La gran farsa del Premio Planeta

Manuel Valero.- Antes que nada conviene precisar: no parece muy elegante que un escritor como el que esto suscribe hable mal de un concurso estratosférico como el Premio Planeta porque parece que descubre su imposibilidad para ganarlo y se desquita con el pataleo de una invectiva alimentada por la frustración. Nada que ver con la realidad, al menos en mi caso. Uno es un modesto escritor que no padece de ensoñación alguna. Escribir es mi pasión y hablar de Literatura con mis amigos me colma. Me he presentado a dos concursos en mi vida. Al Primer Concurso de Novela García Pavón con Balneario, la primera novela de la tetrarquía sobre Pueblo (Puertollano) y al Concurso de Novela histórica de Castilla-La Mancha con Entre las balas, una recreación documentada sobre las andanzas de André Malraux durante la guerra civil española y su hazaña fílmica en plena contienda (Sierra de Teruel). En ambos casos el asunto ya estaba cocinado… como en casi todos los concursos. Matizo que no las escribí con el propósito de presentarme, ya las tenia escritas en ambos casos, y como canta Aute, Pasaba por aquí.

Viene esto a cuento de los afamados Premios Planeta cuya edición de 2023 se falló este domingo con una pirueta aún más descarada: la ganadora ha sido Sonsoles Onega, periodista televisiva que trabaja en Antena 3, cadena perteneciente al Grupo Plantea propietario también de la editorial. Lo ha hecho con su novela Las hijas de la criada. Todo se queda en casa. El Premio Planeta es el paradigma del cinismo literario, una maniobra estrictamente comercial y millonaria que en poco o nada valora la calidad literaria de los premiados y finalistas. El único objetivo es elegir un par de libros que publicitados hasta la extenuación se conviertan en ganancias. Una artimaña económica muy rentable. En este caso ya tiene con la mediática escritora un buen trecho ganado en promoción.

El Premio Planeta es un galardón para los que no leen ha escrito la prensa nacional, una operación comercial disfrazada de certamen literario. Es decir, un soberano engaño para autores inocentes que creen en sus posibilidades pero son ajenos al circuito de los merecedores dominantes, prefabricados, y preavisados. La titularidad privada del Grupo Planeta, presidido por José Creuhera, que tiene potentes medios de comunicación (Atresmedia, la Sexta, Onda Cero, La Razón…) no exime a la Editorial del mismo nombre de la falta de escrúpulos con que monta un lujoso paripé de cava y canapé.  Aunque lo embadurne con una supuesta potenciación de la creatividad literaria. No han sido pocas las críticas que ha recibido a lo largo de su historia sin que hayan hecho la más mínima mella en el imperio resultante de la modesta editorial  que fundó en 1949, José Lara Hernández. Cuentan más los réditos que prometen las bien promocionadas novelas elegidas. Réditos pero poco crédito. Las sospechas de que los premios están dados de antemano vienen de antiguo. El escritor Juan Marsé que lo ganó en 1978 con La muchacha de las bragas de oro dimitió en 2005 como miembro del jurado por la subterránea calidad de las obras presentadas y repudió la mecánica del concurso.

En muchas ocasiones el premio ha recaído en escritores/as ya reconocidos o en profesionales de los medios de comunicación, (como Onega y no es la única), cuya popularidad es una garantía de ventas con un justito valor literario de tramas tópicas o de moda en la actualidad social. Cabe en este caso elogiar el asombroso éxito de nuestra paisana María Dueñas que se metió en el bolsillo ventas millonarias con su Tiempo entre costuras sin pasar por el carnaval planetario.

El citado premio ha llegado a darle el suculento cheque a una tal Carmen Mola, que en realidad eran tres hombres. Dicha edición -2021- fue polémica y enojó a editoriales y librerías feministas. Para este modesto escritor lo más vergonzoso no fue eso: fue que Planeta era conocedor de la tramoya y sobre todo que se tuvieran que juntar tres supuestos escritores… ¡tres!, para escribir la misma novela de lo que se deduce que por libre eran incapaces de tal empeño. Y siguen con la Carmencita, a sabiendas de que ya sabemos que la Carmen son tres pollos. Un negocio bien montado.

