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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (29)

- 12 abril, 2021 – 12:342 Comentarios

El encuentro esperado había llegado. El día especial de los judíos había logrado reunir a una familia fragmentada, donde algunos de sus diferentes miembros se hallaban separados en lo físico y en lo espiritual. Sin embargo, todos tenían en mente el comportamiento de dos personas muy en particular.

Por un lado, pusieron su mirada sobre una de las anfitrionas de aquella noche en su morada, doña María Díaz, González de soltera, “La Cerera” como era conocida por todos. Por otro, prestaron atención al comportamiento de su sobrino, hijo de su amada Leonor y de su respetado y fallecido Alfonso González, el activo mercader de paños don Juan de la Sierra, casado con Beatriz González y padre de dos niñas.

"Mesa del Shabat" (Rachel Claire)

Todo el mundo parecía estar preparado para tener que verse obligado a tomar partido por uno de ellos en aquel Shabat. Todos esperaban el encuentro, o más bien desencuentro, entre ambos.

De pronto, la aldaba de la puerta sonó varias veces. En el exterior se hallaban Juan y su propia familia, las tres damas que horas antes habían estado allí ayudando en los preparativos de aquel celebrado día, y que se habían ido a prepararse con el fin de purificarse ante tal festividad. La petición de la señora de la casa, doña Leonor González, a su propio hijo Juan, había sido satisfecha, y más aún cuando su nuera y sus nietas habían participado en la limpieza de la casa y en la preparación de la comida para aquel Shabat. La dama no cabía en sí de gozo, aunque aún tenía cierto recelo de lo que ocurriría ante aquel choque de caracteres entre su hermana y su hijo. Había llegado el momento de averiguarlo.

Llegó entonces el instante en el que frente a frente se encontrarían María Díaz “La Cerera” y Juan de la Sierra. La respuesta de ambos no se hizo esperar, cristalizándose en un más que correcto abrazo entre los dos familiares, a lo que entre susurros añadiría la dama:

-Recuerda la promesa que has de cumplir cuando culmine tu regreso a Ciudad Real, sobrino. ¡Recuérdala bien!

Con un disimulado gesto de afirmación y esbozando una leve y casi forzada sonrisa ante el comprometido comentario de su tía, Juan expresó su respuesta.

Aunque en el protocolo de muchas celebraciones siempre se había establecido que el señor de la casa, su pater familias, era quien debía presidir las mismas y en el día en cuestión podría no ser una excepción, eso mismo parecían estar pensando todos. Sin embargo, las sorpresas se sucedieron ante los asistentes a aquel Shabat tan peculiar, puesto que sería el propio mercader el que, adelantándose a cualquier tipo de reacción, se dirigiese a todos los presentes señalando:

-Todos estáis aquí expectantes, observando mi comportamiento y a la espera que os dirija unas palabras con las que comenzar este nuevo y dichoso día, pero no será a mí a quien corresponderá tal honor y os preguntaréis el por qué. Es bien sencilla la respuesta, puesto que, dada mi situación actual ni pienso ni siento que sea merecedor de ello y puesto que, más habituada a estas cuestiones e incluso cuando mi padre aún vivía él mismo había cedido dicha posición en repetidas ocasiones a una persona que hoy está entre nosotros y que todos bien conocéis, no seré yo quien impida que se continúe con dicha tradición. Es, por ello, que emplazo a mi tía María a que ocupe el lugar que su preeminencia y relevancia le han hecho merecedora. Así pues, por favor, tía, a vos os corresponde continuar con la celebración que tan sagrada es para nuestra estirpe judaica.

-Gracias sobrino, queridísimo Juan. Como todos los presentes ya me conocéis, en este Shabat tan especial no me andaré con ningún tipo de rodeos a la hora de expresar lo que representa para nuestra familia y ya de esta cuestión no voy a mencionar palabra alguna al respecto para no enturbiar ni manchar lo que aquí celebramos. Comencemos pues…

El diálogo entre tía y sobrino que había precedido a la festividad de aquel día dejó perplejos a todos los asistentes, aunque como no había tiempo que perder tal y como había señalado la anfitriona, decidieron casi telepáticamente no cuestionar tales comportamientos y continuaron con la fiesta que correspondía celebrar.

