De heresiarcas, traperos y hombres de Dios (25)

Manuel Cabezas Velasco.- A la población de Híjar llegaban, no sin dificultades, la joven pareja con su retoño. Cinta e Ismael habían sorteado infinidad de obstáculos desde que se despidieran del grupo que acaudillaba Sancho de Ciudad. Híjar les pareció un lugar seguro para pasar la noche, antes de iniciar una nueva andadura, aunque aún no sabían la suerte que correrían.

heresiarcas
Judería de Híjar

Cuando asomaron los primeros rayos de sol por el ventanuco que poseía la modesta habitación donde los jóvenes pasaron la noche, los muchachos se prepararon para iniciar una nueva travesía.

Salieron de la discreta posada y se toparon con una mujer que iba cargada con varios fardos. Presto estuvo el joven muchacho para coger los bultos que parecían hacer perder el equilibrio a la señora. Llegó Ismael en el preciso instante para sujetar los diversos enseres dando de bruces con el suelo y sirviendo de colchón a la sufrida mujer.

– Dios mío, muchacho, ¿estás bien? – preguntó desconcertada la dama al joven salvador.

– No se preocupe,… señora… ¿Cómo podía llevar tanto peso? – respondió aturdido Ismael.

– ¡Ay, muchacho, son cosas de la casa, cuando tú tengas familia lo entenderás! – le indicó la señor al joven, sin haberse percatado de que no estaba solo.

– Tiene usted razón, aunque familia sí que tengo, señora – respondió el joven dirigiendo la mirada a su amada y su retoño.

En ese momento, la mujer se levantó del suelo y se percató de la presencia que justificaba la afirmación del improvisado ayudante.

– ¡Perdonad joven, no sois de aquí! ¿La joven y el bebé son su familia? Le debo una disculpa, además del mayor de mis agradecimientos. ¿De dónde sois? – miraba de reojo a las dos personas que contemplaban la grotesca escena.

– No, señora. Venimos de muy lejos. No hice nada más que tenderle una mano al observar las dificultades que atravesaba – respondió amablemente el muchacho.

– Me siento en deuda con usted, joven. Sé que no sois de aquí pues a todo el pueblo conozco, mas ¿habéis probado bocado? ¡Los veo muy mal alimentados para hacerse cargo de un bebé! – precisaba la mujer a su salvador espontáneo. Le mostraba agradecimiento y analizaba la difícil situación por la que intuía que los jóvenes atravesaban.

– Señora, no hay nada que agradecer, no queremos molestarla… – el muchacho humildemente trataba de no resultar una carga para la señora. Quería mantener la discreción para no caer en manos de la justicia que delatasen su situación.

– ¡No hay nada más que decir! ¡Venid conmigo! ¡Insisto! – precisó la señora al ver las delgadas facciones de la muchacha y pensar qué desventuras habrían tenido que soportar para mantener el bebé a salvo.

– ¡De verdad señora, no os preocupéis…! – en ese momento la señora observó en el suelo unos documentos que asomaban de las pertenencias del joven. Contempló una grafía que le resultaba familiar, mas no era de lengua castellana sino en caracteres hebraicos. El muchacho se dio cuenta de la mirada puesta por la mujer y escondió rápidamente los papeles incriminatorios.

– No te preocupes muchacho. ¿Sois judíos o conversos? Mi nombre hebraico es Mariam, aunque en los tiempos que corren, todo el mundo me conoce como doña Juana – se dirigió a la joven pareja para tratar de serenarlos y aplacar la expresión de temor que habían empezado a mostrar sus rostros. Estáis en Híjar, una población que tiene su propia judería, a la que pertenezco. Tenemos una sinagoga, horno propio, escuela talmúdica, baño ritual e, incluso, una imprenta cuyos libros son muy apreciados. Además, contamos con la inestimable protección del señor duque. Por ello, joven, me fue fácil reconocer los documentos que habían ido a parar al suelo.

– ¡No,…  somos cristianos, aunque sí conocimos a personas que profesaban la religión mosaica, que nunca olvidaremos! – respondió más serena la joven madre.

La señora atisbó la puerta de su casa y les indicó que la siguieran. – ¡entrad, por favor, ahora os preparo un buen refrigerio! – les dijo a la joven pareja.

El anhelado desayuno apenas duró un santiamén en manos de la joven pareja que tantas calamidades había sufrido. Doña Juana, su anfitriona, comenzó a observar que la situación de los jóvenes padres no era muy boyante, y les propuso prolongar su estancia en su localidad.

– ¡Señora, os agradecemos vuestra hospitalidad, pero no queremos ser un estorbo para nadie, pues ya vio los papeles que poseo, y no queremos traerla ningún quebradero de cabeza! – refirió agradecido el joven Ismael a la conocida como doña Juana.

– ¡Sigue sentado muchacho! – la señora le indicó tierna y amablemente. ¡No me debéis nada, pues fui yo la que cayó de bruces contra vos, y además he observado que atravesáis por dificultades! – siguió dirigiéndose a los jóvenes. Si no me equivoco, ¿acaso el bebé está bautizado? Por vuestra juventud y pocos medios, ¿habéis contraído matrimonio? – siguió haciendo varias preguntas la señora, antes lo que los jóvenes mostraron un gran pesar. ¡No se hable más, os quedáis en mi casa a dormir y mañana os digo lo que se me acaba de ocurrir!

La joven pareja asumió su nueva condición de huéspedes de Mariam, doña Juana para los residentes hijaranos. Al joven para no sentirse inútil le fue asignada la tarea de que fuese a cortar algunos troncos de la leña que había acumulada en la parte trasera de la casa. La joven Cinta seguiría con atención las instrucciones que la señora de la casa le iba indicando, ayudándole tanto en las tareas domésticas como en la cocina.

Llegó la noche y Mariam ya tenía dispuesta una modesta habitación para que la joven pareja y su retoño pasaran la noche. Al día siguiente su vida daría un auténtico vuelco.

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El nuevo día había comenzado para los pasajeros de la fusta que surcaba las aguas del Mediterráneo. La añoranza que mostraban las conversaciones hacía rememorar a los que atrás se habían quedado. No sólo en la mente de los conversos estaban los que quedaron en tierras de Ciudad Real, sino que la que oficiase de comadrona ocasional, María, esposa del heresiarca, tenía en su mente a la joven pareja y su retoño. ¿Por dónde estarían Cinta e Ismael con su bebé? – suspiraba para sí.

– ¿Qué te ocurre María? – preguntó Sancho a su absorta esposa, pero parecía tener la mirada perdida y muy lejos de las conversaciones que entre los huidos discurrían.

– ¡Nada, mi señor, pensaba en los jóvenes que dejamos atrás! ¿Cómo estarán? ¿y su bebé? – mirando con añoranza dirigióse a su esposo, recordando a los que atrás habían dejado.

– ¡Cierto es, amada mía, que poco más podíamos hacer! Nuestro pasaje era limitado, pues nosotros también dejamos a la familia atrás para huir de las garras de los Hombres de la Cruz. Aunque, también pienso si al entregarle aquellos documentos al muchacho, no les puse aún más en riesgo – haciéndose cargo de la preocupación de su dama, hizo Sancho su propia reflexión de lo ocurrido y también recordó a la joven pareja.

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