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De vuelta

- 10 mayo, 2020 – 22:148 Comentarios

No puede dejar de mirarla. La melena rubia peleando contra el viento. Sujeta un vaso de plástico mientras ríe a carcajadas con sus amigas. Y los ojos verdes que no dejan de mirar alrededor hasta que se topan con él.

Consciente de su belleza, está acostumbrado a las miradas descaradas, las de deseo; las temerosas y las desafiantes. Pero nadie jamás lo ha hecho como Carol cuando está sola.

                Y ahora no deja de perseguirla. Sabe que al amanecer camina hasta la playa y pasea por la arena con las zapatillas en la mano. Él quiere tocarla, rozarla, que sepa que está a su lado. Pero ella siempre guarda las distancias, aunque se le quede mirandofijamente, retándole con los verdes ojos a que se lance, a que se fundan. Él titubea algunas mañanas. Se acerca, se aleja, se acerca, sevuelve a alejar. Cuando ella se sienta y se recoge el pelo, él se queda quieto. Le fascina la manera en que lo hace, entrelazando los dedos en la goma que cuidadosamente ha deslizado de la muñeca. Con las dos manos, junta todos los cabellos, repasa que no quede ninguno suelto y entonces apoya las manos sobre la arena. Y él vuelve a las andadas: a querer tocarla, a adivinar a qué sabrá su piel, a jugar recorriendo su cuerpo despacio, a imbuirse del aroma que desprende recién levantada cuando sale a caminar.

                Pero nada de eso ocurre. Ella se levanta y se marcha. Y él quiere perseguirla, saber dónde irá después, qué les dirá a los pescadores que regresan a sus casas que les hace sonreír, escuchar los cuchicheos que la panadera le dice. Sabe que no puede ir a más. Podría atreverse, claro. La podría ahogar con las impetuosas ganas que tiene de abrazarla. Y, calmado, después de verla partir doblando la esquina del viejo pasadizo que comunica la playa con el pueblo, se retira. La verá más tarde. Regresará con las amigas. Siempre lo hace.

                Carol camina contenta hacia casa. Le sienta bien el paseo de las mañanas hasta la playa, aunque últimamente tiene una sensación extraña. Se siente observada. Ha mirado de reojo a las casas por si alguna cortina indiscreta se movía. Pero todo estaba en calma, hasta el mar.

                La panadera le ha confesado que hoy han hecho unas trenzas de crema espectaculares. «He dejado una con tu nombre». Cuando regrese a la ciudad, va a tener que apuntarse al gimnasio. Pero todavía queda para eso. De momento disfruta de esas vacaciones tan deseadas. Y abre la puerta roja de madera de la panadería dispuesta a llevarse esa trenza y algún capricho más.

Al mediodía, llegan a la playa todas juntas. Extienden sus toallas sobre las hamacas. Se tumban mientras Cris les habla del tío con el que se enrolló anoche.

                —Esta noche volvemos al mismo garito.

                —Pero si la música era cutre —dice Susana.

                Cris encoge los hombros. Ha ido allí una semana para eso. No quiere más. Playa, amigas y tíos. Y no por ese orden.

                —Creo que alguien me está siguiendo —dice de repente Carol.

                Todas se incorporan y la miran.

                —¿Un tío? —pregunta Sonia.

                Dice que no con la cabeza.

                —No, no creo. —Duda si seguir, pero lo hace—: Es una sensación. No he visto a nadie.

                Cris se vuelve a poner las gafas de sol que se había quitado. Se tumba de nuevo.

                —De todos modos, no estaría mal que te llevaras el espray de pimienta cuando sales a pasear sola.

                Las demás se echaron a reír.

                —Creo que te ha caducado sin haberlo estrenado, Cris. Tus paranoias te pueden —dice Sonia—. ¿Nos bañamos?

                —Id vosotras. Me quedo leyendo un rato —contesta Carol. Las mira cómo se quedan en la orilla, excepto Cris, que siempre se va nadando hasta las rocas del viejo faro. Abre el libro y se pone a leer.