La mirada de Leonor, en ese preciso instante, se tiñó del atisbo de alguna que otra lágrima, aunque como mujer que ya había transitado por caminos más complicados, mantuvo la compostura y disimuló cualquier reacción posible ante aquellos dos miembros de su familia que tanto quería.

Apenas habían transcurrido unos minutos desde que se iniciase aquella conmemoración con el encendido de las velas poco antes de que el sol se pusiera. Aquella mujer a la que muchos respetaban y otros odiaban por idéntico motivo, por ser ella misma, por representar la esencia de su estirpe, había procedido a encender las dos velas que representaban “guardar el Shabat y recordar a Dios”, hecho que ya había transmitido a sus propias hijas para que continuasen la ceremonia cuando les correspondiese. Además, como era costumbre, añadió algunas velas más correspondientes al número de los vástagos que había engendrado. Hecho esto recitó la berajá, habiéndose cubierto los ojos, y todos la escucharon:

“Baruj Atá Ado-nai Elo-henu melej haolam asher kideshanu bemitzvotav vetzivanu lehadlik ner shel Shabat” (“Bendito eres Tú, Señor Dios nuestro, Rey del Universo, Quien nos santificó con sus preceptos y nos ordenó encender las velas del sagrado Shabat”).

Tras la berajá, se oyeron diversas salutaciones de las personas que allí habían asistido. La fórmula habitual utilizada por todos y que era repetida casi solapándose era el “Shabat Shalom”. Así ya estaban todos dispuestos a encaminarse al lugar donde oficiarían un servicio que tiempo atrás se hubiese realizado en una sinagoga, aunque ya por entonces, en aquella época y en aquella villa de Fregenal de la Sierra, había sido sustituida por la iglesia de Santa Catalina. Así que ya estaba todo dispuesto para que, en una dependencia contigua, lejos de miradas inquisitivas que no toleraban el ejercicio de las creencias judaicas, se llevase a cabo el ceremonial en aquel circunstancial lugar de reunión.

Allí estuvieron mientras duraron los cantos y santificaron aquel día, al igual que se habían mostrado vestidos con las mejores galas para tan relevante ocasión. Cuando finalizaron todos pensaban en lo que la Guemará decía para aquel preciso momento: el hecho de que cada persona gozase de la compañía de dos ángeles, uno bueno y uno malo. Si al llegar al lugar donde se hallasen las velas, éstas aún estuvieran encendidas y todo estuviera en su lugar, tal y como se había preparado con anterioridad, el ángel bueno debería exclamar “que el próximo Shabat sea igual” –aunque todos sabían que no sería así–, respondiendo entonces el ángel malo “Amén”. Lo contrario, aunque algunos lo podrían llegar a pensar, no llegaría a suceder, pues al llegar los asistentes al lugar de la cena todo estaba pulcramente dispuesto, las velas aún se mantenían con su vivo llamear, y entonces cualquier mal pensamiento se borró de las mentes de los que allí se encontraron presentes.

Una vez que todos se hallaron reunidos en aquella mesa, con sus propios cubiertos, se inició el canto del “Shalom Aleijem”, más adelante doña María al presidir aquella festividad vertería el vino kosher tras haber recitado el kidush con el que proclamaba la santidad de aquel día. Tras lavarse las manos, procedieron a comer el pan trenzado conocido como jalá, que había sido bendecido previamente con el hamosí. Se sucedieron los diversos pasos precedentes antes de servirse la comida de Shabat, aquella que anticipadamente había sido preparada y que hizo las delicias de los asistentes. A pesar de no ser la única comida, la adafina, como era habitual, destacaría por encima de las demás, ¡qué duda cabe! Entonces las canciones animarían el intervalo entre plato y plato y tras la finalización de aquella pitanza darían las gracias.

Puesto que muchos vieron que aún no era demasiado tarde, el disfrute de familiares y amigos, la lectura de la Torá y de algún que otro libro judío fue posible a aquellas altas horas. Sin embargo, los cuerpos poco a poco fueron necesitando de algún descanso y gradualmente todos los allí presentes buscaron un lugar donde dormir.

Llegó el nuevo día y se iniciaron los servicios de la mañana y la lectura de la Torá. Después continuarían con la comida del Shabat al igual que habían llevado a cabo la noche anterior. Los cantos se sucedían tanto para animar a la charla de la Torá como para dar las gracias después de aquellas comidas.

