las señoritas?

-¿Por qué lo dices, muchacho?

-Pues o la comida estaba a precio de oro o a don Juan se le olvidó la bolsa.

-¡Ve, pronto, y alcánzalo, pues no quisiera perder a un cliente de tanta prestancia!

El muchacho en pocas, pero ágiles, zancadas recorrió la distancia que le separaba de la familia que acababa de dar cuenta del sabroso desayuno y, llegando al pie de la escalera los vislumbró, dirigiéndose entonces y con voz suficiente al páter familias:

-¡Don Juan, don Juan! ¡Se ha olvidado de su bolsa!

-No, muchacho –puntualizó–, pues siempre pago mis deudas y tu encargo y tu discreción bien merecían su recompensa. Díselo a tu padre pues nada me debéis y lo sobrante te corresponde por tus servicios. – se reafirmó aquel padre de familia dichoso por las horas disfrutadas.

-Señor, muchas gracias. Cuente conmigo para lo que necesiten. ¡Dios se lo pague!

Con un leve gesto el mercader inclinó su cabeza y siguió por el pasillo en dirección a la estancia que las damas ya habían alcanzado.

La sonrisa del jovenzuelo se manifestaba de tal manera que en ese momento había dejado de bizquear, aunque aquel gesto ya no estuviera en el ángulo de visión de las risueñas chiquillas.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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