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Círculo fórmico

- 13 enero, 2019 – 11:342 Comentarios

Óscar se encierra en el baño. Sentado sobre la impoluta taza grisácea del cuarto de baño de su dormitorio, respira fatigosamente. Ya le ha pasado más veces.

De repente, el corazón se le acelera y la respiración parece que le falta. Ha ido al médico, asustado, pero este le ha dicho que está sano, ni a su corazón ni a sus pulmones les ocurre nada anormal. Pero él sabe que no es así. En los últimos meses ha sucedido más a menudo, con intervalos de tiempo más cortos.

Menea suavemente el vaso de whisky que ha colado a escondidas. El espejo del lavabo le refleja solo su cabeza. Se contempla con detalle. Las canas, las entradas, las arrugas, la sonrisa cansada… Mira al suelo de linóleo blanco y ve a una hormiga. Sola. En mitad de una baldosa. La hormiga corre hacia la puerta. El primer impulso de Óscar es pisarla, pero se detiene. Quiere ver hasta dónde llega el bicho, si consigue salir del asfixiante baño. La hormiga avanza decidida hacia la puerta. Óscar la jalea en su cabeza: «Vamos, bonita, vamos. Te queda ya muy poco». Pero entonces la hormiga se detiene. Si Óscar se acercara hasta el suelo, vería que mueve su cabeza, eso imagina él. La hormiga da la vuelta. Vuelve hacia la junta opuesta de la baldosa. Y Óscar hace un gesto, apenas perceptible, de contrariedad. Había confiado en que la hormiga saliera. Vuelve a mirarse en el espejo. Y recuerda la primera vez que tuvo la sensación de ahogo. Fue el día que decidió marcharse, dejar todo. Cuando iba por el estrecho pasillo de su minúsculo apartamento, la voz de Ana lo retuvo: «Saca a Lucas, que hoy no me da tiempo». Y entonces pospuso su marcha, porque aquel podenco adoptado se merecía su paseo diario. Así que cogió la correa y un par de bolsas y lo llamó: «Venga, Lucas, a la calle». Y, no supo si por el ejercicio o por respirar aire puro en el bosque, consiguió que el corazón y la respiración volvieran a su ritmo normal.

Mira a la hormiga, que vuelve hacia la puerta. «Vamos, que queda poco». La hormiga va rápida, ya conoce el camino. Pero, al llegar a la junta donde debe cambiar de baldosa, se vuelve a parar y regresa. Óscar mira el vaso de whisky. Hace un mes, cuando decidió largarse de nuevo, ya en el carril de todas las direcciones, una llamada de Ana interrumpió la escapada. «Óscar, cariño, compra unas berenjenas y nos hacemos una cenita de las nuestras». En el siguiente cambio de sentido dio la vuelta. Sabía lo que venía detrás de las berenjenas y de la sugerente voz de Ana. Las cenas entre vinos y risas que les llevaban al sofá, a la cama y a dormirse casi al amanecer. A los seguidos orgasmos no fingidos de Ana, a verla en la penumbra encima de él, a intuir sus pechos y sus caderas y con ellos dibujar la silueta de la noche. A la brusquedad de sus muslos cuando se corre. A la salvaje boca buscando devorarlo, esa mezcla de miedo y placer que a él le excita tanto. Así que paró en el supermercado y compró las berenjenas, un vino francés y condones. Y la respiración volvió a acompasarse al ritmo de su corazón.

La hormiga ahora está en medio de la blanca baldosa. Allí, es apenas una manchita minúscula. Óscar remueve el whisky con el dedo índice a modo de pajita. Se le ocurre que puede animarla. Con cuidado, deja una gota en la junta que la hormiga no se atreve a traspasar. «Venga, bonita, es solo un paso más». La hormiga titubea, eso cree Óscar. Se acerca hasta la gota, que se ha salido del estrecho pasillo ennegrecido que forma la suciedad de las juntas. Pero la hormiga no lo prueba. Regresa a su punto de partida: el centro de la baldosa. Vuelve a intentarlo varias veces más y ahora ya parece una carrera en círculos dentro de la baldosa. Óscar respira rápido, resopla por la nariz y por la boca. Nota que el corazón se desboca. Va al mismo ritmo que la hormiga. «Venga, joder, tienes que salir, tienes que escapar», le susurra a la hormiga. Pero la hormiga no lo oye. No lo entiende.
Óscar se vuelve a mirar al espejo. Cree contar nuevas arrugas y nuevas canas. Las ojeras se le marcan más que hace unos minutos. Y el vaso de whisky está casi vacío. La hormiga sigue dando vueltas y vueltas.

Un par de golpes en la puerta interrumpen la carrera frenética de la hormiga. «Cariño, ¿estás bien? Ya hemos sacado los postres».

Óscar escucha las risas de sus amigos en el salón. Resuenan lejanas, aunque estén apenas a cinco metros. Los pasos de Ana se amortiguan por el pasillo. La hormiga ha parado en mitad de la baldosa. Se pone en marcha de nuevo, esta vez hacia la pared. La cara de Óscar en el espejo simboliza el fracaso y la resignación de ambos. La hormiga, antes de desaparecer por una rendija, para. Óscar le dice adiós levantando el vaso ya vacío. Se refresca un poco la cara. Abre la puerta del baño. Tan fácil, tan sencillo. Un ligero movimiento para la salida. «Tú lo tenías más fácil, hormiga, mucho más fácil». El corazón sigue acelerado. El pasillo ahora es más largo y más estrecho. «Solo unos pasos más». Salir de allí, no volver, andar el resto de su vida en línea recta, o en zigzag, avanzando, no como la hormiga cobarde, que solo ha ido en círculo, y ha vuelto a casa deslizándose por la rendija. «Ahora». Deja el vaso vacío encima del taquillón de la entrada. Solo queda abrir la puerta. Los latidos le aturden. Con la mano en el picaporte, la voz de Ana sale del salón y llega hasta la entrada: «Cariño, tráete una botella de vino». La mano queda suspendida en el aire lo que a Óscar le parecen eternos segundos. La puerta de la cocina está al lado. Mira las dos puertas: la cerrada y la entornada. Y se desliza por la rendija de la puerta de la cocina para coger la botella. El corazón y la respiración vuelven a acompasarse justo en el momento que coge el sacacorchos del cajón. «¿Solo una, Ana?». Una carcajada por respuesta, que él toma como un sí, mientras Lucas se deja acariciar con la mano libre. «Tal vez mañana, amiga hormiga, tal vez mañana».


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

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