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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (49)

- 27 octubre, 2021 – 14:152 Comentarios

Zaragoza ya había quedado atrás. El periplo de aquellos padres bisoños seguía su curso. Habían regresado a tierras de Castilla, concretamente al área geográfica que se hallaba más próxima a la Corona de Aragón, las tierras sorianas. Dentro de aquel territorio se habían encontrado con una población en cuya actividad económica tenía un papel relevante los judíos, los cuales gozaban de la protección del señor de la localidad y representaban en importancia la segunda judería de la región tras la de la mismísima Soria.

Ruinas del Monasterio de Santa María de la Sierra, Collado Hermoso, Segovia (FUENTE: C. Rodicio Rodríguez en https://www.terranostrum.es/turismo/monasterio-de-santa-maria-de-la-sierra-collado-hermoso)

Del linaje de los Mendoza de los cuales era el señorío y más concretamente los condes de Monteagudo desde hacía décadas, siendo su relevancia tal que acogieron y acogerían en su residencia en diversas ocasiones las visitas que los Reyes Católicos realizasen a la población de Almazán.

Malvivieron durante meses en las calles de aquel lugar, pues eran tiempos convulsos en los que los privilegios de que gozaban los judíos cada vez estaban propiciando ciertos recelos en el resto de la población. Algunas obras por aquí. Limpieza de ropa y faena en la cocina de algún señor por allá. Poco más pudieron hacer Ismael y Cinta para mantenerse en dicha población desde los comienzos del otoño de 1491 hasta un fatídico día en el que el semblante del joven padre no mostraba cara de muy buenos amigos y su gesto de preocupación puso en alerta a la joven temiéndose lo peor: de nuevo había que abandonar la nueva morada en la que se habían instalado, y sin saber qué rumbo tomarían esta vez.

Aunque el asunto que tanto inquietaba al mozalbete sería puesto en común ese mismo día cuando dieron cuenta de las escasas vituallas que poseían entonces, la decisión apenas sería motivo de discusión pues parecía estar más que tomada, y su amada lo conocía demasiado bien como para no reconocer lo turbado que se encontraba en ese momento. El descubrimiento sorprendente en el mercado de Almazán de la venta de unos ejemplares procedentes de Híjar removió los recuerdos del muchacho, pues algunos muy parecidos a aquellos habían estado entre sus manos o, por qué no decirlo, quizá de alguno de los que se pusieron a la venta aquella mañana había sido él mismo partícipe de su elaboración. Siempre en un segundo plano, por supuesto, pues los auténticos creadores de aquellas obras maestras que maravillaron a tantas personas habían surgido de las manos de Eliezer ben Abraham Alantansí, las correcciones de Abraham ben Isaac ben David, la financiación de Moses Maimón Zalmati, y los diseños iniciales que seguramente se habrían remontado a las creaciones del orfebre Alfonso Fernández de Córdoba, antiguo socio del mismísimo Zalmati y, según algunos, maestro del propio Alantansí.

Sin embargo, no era sólo ese el motivo que había propiciado ponerse de nuevo a salvo y verse obligado a preparar de nuevo el petate para reemprender la marcha en busca de una nueva residencia donde estar más seguros. Estaba finalizando por entonces el invierno del año 1492. Habían pasado apenas dos meses desde que los Reyes Católicos lograron hacer doblar la cerviz del último caudillo nazarí, Boabdil apodado “El Chico”, al que su propia madre le tacharía de cobarde y de tener escaso orgulloso con aquel despectivo comentario que marcaría para siempre su destino: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”.

Aquel sábado dos de enero, en el que los aún judíos creyentes celebraban ocultos su fiesta del Shabat, una guarnición cristiana había tomado de madrugada la mismísima Alhambra, dando a entender mediante tres cañonazos que el último reducto musulmán había caído.

Mientras tanto, los Reyes Católicos habían aguardado en Santa Fe y, tras haber oído la señal acordada, encabezarían una procesión en dirección a la mismísima Granada, donde Boabdil entregaría oficialmente la ciudad.

El miércoles seis de enero el derrotado monarca musulmán abandonaría la ciudad granadina. Así concluía un período de dominación islámica en territorio peninsular que se remontaba a los comienzos del siglo VIII.

