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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (23)

- 24 febrero, 2021 – 11:382 Comentarios

“Querido hijo:

Llena de congoja me hallo ante las palabras tan gruesas que nos dirigimos días atrás cuando regresaste en mi búsqueda a Fregenal, aquella población donde se hallan parte de tus orígenes y de los de tu propio padre.

Mesa del Shabat" (GLEASON, Aranza “¿Cómo es una cena de Shabat? 5 consejos prácticos”, 22/06/2017, en www.enlacejudío.com)

Sin embargo, y ahora que tienes la dicha de tener esa misma responsabilidad y de conocerla de primera mano, muy a mi pesar no puedo negarte aquel sacrificio que me solicitas por mucho dolor que me provoque, pues eres sangre de mi sangre y, para nosotros, siendo de estirpe judía aún más, ese sentimiento se lleva muy adentro, está muy arraigado, y nada has de temer de una posible negativa por mi parte.

Todo lo contrario, debes pensar, pues ya he comprobado con mis propios ojos que aquel bebé que se hizo niño y más tarde mozo, aunque más de un susto me dieras por entonces, hoy en día es un hombre hecho y derecho que se enfrenta a una difícil situación en la que la familia no debe ni puede abandonarlo.

Hijo mío, y te lo ruego encarecidamente, sólo me quedaría una condición que añadir para que las decisiones que tomemos las hagamos bien de una vez por todas: te pediría a ti y a tus tres damas que en el próximo Shabat seáis parte de las celebraciones de la familia y participéis en ellas como es debido. No importa quien se halle en aquella mesa, aunque ya sabes que a buen seguro la presidirá tu tía María. Pero nada has de temer, pues también es de los tuyos y ha sufrido bastante en su vida por pelear por aquellos que engendró o a quienes les otorgó su corazón. Del resto nadie habrá de molestarte y las puertas de nuestra casa siempre quedarán abiertas para ti y quiénes te acompañen.

Me despido esperando con emoción tu llegada, pues sé que tomarás la decisión más sabia para toda la familia.

Un fuerte abrazo de tu madre que soy y te quiere,

Leonor González.”

Tras leer aquellas líneas, Juan recordaría sus numerosas veleidades de juventud, aquellas que le alejaban de los preceptos que le habían inculcado sus padres. La ley mosaica en cuantiosas ocasiones no parecía ser santo de su devoción pues el joven había sido muy dado a incumplir todo lo que había regido los destinos de varias generaciones de sus antepasados. Sin embargo, había encontrado ayuda y buen consejo de la mano de un amigo de su padre, convirtiéndose aquél en el instructor que le guiase por la senda correcta.

Todo aquello regresaría nuevamente a la memoria del mercader en los tiempos en que Juan de la Sierra, convertido al cristianismo desde la llegada de la Inquisición a Ciudad Real, se vio obligado a reclamar a su propia madre, Leonor González, que regresara con él a aquella ciudad para dar testimonio de que no seguía los preceptos del judaísmo por los que había sido acusada. En aquel lapso de ensoñación se encontraba Juan cuando alguien muy cercano interrumpió momentos tan evocadores:

-¿Dónde estás, amado mío? –inquirió su querida Beatriz.

-…Muy lejos, querida esposa. Tras leer esta carta me vinieron recuerdos de una época de inocencia y travesuras en la que apenas había superado el bar mitzvah, aconteciendo en cierta ocasión que, tras realizar cierto esfuerzo en un día de Shabat, quise reponer mis fuerzas comiendo todo aquello que mi cuerpo necesitaba sin haber caído en la cuenta de la festividad que se celebraba dicho día. En aquella oportunidad, nos honró con su visita un amigo de mis padres, Álvar López del Arroyo, que estaba avecindado en la cercana Almagro, y al ver mis ansias por saciar mi hambre y mi sed la reprimenda no se hizo esperar, pues me recriminó el pecado tan grave que estaba cometiendo: <¿Cómo se te ocurre vulnerar algo tan sagrado como el Shabat, muchacho?>

>Sin embargo, al ver mi cara de sorpresa y confusión, también me trató como si un padre fuese, entregándome un libro con el que aprender los preceptos básicos de nuestra fe, manteniendo así una mejor observancia de las miswot. Desde aquel preciso momento él mismo se convirtió en mi preceptor y me puso al corriente de las enseñanzas que se vertían en las Escrituras, me mostró todo lo que se debería observar en las diversas festividades judías e incluso me instruyó en la ley judía.

>Todo aquello hoy en día me parece tan lejano a la par que tan próximo cuando he visto a mi madre sufrir por defender su fe y por ver cómo he renegado de ella. A eso me tengo que enfrentar ahora cuando me vea obligado a convencerla para que nos acompañe en el regreso a nuestra morada. Aunque ella me pide que, a modo de despedida, asistamos al próximo Shabat, todos en familia. Allí estará ella con los brazos abiertos, aunque también me encontraré a mis tías María, que no sé cómo reaccionará, y Elvira. Supongo, sin embargo, que mi propia madre ya habrá allanado el terreno con su ella, pues no me lo pediría si no hubiese sido así. Pero sigo teniendo mis propias dudas.

