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El comercio de la música

- 23 enero, 2018 – 09:013 Comentarios

ruido-blancoPara que la música sea tocada o escuchada, se necesitan objetos que se puedan conseguir a través dela compra-venta. Y creo que la endeblez del comercio de la música es un síntoma del estado decadente de la música actual en general. Porque toda actividad que genere una actividad económica estable induce a que haya comercio, afecte al crecimiento y el progreso de dicha actividad ya que haya personas que puedan dedicarse profesionalmente a ella. Y viceversa: la falta de posibilidades desincentiva la oferta de dicha actividad, provoca la disminución de profesionales, y – en el caso de la música – la falta de referentes creativos nuevos.

Antes, los medios para grabar un disco solo estaban a disposición de las compañías discográficas. Hoy en día, la tecnología necesaria es bastante asequible económicamente: cualquiera puede grabar un disco. Esto ofrece la ventaja de que el acceso al mercado ya no dependa de la voluntad de los directivos de las compañías. Pero ofrece una desventaja: los problemas del mercado hansupuesto que muchas compañías pequeñas hayan desaparecido. Por otra parte, el mayor problema de la venta (dar salida a la oferta) está en la distribución. Cualquiera puede grabar un disco, pero su promoción y difusión puede resultar mucho más difícil porque… ya no hay tiendas, que eran los sitios adonde uno acudía para ofertar y demandar.

A mí me gustaba pasear por las tiendas de discos cuando me desplazaba a Madrid o a alguna otra ciudad, mirar, palpar los discos y decidir cuáles de los escogidos me llevaba y cuáles no. Todavía prefiero escuchar música a través del disco. Evidentemente, la tecnología ha supuesto también que las tiendas de discos que quedan estén en peligro de extinción. No solo por la evolución tecnológica de los medios de reproducción, sino (¡evidentemente!) por la posibilidad de disponer de grabaciones de alta calidad de forma gratuita. Si primero fue la “copia pirata del C.D.”, luego fueron las plataformas digitales, capaces de llegar a los lugares más recónditos del Mundo: cuando quiero encontrar algo, inmediatamente además, busco en Youtube, o en Spotify, y raro es que no encuentre algo que me apañe. El fácil acceso a través de Internet tiene mucho que ver con la crisis del mercado musical. Se dice que las formas de comerciar en el futuro (o sea, ya) tenderán más a la compra a través de Internet de servicios que de objetos. Es decir, en vez de comprar un disco que tal vez oiga muy poco, me salga más rentable comprar telemáticamente una pieza. Sea como sea, ya no se puede hablar de la crisis del comercio discográfico como algo transitorio, sino de un cambio de modelo sin vuelta a atrás.

union-musicalEl caso de las editoriales es similar, o peor aún. Normalmente, la ejecución de una obra en partitura requiere un tiempo largo para su estudio. A diferencia de un libro de texto, suelen constar de muy pocas hojas. En las “ferias de libros de ocasión”, es frecuente encontrar cuadernillos de cuatro u ocho páginas de música, que servían para el entretenimiento doméstico, con la misma función de una revista.Claro, que una buena edición, además de cuidar el tamaño de las páginas o de las fuentes de impresión, cuida la calidad del papel ¿Pero a quien importa eso, si se puede obtener una partitura fotocopiando unas pocas páginas? Las partituras de música ya no son baratas: si uno está bien dispuesto a pagar el precio de un libro pensando en el coste de imprenta como punto de partida, en el caso de una partitura, la relación precio/peso, parece demasiado descompensada. Pero no le echemos la culpa a las copisterías: hay páginas en internet donde poder descargarse gratuitamente las grandes obras maestras de la música que estén libres de derechos de autor. En estas condiciones, mantener a flote una editorial es muy complicado, y los editores no arriesgan apostando por gente nueva. Editar en casa una partitura de calidad profesional es muy fácil (y barato, si el programa de edición de partituras es pirata), pero ¿cómo distribuir una partitura? ¿qué valor se obtiene de la creación musical si no se puede distribuir en el mercado – independientemente de la retribución económica que genere? ¿Vamos a extrañarnos de la ausencia de “nuevos valores” en la composición o la interpretación? Tampoco resulta fácil conseguir partituras “fungibles”, y mucho menos para consultar meramente obras sujetas a derechos de autor, con lo cual resulta complicado acceder (y por tanto escuchar en concierto) a música compuesta recientemente. Por cierto, me gustaría saber cuántas bibliotecas musicales – con préstamo de partituras – hay en este país. Seguramente cabrían en los dedos de una mano (y si estoy equivocado, acepto gustoso la enmienda). En nuestra región, creo que ninguna.

