Postales de verano 16: Cine de verano

Querida amiga:

Ya sabes que, desde hace tiempo, exactamente desde que soy tripitidora de madre, practico la escucha transversal, sobre todo en verano. Es muy práctica, aunque a veces te lleva a líos. Por ejemplo, esta mañana, con #mangurrianamediana, que me decía algo, he puesto el piloto de escucha transversal y me he quedado con «mamá» y «cine». Y he dicho que sí, sin problema. ¿Cine y preaborrescentes? No pinta mal.

Pues nada, amiga, lo de la escucha transversal es un método que necesito mejorar. Entre medias de «mamá» y «cine», había un «necesitamos un adulto que nos acompañe y he dicho que tú puedes».

Las ganas de borrarme del planazo eran tan grandes como el ansia de hincharme a gazpacho y helados que tengo este verano, pero, acto seguido, he caído en que si algo nos enseñó la pandemia y Filomena es que hay que sacar lo positivo de cada adversidad. ¿No lo ves, amiga?

Preaborrescentes en un cine de verano que quieren estar solas y el adulto acompañante solo tiene que ejercer miradas lejanas y comprobar cada cierto tiempo que siguen en los asientos. En resumen: noventa minutos para estar yo solita con mis cosas. Noventa minutos. Sola. Noventa minutos sin interrupciones de madre tripitidora.

Me he callado, por supuesto, y me he venido de madre guay.

Las preaborrescentes se han pillado buen sitio y yo en un rinconcito, con palomitas y coca cola. Las sillas están muy bien para no quedarte dormido, es lo que tiene el hierro. Vienen muchas familias, con sus neveras y sus cojines. La peli es infantil. Cuando pasan a mi lado, me miran con cierta envidia: una tipa de cuarenta y cinco años, pelo medio canoso, zampando palomitas y… sola.

Yo no sé por qué, chica, pero ver a los niños gritar en medio del anfiteatro, los balones que se disparan y dan en la cabeza a los abuelos sentados, los enrabietados tirados en el suelo porque quieren helado, en vez de ponerme de mal humor y quejarme en Twitter, hacen que sonría con esa satisfacción que da saber que no tienes que levantarte, que chistear, que regañar, que claudicar, porque ninguno es mío. Y porque tengo noventa minutos para mí sola.

Una familia se ha sentado a mi lado. Madre, padre y niño. Con neverilla y cojines. Muy educados me han preguntado si estaban ocupadas. Y les he dicho un «no» que se ha tenido que oír en el Alcázar. Se han sentado porque no quedaban sitios libres, eso es verdad, que no lo han hecho para fastidiarme mi planazo de viernes-

La peli ha empezado y el padre, que estaba a mi lado, ha abierto la neverilla y ha sacado dos bocadillos envueltos en papel aluminio. Le ha dado a elegir al niño entre tortilla o lomo con pimientos. El chaval dudaba, pero se ha decantado por el de lomo. Me ha caído bien por eso. Yo he decidido que era un buen momento para seguir con la documentación de la novela, así que he sacado el móvil y he puesto en la búsqueda: «envenenar comida sin dejar rastro». Chica, yo le echo la culpa al confinamiento, aunque los negacionistas dirán que es la edad, pero he tenido que alejar el móvil un poco, un poco más, bueno, bastante, y aumentar el tamaño de letra para ver los resultados. El padre ha mirado de reojo y ha guardado los bocadillos de nuevo. Ha cerrado bien la tapa de la nevera, que ya sabes que esas del Alcampo no enganchan bien. Y le ha dicho al niño que se ponga con la madre a comer el bocadillo. ¡Qué tío! Seguro que para que no le pringue las bermudas de aceite.

Estiro un poco el cuello para comprobar que las preaborrescentes siguen en su sitio. Bien quietecitas y atentas a la pantalla.

Como todo va bien, sigo con mis búsquedas, que la novela está estancada y necesito avanzar. «Cadáveres en el río Tajo». El padre se pone a resoplar en cuanto le doy a la lupa de búsqueda. Yo creo que no le gusta mucho la película, porque es de animales que hablan y eso siempre da mal rollo. El niño no deja de correr en el pasillo y se ha dejado el bocadillo de lomo en la esquina de mi silla. Las palomitas están frías. Y el lomo huele que te cagas. Y los pimientos. Y el padre está nervioso cuchicheando con la madre, señalando a mi lado, supongo que porque el crío no está viendo la película. Y, aunque no sean caras las entradas, son un dinerillo.

Mira, chica, que tú sabes que yo soy muy buena persona, en general aunque tenga mis cosicas, que hasta me como las croquetas de brócoli, que son las que nadie quiere, pero las ganas me han podido: lo he cogido, le he dado un gran mordisco y lo he vuelto a dejar. Pero el niño me ha pillado. Y ha empezado a decirle al padre que he cogido su bocadillo. Yo lo he negado con la cabeza (esto a los lectores no les gusta mucho, lo de negar con la cabeza), pero es que la boca no la podía abrir porque el lomo y el pimiento aún estaban en ella.

El padre ha cogido el bocadillo y lo ha tirado. Pero, vamos, que, como madre tripitidora, ya te digo yo que el niño mucha hambre no tenía si llevaba con el bocadillo en la mano media hora.

Yo he seguido a lo mío. Al niño lo han sentado en los escalones al lado de la madre. Y he seguido con cositas de la novela: «secuestros de niños que acaban mal». Buscar. 546 resultados.

Yo no sé si ha sido por los mosquitos o por el niño, pero el padre en ese momento ha cogido la nevera, las cojines y al niño, por ese orden, y le ha dicho a su mujer que se iban ya. Ni siquiera han llegado al intermedio.

No sé, la película no es gran cosa, eso es verdad, pero entretiene. El tío tiene cara de que le gustan más las de Bruce Willis y a lo mejor ha pensado que cine de verano equivale a Bud Spencer. Y se ha encontrado con que los tipos malos son una serpiente y un lobo que quiere ser George Clooney.

El caso es que, mientras los contemplaba irse corriendo, me he dado cuenta de que se han dejado uno de los bocatas en la silla.

Y ya te he dicho antes que en el fondo soy buena persona. Lo he abierto primero y, al ver que era de tortilla con cebolla, he decidido llevárselo, porque yo soy sincebollista (como las personas de bien).

Madre mía, qué gritos pegaba el padre hasta que han llegado el coche. «Corre, corre», le gritaba a la madre sin soltar la nevera. Y yo, que correr no porque vaga soy un rato, pero andar rapidito se me da bien, detrás, por mitad del parque a medianoche con el puñetero bocadillo.

Casi los alcanzo, bocadillo envuelto en mano, pero han salido zumbando en su Opel Astra quemando rueda. ¡Desde luego que hay padres que son unos irresponsables!

Total, que he vuelto al cine a por las preaborrescentes. Seguían en su sitio. La película ha acabado, la gente ha aplaudido y se han encendido las luces. Chica, igual que te he dicho que la escucha transversal tengo que mejorarla, también tengo que confesarte que iré al oftalmólogo esta semana: que las dos preaborrescentes que vigilé durante la película en realidad eran dos papeleras de propaganda. Menos mal que son chicas aplicadas y enseguida aparecieron a mi lado, que venían del baño.

Y así acabo mi planazo de viernes noche: no he avanzado con la novela, pero te escribo una postal de verano mientras como un bocata de tortilla con cebolla, que, mira, tampoco está tan mal ese dulzor. Y que la próxima vez llevo cojines y bocatas.

Besitos

Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

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