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Exceso de sal

- 21 abril, 2021 – 13:473 Comentarios

Manuel Valero.- Puede que sea una consecuencia más de la Gran Aldea Digital pero no es fácil sustraerse a la sensación de que hemos llegado a un punto donde la democracia más que un modelo político en que varias opciones ofrecen a la ciudadanía su modelo de gestión y administración de la cosa pública parece una guerra civil sin armas.

Ya no se trata de ganar la plaza de la oposición electoral para gobernar sino de paso, si se gana, dejar al enemigo reducido a cenizas. La eliminación civil del enemigo es el objetivo más apetecido, más, incluso, que la propia victoria. Ese paralelismo es mucho más detectable en España que en cualquier otro país al que se nos pueda homologar. Todos los países, Europa, el mundo están cambiando en progresión geométrica y la pandemia que lo ha trastocado todo no ha hecho más que acelerar el paso hacia algo que de momento no vemos can claridad. Más allá de la consecución de una nueva hegemonía mundial, lo cual es más prosaico de lo que parece pues de algún modo la Historia es el listado de las Potencias hegemónicas que en la Historia han sido, me refiero al tipo de sociedad que se pretende o pretendemos, y en ese contexto, el valor exacto de las democracias domésticas. Muchos partidos tradicionales han cambiado o han desaparecido y los líderes se han ido devaluando en cuanto a peso político y personalidad en este pandemónium plagado de pantallas grandes, diminutas, de bolsillo, que nos facilitan una conexión inmediata y nos sume en un estado de confusión permanente ante tanta información. Y ya se sabe que la inflación informativa es lo más parecido  al ocultamiento de la verdad. ¿Alguien sabe cómo camina el bicho pandémico por el Mundo pobre? ¿Si han llegado hasta los negritos las vacunas salvadoras? En el fondo no ha cambiado nada aunque cada día parezca un vértigo nuevo.      

Las elecciones autonómicas de Madrid se han convertido en el campo de batalla experimental para las próximas generales cuando toquen o se convoquen. Antes fueron las gallegas y las catalanas. En plena pandemia. Tan grande es la democracia que no la detiene nada, ni nadie. Bueno, sí la democracia es detenible, suspendible y zanjable de un tajo. Basta para ello un espadón con bota militar, si bien es un alivio que este prototipo de dictador ha pasado a mejor vida, al menos en nuestro entorno. Hay otros modelos más sibilinos de control, de orientación, de persuasión, de entretenimiento burdo y una oferta preñada hasta la deflagración en las redes sociales.

Las campañas sociales se han convertido en una carrera mediática de competidores de márqueting que saben jugar como cracks futboleros a alterar los estados emocionales del electorado. En España es tarea fácil dado que buena parte del voto es más emocional que racional. Sobre el tablero de este enredado Juego de las Vanidades la cosa se calienta a medida que se acerca la cita. Y unos, los populares: primero tomaremos Madrid, luego tomaremos el país. Y los otros, los socialistas, no pasarán, Madrid será la tumba del fascismo. Paradójicamente, los primeros llevan en Madrid la intemerata de tiempo y los segundos, al revés que en nuestra guerra armada, son los que quieren tomar Madrid, ante el no pasarán de los populares. Sumen a esto la alineación de los grandes grupos mediáticos. Todo absolutamente normal porque el régimen democrático lo permite y lo alienta. Lo que ya no parece tanto es el ardor guerrero que subyace en la contienda. Son unas elecciones, estúpido, versionando a nuestro modo, la frase de James Carville, (el Iván Redondo de Sánchez o el Miguel Ángel Rodríguez de Pilar Ayuso) asesor aulico del demócrata  Bill Clinton que le ganó la presidencia a George Bush, padre.

