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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (48)

- 20 octubre, 2021 – 17:002 Comentarios

Llegó aquel día tan especial para los dos jóvenes en el que se acercaron sus cuerpos con el mero contacto de sus labios. El primer beso les hizo palpitar y todo lo que les rodeaba careció de importancia desde ese preciso instante. Sólo existía ese ahora, ese intervalo, ellos dos se habían convertido en sólo uno. Aunque los pensamientos de ambos no parecieron estar en consonancia con lo que ese momento tan trascendental representaba.

Cruce de calles que se rehabilitaron hace unos años en el barrio de San Antón (FUENTE: Beatriz Severino: “El barrio judío de Híjar, el siguiente punto de restauración”, 18/01/2019, La Comarca (https://www.lacomarca.net/barrio-judio-hijar-restauracion/))

-Ven, Susanilla. Tengo algo para ti. –sugirió con un tierno susurro a su amada, clavando fijamente su mirada en ella.

-Aquí no nos podemos ver, tonto, pues mi padre empieza a sospechar algo y no querría que me alejara de ti. Cuando acabemos el trabajo, después de salir de misa en la iglesia de San Antón, búscame, aunque sin acercarte demasiado. Intentaré inventarme una excusa para alejarme de mi padre un rato. Entonces podremos hablar y me das lo que tienes para mí. –respondió cortante la muchacha, percatándose de las auténticas intenciones que su joven pretendiente estaba mostrando.

-Está bien, pues así lo haré. Hasta entonces seré discreto y no coincidiremos nada más que para las tareas del campo.

-Eso espero, pues dudo mucho de que si nos descubrieran juntos tuviésemos una oportunidad mejor para estar a solas.

Fue en aquel momento cuando ambos muchachos se despidieron con un beso liviano con el que reactivaron cualquier tipo de deseos para volver a entrelazar sus lozanos cuerpos. Sin embargo, aún no era el momento adecuado para ir más allá. Se sentían vigilados por sus respectivos progenitores y ese muro sólo podía ser asaltado si actuaban con cautela, con una mayor madurez de la que por su juventud aún no disponían. Eran aún muy inmaduros para enfrentarse a ciertas cuestiones de la vida, y las cadenas que los amores juveniles ponían entre los muchachos los llevaban a no tener la mente fría para salvar las barreras que debían evitar.

Habían abandonado ya las faenas de ese día en los campos de Híjar que gestionaba tan acertadamente aquel que todos conocían como “El tuerto”, cuando cada uno se encaminó en busca de su padre. La moza ya había encontrado al anciano Antonio y compartía impresiones con él de cómo había ido el día, mientras que el muchacho, aún demasiado turbado ante el revés sufrido en la búsqueda de los favores de la muchacha, no se había percatado todavía de que su padre ya lo tenía a la vista y miraba con el ceño fruncido la actitud de bobalicón que mostraba su vástago.

-Jovencito, ¿dónde tienes metida la cabeza? ¿O es que acaso no me ves que estoy aquí esperándote? – recriminó el maduro impresor. A lo que con un gesto de sobresalto respondió el hijo.

-Perdone, padre.

-¡Ya, ya! ¡Anda, anda, que veo que sólo te quieres buscar problemas! Ahora lo hablaremos en el caserón, sin que nadie nos vea, pues parece que no escarmientas.

-Lo que usted diga, padre.

El semblante serio se tornaba más amistoso, por parte del padre, cuando encontraban a su paso algún que otro hijarano conocido, tratando de disimular lo más posible lo que le corroía por dentro. Demasiados problemas habían tenido hasta llegar a aquella villa como para estar en boca de todos por culpa de la mala cabeza del muchacho. El enfado del padre mostraba así que no podían arriesgarse a quedar en entredicho y menos meterse en líos amorosos pues su vástago era aún muy joven como para servir de sostén económico y marital a una muchacha tan hermosa como la hija de Antonio, a la que pretendía más de uno de los mozos de Híjar. Cualquier envidia por parte de alguno de ellos podría suponer que fuesen con el cuento a Bernat, quien había tenido tan buena predisposición con el padre y su hijo no sólo para ofrecerles un trabajo con el que llenar con algo de comida sus estómagos, sino inicialmente al prestarles una de sus propiedades para que fuera usada de vivienda ocasional por ambos, aunque el conocido “El tuerto” desconociese que ya habían sido antiguos moradores unos días atrás sin saberlo.