-Entiendo tu preocupación, esposo mío, pues como madre que soy, no soy ajena a los desvelos que doña Leonor estará soportando al igual que a mí me ocurriría si nuestras hijas nos pusieran en esa misma tesitura. Además, tu madre no es tan tozuda como tu tía María y no pondrá reparos para acompañarnos en el regreso. Ella ha sufrido bastante con las persecuciones a las que la familia se ha visto sometida y, sobre todo, por la pérdida de tu padre, su esposo. Es mayor el desconsuelo que la aqueja lo que la pondrá más triste y nada te reprochará a pesar de que nos convirtiéramos, renunciando a seguir con las normas que ella misma te trató de inculcar desde muy pequeño. Y en cuanto a la petición que nos hace, no veo que sea más difícil la situación que la propia despedida de tu madre de esta tierra y de los que aquí se queden, incluidas sus propias hermanas María y Elvira. No lo olvides, aunque vosotros los hombres sois fuertes para llevar el timón de la familia, quiénes tenemos el ancla somos nosotras, aquellas que mantenemos en casa las tradiciones, quiénes hacemos que pervivan, aquellas que educamos a las próximas generaciones. Y eso nos da una fuerza que las tres mujeres que llevan tu sangre han demostrado día tras día desde que tuvieron conciencia de su feminidad.

-En eso no tengo objeción alguna, y toda la razón te doy pues lo viví en carne propia, aunque los caracteres encontrados de mi tía y yo espero que no se pongan a prueba más de lo debido.

-No tengas ninguna duda y da por hecho que las niñas y yo misma ayudaremos a preparar y participaremos en el Shabat con ellas. Sólo debes avisar al muchacho del posadero, Tirso, para que les haga llevar una nota con tu respuesta.

-Así será, mi amada Beatriz.

Tras una nueva noche de pensamientos, ensoñaciones, sexo y desvelos, Juan no paraba de recordar cómo se hallaría en esos momentos su madre. Sabía que el desconsuelo que la podría aquejar tenía una causa: era él mismo, y todo ello no hacía más que provocar en el mercader una desazón que le conducía a estar en un estado de aturdimiento que le alejaba de quienes se encontraba en ese momento más cercanos a él: su esposa Beatriz y sus dos amadas hijas.

Su mujer conocía perfectamente las tribulaciones de su marido, no sólo porque habían estado intercambiando pareceres y otras cuestiones durante varias horas de aquella noche, pero las que más expectantes se hallaban y que mostraban una mirada inquisitiva teñida de curiosidad, eran sus dos pequeñas. La más despierta, sin lugar a duda, no ocultaba para nada su fisgoneo, y, no reprimiéndose, se dirigió a su padre:

-Papá, papá, ¿has descansado bien? ¿hoy es uno de esos días donde no podemos preguntar qué te ocurre? Por favor, ¿me lo puedes decir?

-…No te preocupes, hija. Cuando seas mayor y tengas tus propias responsabilidades entenderás que la vida no siempre está llena de juegos y conversaciones amistosas. Muy al contrario, también debe haber momentos de silencio que te sirvan para reflexionar o sencillamente para descansar. Por lo demás, no ocurre nada de particular. Enseguida te ayudo con lo que desees, hija mía.

-Gracias papá –la respuesta del mercader hizo recobrar la tranquilidad a su hija y satisfizo su curiosidad. Su padre recibiría de la pequeña un tímido ósculo en su mejilla como recompensa.

-Lo que necesites, mi niña.

A pocos metros de distancia contemplaba, esbozando una sonrisa, aquella tierna escena la que servía de cordón umbilical a ambos, padre e hija. Era la señora de la casa, doña Beatriz, quien, al igual que le había ocurrido a su marido, se vio obligada a renunciar a su fe judaica para huir de las garras de la Inquisición. Bien conocía de su marido las adversidades que hubo de afrontar por no caer en manos de la justicia civil ni llegar al extremo de dar con sus huesos en una pira. La Inquisición se había instaurado en Ciudad Real para dar un gran escarmiento a aquella comunidad de conversos que, lejos de las miradas inquisitivas, continuaban profesando la fe de sus antepasados.

Beatriz y Juan habían sido víctimas de una infame represión llegando a renunciar a su fe durante el período de gracia. Sin embargo, la labor de presión inquisitorial sobre la comunidad conversa venía de unos años atrás, viéndose obligados a abandonar Ciudad Real para huir de las pesquisas que un delegado del arzobispo Carrillo había iniciado. Aquel hombre religioso era conocido como don Tomás de Cuenca y en la tarea que se le encomendó trató de desenmascarar los ocultamientos de que hacían gala los conversos ciudadrealeños, poniendo especial énfasis en las cabezas visibles de aquella comunidad, dentro de las cuales sin ninguna duda se hallaba uno de los pilares fundamentales de la familia de Juan y Beatriz, su tía, María Díaz “La Cerera”, aunque también sus padres habían corrido serio peligro al haber mostrado cómo continuaban profesando los preceptos judaicos.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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