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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (41)

- 1 septiembre, 2021 – 08:412 Comentarios

Apenas había transcurrido poco más de una semana de su llegada a Ciudad Real. Habían tratado de pasar desapercibidos, buscando cobijo en diferentes viviendas de personas de confianza pues muchas de sus pertenencias ya les habían sido arrebatadas.

Puerta del Perdón en la Iglesia de San Pedro" (FUENTE: BEINART, H.: "Los conversos ante el tribunal de la Inquisición

¡Habían sido confiscadas al ser condenados por la Inquisición los propietarios de estas! Ahí estaba gran parte de la familia de Juan de la Sierra, comenzando por su propia madre que, al igual que su tía, habían recibido dicha sentencia “in absentia”, siendo notificada tanto en la iglesia de San Pedro como en la mismísima puerta de la morada de ambas condenadas. No obstante, el mercader era un hombre de recursos que no sólo había logrado llegar a un acuerdo con los inquisidores para continuar sus actividades industriales y mercantiles, sino que logró mantener alguna de sus propiedades para poder hacer uso de ellas en momentos tan difíciles como el que ahora atravesaban. Su madre, su esposa y sus vástagos serían la principal compañía con la que se vería arropado en aquellos pesarosos momentos y por muy dura que fuera la situación, sabía que, aun así, había logrado tener demasiada suerte si tenía que compararse con otros de sus compañeros de fe, socios de negocios y familiares. ¡Desmedida buena estrella había tenido entonces tras confesarse ante el recién instalado tribunal inquisitorial en aquella ciudad media de Castilla! Las mismas circunstancias le habían afectado a su esposa Beatriz. Ambos, marido y mujer, habían logrado mantener a salvo su núcleo familiar a pesar de que los sacrificios a los que se vieron obligados tuvieran tan alto coste.

Sin embargo, haber recalado en Ciudad Real, aunque en un primer momento podría haber pasado desapercibido o más bien eso habría deseado Juan que aconteciese tras la buena bolsa de monedas que tuvo que entregar a los guardias en la Puerta de Alarcos para que no alertasen de su presencia. No era una ciudad demasiado grande, y aún permanecían al acecho muchos delatores que ayudaron al tribunal inquisitorial que se trasladó a Toledo, para dar rendida cuenta de su reciente llegada o de cualquier otro de los condenados que habían huido evitando caer en las garras de la Inquisición. Aquellos escasos ocho días de prórroga que parecían haber tenido para descansar tras las jornadas de viaje desde las tierras del reino de Sevilla, parecía que estaban a punto de llegar a su fin, pues en diversos mentideros ya se había hecho pública su llegada, tanto de Juan de la Sierra, de Leonor González, su madre, y del resto de familiares y acompañantes, a pesar de que se hubieran dispersado en diferentes ubicaciones para dificultar su localización y que los guardas de la Puerta de Alarcos habían sido sustancialmente sobornados.

Allí habían permanecido los recuerdos de los seres que no los acompañaron en su travesía hacia los orígenes del difunto Alonso González del Frexinal o incluso del mismísimo Portugal. Aquel grupo mucha distancia se vio obligado a recorrer y mucho tiempo había transcurrido para regresar a la tierra que viera nacer a Leonor González. Dicho viaje se había realizado al ir en busca de aquella mujer, a pesar de que no hacía mucho tiempo que había iniciado un regreso anterior a su tierra, aunque esta vez había sido sin la compañía de su esposo Alfonso. La Inquisición la había condenado y había exigido a su propio hijo, como si de un vil chantaje se tratara, que retornase con ella si quería seguir gozando de los privilegios como el próspero mercader de paños en que se había convertido. Sus miras no se habían quedado sólo en adquirir cierta relevancia económica en Ciudad Real sino en tener tratos comerciales más allá de aquella ciudad media castellana. Portugal era uno de sus destinos más deseados, pues era conocedor de la ruta de la que siempre le había hablado su padre, originario de Fregenal de la Sierra, localidad muy cercana a aquellas tierras. Sabía que en aquel lugar podría encontrar clientes que le llevasen a mantener una relativa prosperidad, aunque el precio que tendría que pagar sería muy alto y él mismo no sabría las consecuencias ni las alteraciones que podrían acarrear en su vida. Su madre, o más bien la cabeza de ella, ese era el monto o el coste exigido por los inquisidores, aunque ya cuando regresó en su compañía a Ciudad Real, el tribunal había cambiado su sede trasladándose a Toledo. Otro impedimento más con el que se había topado en el camino. Más quebraderos de cabeza para aquel que conocía todos los secretos del mundo de la pañería en su ciudad, no sólo como mercader sino también como tejedor. Era un gran conocedor de las calidades de aquellos paños, las poblaciones a las que podía recurrir para obtener la materia prima, pues no andaban muy lejos de Ciudad Real, aunque también se había desplazado a tierras más alejadas. Tenía buenos tratos con ciertas localidades del Campo de Calatrava que con su padre tantas veces había recorrido. Aquella experiencia acumulada, los buenos consejos de su progenitor, el día a día, codo con codo, con el mejor maestro posible que le había llevado a conocer todos los secretos del oficio, le condujeron a adquirir una enorme notoriedad en el mundo del comercio de paños. Sin embargo, aún debía pasar una enorme prueba para dar un mayor salto con el que convertirse en algo más que un simple mercader del universo de Ciudad Real y su entorno más próximo. Pero <¿hasta dónde iba a llegar el montante a pagar?>, siempre se había preguntado. ¡Ay, su madre! ¿Ella sería la víctima de su ambición o sencillamente era un paso que debía dar? En esa encrucijada aún se hallaba cuando ya estaban en Ciudad Real, a pesar de que al recorrer aquellas calles nuevamente le trajesen más bien malos recuerdos que superaban en mucho a los buenos. Pero ¿por qué los inquisidores iban a cumplir con lo pactado? ¿Acaso no había sido un mero cebo para traer a la mujer que le dio el ser al mismo tiempo que convertirse él mismo y los suyos en presa fácil para los Hombres de la Cruz?