Continuaron con algo de reposo, dedicado al descanso y para que los más jóvenes y los que no también, aprendiesen y leyesen, asistiendo incluso a una clase de Torá. Las plegarias de minjá, en la tarde, fueron recitadas, y a modo de refrigerio llegó la tercera comida entre minjá y maariv.

El Shabat estaba a punto de culminar, la total claridad del día daría paso al anochecer y más adelante a la penumbra de la noche. Cuando había transcurrido algo más de una hora desde la puesta de sol aquel día santo de descanso había concluido. Entonces llegó el momento de las plegarias en noche cerrada. Se había alcanzado el instante para Havdalá, donde doña María procedió al encendido de aquella vela especial trenzada, bendiciendo una rebosante copa de vino y oliendo el besamim que había ido pasando de mano en mano. Todos estaban a la espera de la aparición de tres estrellas en el cielo aquella noche del sábado para dar por concluido el Shabat. Aunque aquella despedida parecía que no tendría fin, disfrutaron de una nueva comida que se vio acompañada de canciones sobre el profeta Elías y algunas historias sobre Tzadikim.

Todo ello tenía como finalidad el deseo del comienzo de una nueva semana con un espíritu y fuerzas renovadas adquiridas en aquel festejado día, aunque a pesar de expresar sus mejores aspiraciones todos los asistentes sabían que no sería como realmente anhelaban.

Tras finalizar aquel Shabat se iniciaría una nueva semana. Difíciles fueron aquellos siete días pues muchos de los familiares allí presentes se volvían a alejar. En este caso Leonor retornaba con el vástago que siempre había sido su ojito derecho y al mismo tiempo un auténtico quebradero de cabeza. Ambos sentimientos tan contradictorios hacían aún más especial la relación entre madre e hijo, lo que incluso llegaría a despertar ciertos recelos entre sus hermanos. Fue entonces cuando comenzaron a prepararse para iniciar el regreso. María no podía soportar volver a separarse de su hermana, aquella que más quería, pues siempre había sabido llevar ese papel secundario que ejercía en la sombra ante la preeminencia que ella tenía en el conjunto de su comunidad. Por eso, aún más la quería, y además se la arrebataba aquel hijo que se plegó a las condiciones que la Suprema le impuso, renunciando a su propia judeidad para que ello fuera posible y sabiendo a ciencia cierta que iba a depositar en las garras de aquellos malnacidos inquisidores el corazón de su propia madre. Pero nada más se podía hacer. Era aquél un destino que su estirpe se había visto forzada a sobrellevar. Llevaban décadas de acoso y derribo en las que, tras la desaparición de muchas juderías y la forzosa conversión de muchos de sus correligionarios, se habían visto obligados a soportar lo más indecible, siendo el instrumento de los más poderosos hasta que había dejado de serles útiles, y aún no sabían cuál sería la certeza de su propio futuro. Además, ella tenía en su mente que aquella despedida podría haber sido la última y para aquello nunca había estado preparada.

-María, por favor, necesito tu ayuda para recoger mis pertenencias, pues con la cabeza que tengo, hay algunas que no sé siquiera donde pueden estar. ¿Me acompañas? –interrumpió Leonor el ensimismamiento en el que los pensamientos de su hermana la habían envuelto, a sabiendas de que ella misma no podría acompañarla por haber sido quemada en efigie en la hoguera en la tierra a la que ambas pertenecían. A pesar de los rigores de finales del mes de febrero en que aquello sucedió, allí había perecido entre las brasas la figura que la representaba, después de haberse iniciado el proceso a mediados de noviembre del año anterior. Tal y como le había contado su propio sobrino el día de antes a los preparativos de aquel Shabat, en ese momento la citación pública se había proclamado en la mismísima Plaza Mayor, además de hallarse en la puerta de su casa de Monteagudo el Viejo y de la iglesia parroquial del barrio de San Pedro. ¡Él mismo había sido testigo de cómo ponían aquella hoja de papel en la puerta de la casa de su tía! Pero todo el mundo sabía que “La Cerera” ya no se encontraba allí, pues quería seguir siendo judía y ningún fraile la pondría una mano encima para impedírselo, y algunos incluso se habían percatado de la presencia de su sobrino en ese instante, sin embargo, el miedo que les atenazaba les impidió articular palabra hacia él.

