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Alfileres. Parte II

- 23 septiembre, 2018 – 17:474 Comentarios

postales-desde-itacaDejó de apretar la mano derecha porque tuvo miedo de pincharse con el alfiler viejo de su abuela. Lo había metido en la maleta, entre el pijama y su ropa interior. Y esa mañana lo había cogido con alegría porque, al fin, iba a cumplir su promesa del verano anterior. Las normas del guía cayeron como un jarro de agua fría sobre ella esa mañana en el hotel:

—Iremos de tiendas, claro que sí. —La pérfida sonrisa del guía mientras decía estas palabras ya la había mosqueado—. Pero solo a las que yo diga. Es por optimizar el recorrido. Daremos un paseo de dos horas, durante las cuales veremos la catedral por fuera, iremos a una tienda de aceites de la zona y después a una de recuerdos, donde podréis comprar lo que queráis. A las doce y media saldremos para Córdoba y comeremos a mitad de camino.
Xia se desmoronó en ese instante. Tanta preparación del viaje, tantos planes, tantas noches echadas con Yuga para pasar un día divertido en Toledo no iban a servir para nada. No las iban a dejar estar a su aire, escaparse un rato del control vigilante del guía, pasear por las calles estrechas que si estiras los brazos tocas los dos lados, como le había contado Alfredo, contemplar el río desde el puente de Alcántara o probar las carcamusas. Tanto esfuerzo para convencer a su padre de que aquel viaje a España le vendría muy bien y se lo merecía por las buenas notas, el ánimo de su madre para que saliera sola por primera vez del país… Todo había sido en vano porque aquel viaje era una cárcel, sí, al aire libre, pero sujeta a las normas estrictas que casi no le permitían respirar sin pedir permiso. ¿Compras? ¿Para qué quería ella comprar una espada o una figura de una bailarina? Ella quería caminar, ver las piedras de los conventos, las momias de San Andrés, tomar el vino de Alfredo en alguna taberna y, al caer la tarde, meditar en el claustro de San Juan de los Reyes. ¡Se había preparado ese día tan especial con tantas ganas! Yuga se dio cuenta del desánimo de su amiga y la abrazó levemente.
—¡No te preocupes! Encontraremos el modo de llevar el alfiler… —le susurró esa mañana Yuga.
Pero allí seguían en la calle. Quietas, mientras la gente a su alrededor sí caminaba, se movía: los turistas que echaban fotos a la armadura y pasaban de largo camino a Zocodover; la gente de allí que cargaba con maletines e iban a sus puestos de trabajo, con la suerte de poder trabajar viendo desde sus oficinas los pináculos de la catedral; los escolares que en fila iban a recorrer el casco para acabar pintando el río desde el puente de San Martín… Todos eran libres y se podían mover, menos ellos, atados al empedrado de la calle delante de una tienda de recuerdos.
Entonces, se decidió. ¿Qué era lo peor que le podía pasar? ¿Qué se tuviera que volver a su país? ¿Y qué? Si el resto de ciudades las iba a visitar de igual manera: desayuno en hotel, visita de dos horas de las cuales una era en tiendas, vuelta al autobús, otra ciudad, otro hotel y al día siguiente vuelta a empezar. Decidió arriesgarse.
El cuarto grupo estaba a punto de entrar. El guía salió, hizo el recuento de gente, colocó a los recién salidos a la derecha e hizo pasar al siguiente grupo. Miró fijamente a Xia. «Esa chica trama algo. Lleva nerviosa desde esta mañana». Pero dejó de pensar en ella cuando uno de los viajeros le dijo que él quería una espada. El guía se frotó las manos porque un porcentaje de esa venta iría a parar a su bolsillo, aunque eso el viajero no lo sabría nunca.