Aún recordaba Juan lo acontecido tiempo atrás pues el tribunal inquisitorial se había instalado a lo largo de los meses estivales del año de 1483. Ese tiempo había sido suficiente para poner en alerta a gran parte de las cabezas visibles de la comunidad conversa de Ciudad Real con el fin de que pudiesen iniciar una posible huida y salvarse de una más que probable condena e incluso de servir de combustible a las piras como fin último y macabro.

También le vino a la memoria cómo lograron huir sus familiares. Su tía María, como principal cabeza visible de sus familiares más cercanos, había iniciado la escapada en los inicios de aquel mes de septiembre, sirviendo de protectora para su madre e incluso su difunto padre, llegando él mismo a confesar un mes después que había leído las oraciones judías a pesar de haberse convertido al cristianismo unos años antes. Su familia lo había hecho igual. Habían ocultado sus creencias, aunque las mantuviesen lejos de las miradas de aquellos que los perseguían. También se había visto obligada a hacer lo mismo su esposa Beatriz, que llevaría a cabo su confesión al día siguiente en que la realizara Juan.

Juan de la Sierra sabía que este nuevo regreso de su querida madre a su ciudad natal estaba más cerca de ser el definitivo. Aún pesaba la sombra de la muerte de su padre. Ella había dejado de ser la que era, pues en la anterior fuga aún gozaba de su compañía y su vitalidad y confianza en el futuro la habían convertido en una persona con un temple en el que muchos depositaban su esperanza en un mejor futuro, incluyendo a su propia hermana María que, a pesar de la gran relevancia que había adquirido dentro de su comunidad, siempre buscaba a su hermana Leonor para pedir algún tipo de consejo. ¿Quién lo hubiera dicho de aquella “tamaña mujer” –como la había llamado en más de una ocasión su amigo Sancho de Ciudad– que todos conocían como La Cerera que necesitase de algún consejo de alguien, aunque fuese de su propia hermana que siempre pareció quedar en segundo plano para todos ante el protagonismo ejercido por ella? La alegría desbordante y la bondad de Leonor contrastaban muchas veces con el temperamento y el carácter irritable de María Díaz, apodada La Cerera. Sin embargo, el mercader Juan debía a ambas una gran parte de la protección que siempre había recibido. Su padre siempre fue muy duro con Juan en su época de juventud pues había mostrado poco respeto por las creencias judías, ya que no prestaba atención a cómo cumplirlas, incluso tuvo que recibir la ayuda de alguien ajeno a su familia para que entrase en vereda y siguiese los preceptos básicos de la Ley judía, además de no demostrar demasiado interés por los negocios familiares. De todo ello siempre se acordaba el mercader y, más aún, en momentos tan trascendentales como los que por entonces transcurrían en sus vidas. Aquellas enseñanzas parecían que habían dado el fruto deseado pues, en aquel momento, el otrora joven díscolo Juan se había tornado en un audaz mercader que se erigía en uno de los representantes principales de su familia, un estandarte que en el viaje de búsqueda de su madre casi sólo quedaba ensombrecido por el carisma de su tía María, la gran protectora de la mayoría de los integrantes de su familia. Pero la misión que los inquisidores le habían encomendado estaba poniendo a prueba el carácter indómito de aquel hombre, llegando a obligarle a poner en una balanza la vida de su propia madre por un lado y sus propios intereses comerciales y la familia que él mismo había creado por otro. Difícil disyuntiva aquella en la que se encontraba, aunque aquel callejón sin apenas salida había sido fruto de la política de persecución de sus compañeros de fe, sí compañeros, pues, aunque él y su mujer se habían visto obligados a confesar el ocultamiento de sus prácticas judaicas, no estaba arrepentido de haber vuelto a ejercitarlas, aunque en el pasado albergase tantas dudas. Era su esencia, era su estirpe, se sentía pleno al volver al redil del que siempre había sido cuestionado que se había apartado. Pero era su madre el precio, y entonces ¿qué podría hacer para evitarle el mayor dolor posible? En esa coyuntura se hallaba, en una de las casas de aquella judería abandonada por las huidas obligadas de muchos de sus propietarios, cuando su mujer, Beatriz, se acercó a él al percatarse del rictus tan serio y meditabundo que mostraba su esposo.