Por entonces, en tierras de Soria, en la población de Almazán, la noticia se había empezado a conocer y también se rumoreaba de que la expulsión de los judíos era inminente. Los Reyes Católicos firmarían en Granada dos provisiones reales de expulsión de los judíos el 31 de marzo de ese mismo año con el fin de que, tras haber obtenido la unidad territorial, afianzasen la unidad religiosa en las Coronas de Castilla y de Aragón. En aquel edicto, la prórroga que se les otorgaba al pueblo judío para el abandono de los territorios de sus reinos se prolongaba hasta finales del mes de julio, tal como rezaba en su texto de la siguiente guisa:

“Por ende Nos, con consejo y parecer de algunos prelados y grandes y cavalleros de nuestros reynos y de otras personas de sciencia y consciencia de nuestro Consejo, haviendo havido sobrello mucha deliberacion, acordamos de mandar salir a todos los dichos judios y judias de nuestros reynos, y que jamas tornen ni vuelvan a ellos nin a alguno dellos; e sobrello mandamos dar esta nuestra carta, por la qual mandamos a todos los judios y judias de qualquier edat que sean (…) que fasta en fin del mes de julio primero que viene (…) salgan todos de los dichos nuestros reynos y señorios”.

Todo aquel maremágnum de sensaciones condujo a los jóvenes padres a abandonar Almazán. Su hijo mostró un gesto de rabia, pues, aunque conocía muy bien las motivaciones que habían obligado durante su infancia a que sus padres viviesen muy al día y no tuviesen mucho apego al lugar donde residieran, Almazán se había convertido en su casa, había estrechado ciertos vínculos con algunos muchachos callejeros con los que había ampliado su mundo más allá del hogar familiar, y, sobre todo, había germinado en él un sentimiento desconocido hasta entonces. El motivo no era otro que una muchacha hija de un zapatero a la que había cogido especial cariño, aunque su padre, con el que residía sola ante la ausencia de su madre desde el nacimiento, no aprobaba aquella relación con el que consideraba un muerto de hambre.

-Parece que alguien nos sigue, Cinta. ¿Conoces a aquella muchacha que no nos ha perdido de vista desde que salimos de Almazán? ¿O tú, mozalbete, no será una amiguita tuya? –preguntó intrigado Ismael.

-No creo que me siga a mí, amado mío. Aquí nuestro hijo parece que tiene algún secretillo que aún no nos ha revelado. ¿No es así, cariño? –respondió la joven madre, pasando la patata caliente al muchacho, que, por su turbado gesto y el enrojecimiento de su cara, poco podía esconder a sus padres desde ese momento.

-…sí… es una muchacha que conocí poco después de haber llegado a Almazán. Me contó que no podía aguantar más en su casa, porque su padre… no sé cómo decirlo, la tenía demasiado cariño, y ella ya se sentía muy incómoda. Por eso me dijo que, si podía acompañarnos, pero no me atrevía a decir nada, porque no sabía cómo hacerlo. –respondió el chiquillo.

-¡Válgame Dios, hijo mío! ¿Cómo se llama la muchacha? –exclamó cariacontecida Cinta al temerse lo peor. ¿Acaso me estás diciendo que su padre abusó de ella? ¿Es eso lo que ha ocurrido? –continuó interrogando al muchacho más airadamente.

-Creo que sí, aunque no sé muy bien los detalles, pues a ella le daba vergüenza contármelos. Tendría que preguntárselo, o creo que quizás debías hacerlo tú, madre, pues son cosas más de mujeres. Ella se llama Isabel. –respondió acobardado.

-¡Isabel! ¡Acércate, chiquilla! –la llamó imperativamente la madre del mozalbete, a lo que ella respondió súbitamente, acortando la distancia que les separaba en pocos segundos.

-¿Cómo vas tan alejada de nosotros si eres amiga de mi hijo? –refirió cariñosamente a Isabel, que la miraba con un gesto expectante, tratando de que se abriese y tomase la confianza suficiente para tratar el asunto tan delicado que su hijo le había comentado. –Perdona a este hijo mío, que es muy torpe y no nos dijo nada hasta ahora.