Pero no. Quienes llevamos ya como electores y el que suscribe como periodista, unas cuantas elecciones, asistimos atónitos a esta desbandada hacia los bandos con un estertor añadido de sutil violencia. Inerme, sí, pero que traspasa lo estrictamente político para poner punta de pie en el umbral del desafecto. No es extraño escuchar la expresión echar de La Moncloa, o echar de la Comunidad de Madrid a fulanito o fulanita, una expresión que indica un cierto movimiento, un empujón, para el quítate de ahí. En el fondo también culebrea la envidia atávica y endémica de nuestro pueblo, visible en las relaciones y los debates Sánchez-Casado.  Y, aun mucho más en la aparición de campaña de Sánchez versus Ayuso. Creo que el candidato socialista se llama Angel Gabilondo. Hay exceso de sal.

Echar a alguien no es lo mismo que relevar. Echar sugiere casi un acto físico, una cogida por el cuello del vigilante de una discoteca al cliente que se niega a pagar. La exquisitez democrática no casa bien con ese término. ¿No es acaso tomar el relevo del timón de una nación con el placet de la mayoría de los ciudadanos? ¿A qué esa jerga de barrio, entonces? Y sin embargo, cada cita electoral la tomamos como una incruenta guerra civil sin armas con el ojo puesto en la victoria y en el destrozo del enemigo. Y así, claro, no vamos a ningún lado, por mucho que se juegue en el envite y dando por bueno que los Estados aún son libres para elegir su propio destino y no están imbricados de alguna manera en el Juego de las Sombras. 

Son unas elecciones, estúpido.

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3 Comentarios »

  • Antonio R. dice:

    Lo de eliminar al adversario político entra dentro de los genes de la izquierda.

    Felipe Gonzalez no tuvo problemas, recién estrenada la Democracia, para relevar (me gusta la palabra) a la UCD.

    Estuvo muchos años gobernando porque así lo quisieron los españoles. Hubo relevo por parte de José María Aznar y España obtuvo una prosperidad económica que creo que ya no viviremos.

    Sale Zapatero gracias a la manipulación que se hizo del 11M, que sigue siendo un misterio porque hicieron desaparecer las pruebas originales de los atentados. Asunto cerrado. Injerencia extranjera en nuestros asuntos internos silenciada para evitar una guerra. Marruecos, pero también Francia, implicados. El Perejil escoció.

    Gana Rajoy y España empieza a levantar cabeza en una gran crisis, le hacen una moción de censura bajo la premisa de la corrupción. Hoy nos enteramos que una juez empieza a investigar la concesión de 53 millones de euros a una compañía aérea venezolana. Políticos y altos cargos implicados. Los ERE silenciados mediáticamente, irregularidades en la compra de material sanitario, etc.

    La izquierda se adueña de los medios de comunicación públicos y subvenciona a medios de comunicación privados y abrasa las instituciones, también las judiciales. Los jueces denuncian a la UE el proyecto de reforma del Poder judicial. La UE reclama una Agencia de Supervisión para controlar los fondos presentes y futuros y el gobierno, que sí tiene dinero para rescatar a una compañía aérea de un solo avión, no lo tiene para tranquilizar a la UE sobre la gestión de los fondos que deben llegarnos.

    Todo es propaganda, inacción y ataque al adversario.

    La izquierda se cree que tiene por gracia de Dios derecho a ostentar el poder, y en sus maneras ya refleja el modelo de las dictaduras comunistas.

    Perpetuarse en el poder atacando con toda su artillería mediática, de la fiscalía y hasta con mafiosos callejeros a la oposición.

    Todo esto recuerda a lo acontecido en los años previos a la guerra civil. Usted sabe que es así si verdaderamente ha estudiado nuestra Historia.

    La izquierda de este país nunca dejó de ser bolchevique. Nunca se democratizó.

    Siento decirle que su artículo es tibio. Los hechos describen mucho más que la natural rivalidad partidista que usted trata, como periodista, de analizar y criticar.

    Tiene todo el derecho a hacerlo y a hacerlo así.

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