-¿En qué piensas, esposo mío? –preguntó la fiel Beatriz a su amado Juan.

-¡Qué bien me conoces, querida! Sólo hay una persona que aún llega a un mayor grado de profundidad y es mi madre, quien apenas me ha preguntado por cuál será su futuro, aunque sabiendo lo distante que me hallo de ella ya habrá deducido la notoria respuesta. A pesar de que estamos juntos, cada vez queda menos tiempo para que nuestras vidas se vuelvan a separar, y esta vez me temo que no habrá marcha atrás, será el alejamiento definitivo, pues los inquisidores aún no han perdonado sus diversas fugas y, sabrán de buena tinta, del lenguaraz Fernán, el hijo de Juan Falcón El Viejo, y de varios más, que el posible arrepentimiento de mi madre al regresar no pueda ser real, y ella ya tiene demasiados años, además de que hace poco que mi padre la dejó sola al frente de todos nosotros, aunque fuese mi tía la que llevase la voz cantante en la familia. Por todo ello me ves como estoy, mujer. Aunque sin olvidarme de quienes me rodean y de la familia que tú y yo estamos construyendo. Todo ello, además de los negocios, de los que siempre estoy pendiente y bien lo sabes, me hace mantener este gesto serio y con cara de pocos amigos… y eso mi madre también lo sabe y por ello me corroe aún más por dentro. –respondió pesaroso el mercader a su amada pareja.

-¡Esposo mío! La vida tiene sus propios designios y las mujeres de nuestra familia han demostrado sobradamente su fuerza al tener que lidiar con gran cantidad de circunstancias adversas. No sólo tu madre sino también tu tía María. O incluso tu tía Elvira, que siempre parece estar en un plano más discreto, aunque ha tenido que soportar lo suyo pues recuerda que su esposo Gómez González de Frexinal es tío tuyo no sólo por ser su mujer tu tía, hermana de tu madre, sino que él era hermano de tu padre, y también lo pasaron mal cuando tu padre nos dejó. Luego estamos los de nuestra generación, los hijos que son tus hermanos y las hijas que somos tus hermanas, vuestras esposas e incluso tus primas. Demasiado bien sabes que los genes de las mujeres González tienen algo especial, pues, aunque tu madre parezca más calmada a la hora de afrontar las situaciones, es fiel a sus ideas, al igual que lo es tu tía María, aunque esta tenga un carácter más combativo que la haya llevado a enfrentarse a mucha gente, incluidos los hombres no sólo de la familia –entre los que te encuentras tú– sino también del resto de varones que lideran nuestra comunidad.

-Así es, mi amada Beatriz. El temple de los hombres de nuestra familia siempre ha sido más calmado, aunque yo mismo pareciera llevarles la contraria. No digamos ya de mi difunto padre, que a pesar de lo recto que era en sus convicciones, siempre tenía el suficiente sentido común para encarar las situaciones más adversas, ya fuese en los negocios o en disputas de nuestros compañeros de fe. Mi madre, por otra parte, pareciera que mantiene la cabeza más fría aún, pues sus años de experiencia la habrán llevado a ver con cierta perspectiva las adversidades a las que ahora nos enfrentamos. Quizá sea esa misma la razón por la que no quiere ahondar mucho ni preguntarme por qué me vi obligado en ir a buscarla siguiendo las directrices que me impusieron los inquisidores.

-Sin embargo, Juan, entiendo que estés tan preocupado pues el hecho de que la Inquisición te obligase a traer a tu madre para ponerla en sus manos no es algo a lo que nadie pueda estar preparado nunca. Como madre que soy, la entendería. Ella te dio el ser, y por esa misma razón te entiendo a ti. Además, tus propias responsabilidades y los conflictos que a veces te han surgido en el comercio de paños no sólo con tus competidores sino con las propias justicias que en algunas ocasiones te han impedido fabricar los paños con los tejidos y la tintura que a veces se salían de sus ordenanzas, te ponen en una situación difícil. Amado mío, siempre podrás contar con todo mi apoyo, aunque mi papel sea más de apoyo.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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