-¡Cómo no, hermana mía! ¿Por dónde quieres que empecemos? Perdona que no haya estado muy pendiente para echarte una mano con tus vestimentas y tus enseres. Ahora mismo te ayudo en lo que necesites. –trató de disimular María su congoja, a lo que con una sola mirada Leonor le mostró que siempre le estaría agradecida. Sobraron más palabras entre ellas.

Fueron haciendo acopio, con gran pesar, de aquellas pertenencias que despertaban tantos recuerdos para ambas. No parecía que el tiempo avanzase en aquellas cuitas y que pudiesen terminar con la recogida de objetos tan entrañables. Las telas que su propio esposo le había regalado, las que ambas se habían otorgado, algunos de los enseres propios de los ritos que en ciertas festividades usaban, incluso algún que otro libro que María siempre había tratado de leer y dominar para así estar a la altura de muchos de sus compañeros de fe. A pesar de que más de una lágrima tuvieron que enjugar en aquellas circunstancias, fueron capaces de finalizar la tarea y guardar todo aquello que consideraban necesario para el regreso de Leonor. Tras aquellos pasos fueron dejando atrás algunos de los recuerdos que tanto las habían unido. Poco a poco la algarabía que en cualquier Shabat era una característica esencial fue desapareciendo y convirtiéndose en un triste recuerdo. Aquellas dos mujeres que se habían convertido en las transmisoras de la esencia de su fe al haber sido bendecidas con la maternidad sabían que estaban llegando al final de una etapa en la que su prole no gozaría de un futuro tan halagüeño pues las reservas y las envidas que su doble vida había despertado supondrían un estigma para las generaciones venideras. El afán con el que se pusieron a aquella tarea para que Leonor no olvidase nada de lo imprescindible logró que dicho cometido estuviese a punto de llegar a su fin. Ya poco quedaba por decir y poco quedaba por hablar. Entonces el silencio se adueñó de las estancias de aquella casa. Era, sin duda, un día triste, aunque se estaba iniciando una semana nueva, pero la consternación se había adueñado de los ánimos de aquellas dos hermanas.

Aunque habían evitado las miradas inquisitivas que en las celebraciones cristianas despertaban su comportamiento ambiguo, el comienzo del regreso se hacía ya irremediablemente necesario y no podía retrasarse más con el fin de que, aprovechando el benigno tiempo de la estación primaveral, llegasen a tierras de Ciudad Real cuando aún no se hubiesen iniciado los rigores del estío. Toda aquella planificación, llevada a cabo por Juan, se hacía totalmente necesaria, pues su madre, doña Leonor González, viuda de Alonso González del Frexinal, ya había cumplido más de sesenta años y aquel viaje pondría a prueba no sólo su salud emocional sino también física.

Los corazones de aquella gran familia se llenaron de pesar aquel día en el que volvían a separarse. Las miradas mostraban algunos de los sentimientos desde tanto tiempo escondidos y otros que eran puestos de manifiesto al despertarse unas emociones difíciles de contener.

Leonor miraba a todos aquellos que allí dejaba mientras los iba abrazando en su despedida. No necesitaba demasiadas palabras al respecto, aunque alguna que otra fue expresada.

El respeto de Juan ante aquella difícil situación en la que su madre se hallaba se manifestó en el más profundo de los silencios, aunque sus tías María y Elvira se acercaron a él, estrechándole entre sus brazos y consolándole pues sabían lo que por dentro le corroería en aquel eterno instante.

Sin embargo, no estaban solos ni los que se quedaban ni los que partían a aquellas tempranas horas cuando el alba no había hecho nada más que mostrar su cara, pues a los lejos, disimulado en una esquina, como si de una sombra se tratase, contemplaba aquella escena con cierta envidia una figura que portaba por vestimenta una sotana, aunque bien sabía lo que aquellos conversos estaban a punto de sacrificar por lo que también asistía en ese instante a su despedida, y asomado a un ventanuco de una posada estaba atento a lo que allí acontecía un muchacho que había formado parte de las vidas de todos aquellos conversos durante las últimas semanas, el joven Tirso.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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