Tras desatrancar el portón de aquella antigua cuadra, el maduro impresor mudó el gesto de su rostro al contemplar que su hijo mostraba un semblante como de no haber roto un plato, y él bien sabía que no lo había roto pero que quizá estuviera a punto de realizarlo. Por ello, debía mantener esa plática con su vástago para que los escarceos con la muchacha no fueran a mayores.

-Hijo mío, debes entender la situación por la que atravesamos. Si yo mismo me di cuenta de la cara que se te ponía al despedirte de la hermosa hija de mi compañero Antonio, lo habrá hecho más de la mitad de los que nos hemos encontrado en el camino. Debes ser más cauto, pues no querría tener que reprenderte delante de nadie y, si me obligases a hacerlo, quizá la medida más acertada ya sabes cuál sería: abandonar Híjar. Y eso es lo que yo tampoco quiero que nos ocurra.

-Sé que tiene usted toda la razón, padre. Más debe entenderme a mí. Susana me gusta. Quizá sea demasiado guapa para mí. ¡Claro que lo sé! ¿Quién de este pueblo no se ha fijado en ella? Sin embargo, ella también se ha fijado en mí, y eso es lo que pasa, estamos enamorados los dos.

-¡Uff! Era lo que me temía, que no sólo fueses tú el que tuviese la poca sesera por beber los vientos por aquella muchacha. Pero, como ya te he dicho, este va a ser el último aviso. No habrá ninguno más.

-Lo sé, padre. De eso precisamente acabo de hablar con ella. Debemos ser cautos al vernos, aunque nuestros corazones estén tan desbocados que no podamos poner freno a nuestros sentimientos. Le haré caso en todo lo que me dice, pues le respeto mucho y sé lo duro que es para usted estar ejerciendo de padre y madre al mismo tiempo, con un muchacho que apenas ha salido del cascarón. Seguiré sus consejos, pero no me puede pedir que deje de amarla. ¡Por favor, padre!

-Espero que sea así, hijo mío. Anda, recoge lo que hay en aquella mesa y vamos a preparar algo para llenar nuestros estómagos que llevo horas sin probar bocado.

Apenas se escuchaban las mandíbulas de los dos ocupantes de aquella antigua cuadra, mientras que unas calles más allá una joven había recibido una impactante sorpresa por parte de su progenitor:

-Hija mía, estos últimos días he estado hablando con el señor Bernat y me ha dicho que uno de los muchachos que trabajan con él y, que es muy digno de su confianza puesto que lo conoce desde que nació, al ser su padre un gran amigo suyo, está interesado en pretenderte y me ha pedido permiso para hacerlo.

-¿Y qué respondió usted, padre? –manifestó cariacontecida la muchacha.

-¡Por supuesto que acepté! ¡No faltaba más! Teniendo el aval del mismísimo don Bernat, es una gran oportunidad para ti, pues siendo moza que has crecido suficientemente como para mostrarte hecha una mujer merecedora de un marido. Ya es hora de que sientes la cabeza y te alejes de tanto jovencito que suspira por ti y que no tiene donde caerse muerto, y tengas tu propio hogar, Susana.

-¿Cómo dice eso? ¿Quién va a cuidar de usted? –respondió ella.

-No te preocupes por mí, muchacha. Es ley de vida, o ¿acaso crees que desde que falleció tu madre y hasta que no creciste no supe valerme por mí mismo? ¡No se hable más, Susana! El próximo día que vea al muchacho le daré mi consentimiento para que se vaya acercando a ti. Y, quién sabe, si pronto no incrementaremos la familia. –contestó ufano el anciano.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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