Cuando se metió el último del grupo, Xia se lanzó a correr por la calle escondida. Tuvo que sortear a un grupo de mujeres que salían de desayunar de un bar que estaba en una especie de plazuela. Siguió corriendo, pero, al llegar a la esquina, se paró. Dudaba si ir a la izquierda o derecha. Miró el reloj. «Tranquila, quedan nueve minutos». Recordó el plano en su cabeza. A la izquierda, se veía la calle un poco más concurrida. A la derecha, se iba estrechando. Miró enfrente y vio una señal de tráfico azul con una flecha que indicaba a los coches la dirección a seguir. No lo pensó. Quizás el destino le estaba contestando a través de esa señal. Llegó a una pequeña plaza. Una furgoneta de reparto asomaba el morro entre dos paredes de piedra y pitó para que se quitara de en medio. Era allí. Solo tenía que andar unos pocos metros y estaría la virgencita. Miró el reloj. Tres minutos. En la esquina, aguardaba impaciente a que pasaran un par de coches más. ¡Oh, no! Uno de ellos era muy grande y parecía que no iba a caber por ese tramo. El coche iba muy despacio. El conductor calculaba al milímetro los movimientos para no rozar la carrocería brillante. Xia se impacientaba. Al final, el conductor pasó, no sin antes hacerle un gesto de agradecimiento a Xia por su paciencia.
A la izquierda, en un rinconcito, estaba la hornacina con la virgencita. Llena de alfileres y papelitos, con mensajes de amor, supuso Xia. Contempló en su mano el alfiler de su abuela. Cerró los ojos y pidió un deseo, lo que en ese momento anhelaba con todo su corazón. Depositó con mucho cuidado el alfiler, que se quedó allí, mezclado con los de amor, desamor, esperanzas, ilusiones, alguna broma entre amigas y deseos sinceros de encontrar a alguien a quien amar.
Seis minutos. Pero Xia ya no corría. Le iba a dar tiempo. Solo era desandar lo andado. Volver tras sus pasos. Cuando llegó a la calle escondida, como la había bautizado ella, se dio cuenta de que algo raro pasaba. Se oía a alguien vociferar y vio cómo una silueta se quedaba escondida en la esquina. «Parece Ming». El chico le hacía señas para que se apresurase y ella corrió hacia él. Justo cuando llegó a su lado y le iba a preguntar qué pasaba, él le agarró la cara con las dos manos y comenzó a besarla. Ella fue a zafarse de él cuando una voz retumbó a su lado:
—¿Pero no os he dicho que no os podéis mover de la calle? Esto os va a costar la vuelta… —El guía gesticulaba mucho cuando gritaba y la gente que pasaba alrededor lo miraba desconcertada.
—Nosotros… bueno… es que… —Ming hablaba con vergüenza y agachó la cabeza.
—Venga, vamos para allá. Y no os salgáis del grupo. Ya tendréis de tiempo de besaros en otro lado —refunfuñaba el guía de vuelta a la tienda de recuerdos.
Ming y Xia iban de la mano, no sabían por qué. Al separarse, se la habían dado para aguantar la bronca juntos y no se la habían soltado. Caminaban cabizbajos detrás del guía, que caminaba con el porte de los carceleros cuando descubren que un par de presos se han intentado fugar.
—¡Gracias, Ming! —murmuró Xia.
Ming le apretó la mano suavemente.
—No volvías y ha salido antes, encima cabreado porque el último grupo apenas ha comprado nada. Ha empezado a hacer el recuento y, como no llegabas, he ido a buscarte. No sabía si te iba a encontrar —respondió Ming—. Lo del beso… No tenía un plan… pero he creído que mejor que pensase que nos habíamos escondido a que te habías largado del grupo.
—No pasa nada —Xia sonrió—. Y no ha estado mal…
—¿Lo has conseguido? ¿Has echado el alfiler? —le preguntó Ming.
—¿Cómo sabes… la historia? —preguntó extrañada Xia.
—Yuga y su incontinencia verbal —rio Ming.
—Sí. Ahí lo he dejado. Pero no he pedido novio, ¿eh? —Se soltaron las manos—. Voy a decirle a mi padre que quiero estudiar aquí un año y así seré libre para ver lo que yo quiera, al ritmo que yo me ponga.
—Es muy buena idea, Xia. —Llegaron a donde estaba el resto del grupo. Yuga se acercaba con cara de desconcierto hacia ellos. Antes de que los alcanzase, Ming le susurró al oído a Xia—: Y yo no te he besado por el alfiler.
Mezclados entre el resto de la gente, no dejaron de sonreírse.
Quién sabe, tal vez el alfiler había actuado por su cuenta.


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

 

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