Las tiendas de música son otros establecimientos en peligro de extinción. En Ciudad Real todavía pervive una en el centro de la ciudad, Musireal. Otras aventuras perecieron en el intento. Había clientes que se quejaban de que los encargos de partituras tardasen demasiado en llegar. Ramón Sobrino, dueño de Musireal, me explicaba que estaba completamente a merced de las distribuidoras, responsables de las demoras. Aunque más bien habría que decir irresponsables: si la gente se impacientaba demasiado, no recogía el libro que había encargado, y Ramón tampoco lo podía devolver, sin que las distribuidoras se responsabilizaran en absoluto del trastorno que generaban a la tienda ni a sus clientes. Afortunadamente, las tiendas de música subsisten vendiendo accesorios necesarios: cuerdas, boquillas, cañas, fundas, atriles, cuadernos, baquetas… Incluso se ven instrumentos dentro, y en el escaparate. Pero a este paso, también terminarán por desaparecer de la vista los instrumentos, y sabremos lo que es un oboe viendo simplemente imágenes, como los niños aprenden lo que es un pollito vivo. Resulta curioso que este problema afecte incluso a la capital de España, donde el número de tiendas de música ha menguado respecto a hace dos décadas. La comparación con Londres, por ejemplo, es odiosa.

Comenzaba este artículo reflexionando sobre cómo afecta la decadencia del comercio a la decadencia de la música.Es obvio que tanto la tecnología como el comercio, en general, están evolucionando hacia un punto impredecible, donde la venta por internet supone ya una amenaza para el comercio tradicional (ya que la venta virtual reduce los costes que conlleva una tienda física), y que dicho tipo de venta absorbe las necesidades de las personas que no acuden a la tienda. Pero no nos confundamos: no es la crisis de las tiendas tradicionales o la forma de compra-venta, sino la crisis de la infraestructura comercial, cuya paulatina extinción conlleva nefastas consecuencias que nos afectan a todos.

Antonio Fernández Reymonde
Ruido Blanco

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3 Comentarios »

  • luis dice:

    Cuántos discos he regalado y me han regalado. Era un placer pasarte por la tienda de tu confianza y que el dependiente, auténtico apasionado de la música, te pusiera al día de lo último de U2… Pero no solo las tiendas de música están en vías de extinción, no hay ningún negocio pequeño que se salve. ¿ Dónde están esas tiendas de ultramarinas, donde, nada más entrar, los aromas a café recién molido, a pimentón, a bacalao te envolvieran placenteramente. A este paso no quedará en pie nada que huela a pequeño negocio. Tal vez las tiendas gourmet. Esas tahonas, con ese rico olor a pan recién salido del horno, según me contaba un panadero días atrás, tienen los días contados. Las grandes superficies venden pan que reciben congelado y en un pequeño horno lo cuecen para darlo casi regalado. Amazón y las grandes superficies serán los que partan el bacalao.
    Reconozcámoslo, con una simple conexión a internet, un solo clic, tenemos acceso a esa canción que nos viene a la memoria y nos apetece escuchar, pero hemos perdido mucho por el camino.
    Lo que no entiendo es cómo no hay todavía mucho más desempleo.

  • claroQueSi dice:

    Muy buen artículo.
    Aunque me surge una duda: Dentro de todo esto que expones, ¿como se explica el auge del vinilo?

  • Charles dice:

    El mundo de la industria musical ha cambiado mucho en los últimos años.
    Desde hace unos quince años, el formato físico ha sufrido una caída ininterrumpida de ventas por la entrada en el mercado de unos nuevos actores como el ‘streaming’ o las plataformas de consumo gratuito.
    Yo prefiero el vinilo. No hay nada más agradable que cerrar los ojos con el tocadiscos de fondo y ver pasar el tiempo.
    Aunque, ahora, el vinilo ha experimentado una ligera subida en 2016 como objeto de coleccionista.
    Lo mismo ocurre con las tiendas de discos. Por ejemplo, en el Reino Unido, de más de dos mil a tan solo doscientas tiendas de discos por el ‘todo gratis’ de Internet.
    Es el mismo panorama que afecta a las tiendas donde puedes comprar partituras. Recuerdo mis largas visitas y los consejos que me ofrecían en tiendas como Unión Musical, Garijo (hoy Mundimúsica) o la Casa de Música ‘Respaldiza’, donde las bandas de música de los pueblos se nutrían de instrumentos y accesorios, así como de alguna que otra reparación.
    En definitiva, el consumo de música digital se ha ido popularizando en las últimas tres generaciones gracias a su facilidad de uso, mayor contenido y penetración de dispositivos inteligentes como el ‘smartphone’, sin embargo, la ‘Generación X’ y los adultos ‘Millennials’ aún mantienen vivo el consumo de música de manera tradicional….

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