Los aspirantes pueden participar con seudónimo o con su propio nombre. Los autores reconocidos suelen tirar de seudónimos, como la premiada de este año, para aparentar que se trata de juego limpio y una impostada sorpresa a la hora de recoger las pasta. Sorprende que en esta edición se haya superado el millar de concursantes inocentes, los pobres, que se han presentado al premio del millón de euros. Buena parte de ellos serán, como siempre, hispanoamericanos porque a estas alturas no creo que haya en España autores tan ingenuos como para optar a un sueño, ignorantes de la farsa, salvo que sean muy, muy jóvenes e ilusos. A todos ellos se les toma literalmente y literariamente el pelo.

Autores clásicos ha habido –Miguel Delibes, Ernesto Sabato– que se negaron a participar a pesar de que se les invitó exprofeso para ganarlo, si bien todos los nombres que puedan sonar al gran público: Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Torrente Ballester, Manuel López Montalván, Antonio Muñoz Molina, etc, han sido participantes agraciados. ¿Se imagina usted a un Antonio Gala concursante (ganador en 1990 con El manuscrito carmesi) si no hubiera tenido garantizado el premio de ese año? ¡Con lo que era don Antonio, como para andar perdiendo el tiempo de concursante!

En las últimas décadas ha habido una evidente caída de la calidad literaria. Basta con leer los premiados, entre ellos como ejemplo, un presentador del telediario –Fernando Delgado– del que nunca más se supo pero que logró retornar la inversión a golpe de anuncio publicitario. Caso parecido el de Fernando Schwartz, televisivo y diplomático que ganó el premio de 1996 con El desencuentro. O el de Sandra Barneda conocida periodista del corazón, finalista en 2020 con Un océano para llegar a ti, título que evoca a la creadora del género rosa-romántico, Corín Tellado.

‘Lejos de Luisiana’ e ‘Historias de mujeres casadas’, dos historias insignificantes, anodinas y sin el menor soplo de literatura, han ganado el galardón mejor dotado del mundo” se escribió en Babelia (El País) el pasado año. 

“A la eterna polémica sobre si los últimos premios Planeta eran más fruto de un encargo previo que del azar del concurso, al que se presentan ya cerca de 500 originales de todo el mundo, se han sumado en la última década las críticas por la escasa presencia de escritoras premiadas -sólo nueve en toda su historia- o por la tendencia a distinguir a autores televisivos con gran proyección mediática, lo que normalmente se traduce también en mayores ventas”, escribía El Mundo en el 50 aniversario de los premios. 

Un editor quiere que su novela sea comercial, antes que nada. Los comités de lectura leen las obras presentadas para elegir media docena que pasan al jurado con el denominador común de su éxito en ventas. Los miembros del jurado recibe una indicación de la novela preferida por la editorial, escribió sobre el asunto Luis María Ansón.

La finalista en la edición de 1992 con la novela Mi corazón baila con espigas , Camen Rigalt reconoció que conocía de antemano el fallo del jurado.   

A los buenos y grandes autores y a los regulares y advendizos quizá haya que reprocharles y perdonarles de algún modo la aceptación de un cebo millonario. ¿Quién se resiste? Sin embargo, el prestigio del autor no limpia la componenda que los mancha. El premio, por supuesto, es legal y bendecido por toda legitimidad ya que lo da un conglomerado editorial y mediático privado y muy poderoso que hace con su dinero lo que quiera. El modo en que se presenta a la opinión pública y a la sociedad es otra cosa: es un hipócrita mecenazgo, una farsa superproducida y mantenida en el tiempo, un vodevil anual.

Llegados a este punto aporto mi propia información que hace años me facilitó un escritor muy reconocido que me vino a decir lo que en el mundillo literario ya sabía: que el Planeta se encargaba a determinado autor o autora de un año para otro, lo cual me provocó una duda inquietante. Si es así… ¿el receptor del premio no es éticamente reprobable por cómplice… por no decir otra cosa?   

Así que si usted tiene cualidades literarias y se presenta al Planeta sepa que se va a comer un colín o dos, aunque escriba la novela rompedora del siglo que revolucione la Literatura Universal. Cualquier novelita de consumo fácil o seriable para la tele, como los libros del trio de la Mola, escrita por algún personaje popular y mediático como Sonsoles Onega, se llevará el bocado. El Planeta es más generoso en la cuantía del premio que el Nobel pero está a galaxias de distancia de éste en prestigio, es un círculo selecto de selectos, una acción puramente comercial, que monta un sarao sobre la inocencia de centenares de escritores ingenuos.   Conviene saberlo porque cada año se repite la misma historia como la del tonto Simón.

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