Cuando la joven madre y la muchacha fugada iniciaron dicha conversación el grupo de cuatro personas, los dos adultos y los dos jóvenes, había alcanzado una población llamada Caracena, cuyo señor años atrás había sido Juan de Tovar que, por su defensa de las aspiraciones de doña Juana La Beltraneja en la guerra de sucesión del trono castellano tras el fallecimiento del cuestionado Enrique IV, fue desposeído del señorío del que era titular.

En aquella tierra que en otro tiempo pretérito se había asentado la tribu de los arévacos, aquel lugar destacaba aún por la parte de los paños y los cubos que la antigua muralla circundante poseía, remontándose su construcción al siglo XII, al igual que el puente por el que se accedía al recinto que era conocido como Cantos o las iglesias románicas en honor a Santa María y San Pedro.

Sin embargo, la estancia de aquellos visitantes en la tierra de Caracena cuyo origen se hallaba en un paraje denominado “Los Tolmos” más de dos mil años antes, no se prolongaría demasiado salvo para pernoctar durante una sola noche con el fin de reponer fuerzas. Tras haberse puesto a cubierto y haber hecho acopio de algún pescado en las aguas del río Caracena que bañaba aquella población, recobraron la energía suficiente durante unas horas hasta que las primeras luces del alba los invitaría a ponerse de nuevo en camino.

Su objetivo seguía siendo la tan deseada Segovia, principalmente para Ismael, sin demora, pero para aquello aún quedaba un tiempo para que llegasen a dicha ciudad.

Mientras tanto, otras poblaciones saldrían a su paso. Sepúlveda, por su importancia, sería la elegida para que fuese morada durante algún tiempo.

Bañada estaba aquella localidad por las zigzagueantes aguas que el río Duratón dibujaba en forma de hoces y su origen se remontaba a la existencia de un oppidum arévaco que posteriormente sería conquistado por el cónsul romano Tito Didio, dando lugar a un nuevo asentamiento.

En los siglos posteriores, la conocida ciudad de Confluentia llegaría a convertirse en sólo una aldea hasta su desocupación posterior, y en tiempos del conde castellano Fernán González, cuyo castillo había sido originariamente una fortaleza romana y una alcazaba árabe, la villa de Sepúlveda recibiría fuero para su repoblación, siendo confirmado en varias ocasiones.

Aquella población a la que Ismael y Cinta llegaron acompañados de los dos jovencitos había poseído una comunidad de judíos que serían expulsados en el año de 1468 tras ser acusados aquellos que, encabezados por el rabí de la sinagoga, habían hurtado en Semana Santa un niño al que acabaron dándole muerte después de innumerables atrocidades. El obispo de Segovia, don Juan Arias de Ávila, tras conocer los sucesos mandó que fueran presos dieciséis de aquellos judíos, siendo condenados por ello y motivándose entonces la expulsión de los judíos de la villa de Sepúlveda.

Dos días después de haber llegado a aquella población segoviana, los fugados reemprendieron la marcha despidiéndose una vez más. Alejándose de allí encontrarían a su paso en Castillo de Castilnovo, cuyo origen parecía remontarse a la noche de los tiempos, aunque en épocas más recientes tendría entre sus moradores y dueños al valido de Juan II de Castilla, don Álvaro de Luna o al paladín de Enrique IV, don Juan Pacheco. Posteriormente se encaminarían hacia el sursureste llegando a alcanzar una ladera serrana donde se alojaba el monasterio de Santa María de la Sierra cuando las horas del mediodía hacían obligada la búsqueda de un lugar donde cobijarse. Aún tenían algunas horas de luz para poder proseguir la caminata en dirección a Segovia, pero la escasa resistencia de Isabel y su amigo forzaron a los padres del muchacho a intentar buscar cobijo en aquel lugar para pasar la noche, tratando para ello de ablandar los corazones de los religiosos moradores de aquel lugar. Con la claridad del nuevo día y un más que merecido descanso, el brío para llegar a Segovia sería suficiente para llegar en poco tiempo. Pero aquello ya sería el día de mañana. Ahora llegaba la hora del recogimiento y del descanso.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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