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El cantil del Diablo (2)

- 4 julio, 2019 – 19:07Un comentario

Un relato de Manuel Valero.- Pino Suances corrió hacia la mujer. Tuvo que chapalear en los golpes de mar que anegaban el bajío a cada embate de olas. Lo primero que hizo con la urgencia institintiva al que lo forzó el hallazgo fue comprobar si la mujer estaba viva o muerta.

La llevó a una zona donde no llegaban los lengüetazos del mar, le apartó los cabellos y las algas y le puso el oído en el pecho. Creyó notar un tenue latido. Para asegurarse acercó sus dedos a la nariz y observó con detenimiento el pecho de la mujer. Una vaga sensación como de hormigas vivas en la yema de los dedos le constató que estaba viva. Aquella mujer, aquella extraña mujer, que había aparecido medio ahogada contra la pared del cantil, aún mantenía un débil hálito. 

El farero ya no dudó. La cargó sobre los hombros y subió por el camino con la destreza de quien lo ha recorrido cientos de veces. Abrió la puerta del faro de una patada, subió las escaleras hasta el primer rellano de la espiral donde se encontraba la vivienda, y la depositó con cuidado en un sofá de cuero verde, herido de desconchones que dejaban ver la tripa lanar, al lado de una estufa enorme de hierro que enrojecía con los vientos del Norte.

La mujer estaba empapada. Pino Suances pudo verla con detenimiento en la tranquilidad del hogar. Con una sentencia gestual de una mano se quitó el perjuicio de desnudarla. La mujer estaba ensopada, el vestido se le ceñía al cuerpo y el escote dejaba ver la protuberancia de los senos. No era momento de estupideces. El no era un pervertido, o un desalmado, era un farero honrado. La desnudó con mimo, la cubrió con una manta, la volvió a coger entre sus brazos, la dejó en la cama y la arropó.

Pino Suances se sentó junto a ella en una mecedora. La habitación se iluminaba con los últimos rayos de la tarde que doraban los cristales de una tronera. Encendió la luz de una pequeña tulipa que había en la mesita de noche. Sobre la mesa hervía un generoso caldo de jamón. La miraba.

¿Quién era? ¿De dónde venía? ¿Qué le había pasado? Por qué iba vestida como si fuera a casarse?

Una tos repentina lo distrajo de sus interrogantes. Se levantó, atendió a la mujer, cuya garganta regurgito agua de mar. La mujer abrió los ojos, atemorizada trató de incorporarse.

-¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? –dijo.

-No tenga miedo. soy el farero. Está usted en mi faro. La he encontrado allí abajo.

Pino Suances le acercó una taza de caldo.

-Beba- le dijo.

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