                Él está observando a Carol desde que ha llegado. Ahora, con el gentío, ella apenas lo ha mirado. Un vistazo rápido, pero no se ha detenido en él. Los ojos verdes escrutan la playa de izquierda a derecha, detrás y delante. No se preocupa. Sabe que por la tarde irá al paseo del viejo faro. Y desde allí también puede espiarla. Como ha hecho todas las tardes en la última semana.

                La lluvia amenaza mientras comen despreocupadas en el chiringuito de siempre.

                —Hoy se te estropea el paseo de la tarde, Carol —dice Cris mientras se vuelve a llenar la copa de vino.

                —Llevo chubasquero —responde señalando la bolsa que está a los pies.

                El camarero les trae la cuenta. La repasan y calculan a cuánto tocan. Carol vuelve a notar la extraña sensación de la mañana. Gira la cabeza hacia la playa, pero está vacía. Solo una pareja de extranjeros recoge sus cosas en una mesa de la terraza. Por lo demás, el paseo está sin un alma. «Pero alguien me mira», piensa mientras se levanta con el resto.

                Mientras contempla cómo Carol se aleja con sus amigas, se enfada cada vez más. La lluvia y el viento le hacen perder la calma. «Puede que no vaya al faro hoy», ruge para sus adentros. No soportará no verla, no escudriñar con sigilo todos sus movimientos. Y la rabia le hace gritar.

                —Vamos corriendo, que nos empapamos —grita Sonia tapándose la cabeza con la bolsa de la playa. Se ríen todas a la vez. El mar está alborotado y resuena el sonido de las olas en las fachadas de las blancas casas, que, majestuosas, hacen gala de su posición privilegiada en primera línea de playa. Pisan los charcos con las chanclas. Cris se escurre y, tras comprobar que está bien, explotan las carcajadas. En el túnel se paran un momento para colocarse de nuevo las bolsas en la cabeza, menos Carol, que saca el chubasquero. Mientras se lo pone, mira atrás y un escalofrío le recorre el cuerpo. No sabe si es por el cuerpo mojado o porque alguien no deja de mirarla, aunque ella no vea a nadie tras la cortina de agua. Pero él está ahí, siempre estará ahí. Y ella lo intuye, aunque no sepa quién es.

                A media tarde ha vuelto a salir el sol. Carol sale a pasear por el camino del viejo faro. Le gusta ver el mar desde allí. El viento le azota en la cara, pero no le importa. Aprovecha esos paseos para pensar en los nuevos proyectos, aunque no debería. Le han comunicado el ascenso justo antes de irse de vacaciones y está nerviosa. Un equipo nuevo y mayor responsabilidad. Aunque conoce a la mayoría, no sabe qué tal encajará. Se detieneen el borde del acantilado.

                Ya la ha visto. Con su inconfundible chubasquero, camina despacio por el sendero. Va sola, como siempre. Hoy, con el intermitente viento, los turistas no han salido a pasear. Ella sí. «Carol… Carol… Carol…». Pronuncia su nombre en un murmullo. Intentará subir por las rocas para estar más cerca. Quizá hasta pueda rozarle esta vez, aunque tendrá que ser rápido. No quiere asustarla. Solo una vez. Para saborearla, para olerla, para tocarla.

                Carol ya está arriba, donde siempre se coloca. Ella ha elegido ese sitio sin saber que es también su favorito. El borde del camino. Detrás; la pared roja desconchada del viejo faro; enfrente, la inmensidad azul. A los más intrépidos también les subyuga: la piedra es vertical y, desde allí, emulando a los grandes saltadores, algunos, los más valientes, se lanzan a las aguas para luego nadar bordeando la cala hasta llegar a la playa. Pero ha habido otros que no lo han conseguido. Tal vez el miedo al dar el salto ha hecho que perdiesen la fuerza necesaria para salir a la superficie; quizá, la temeridad de la juventud les ha hecho calcular mal la trayectoria y han chocado con las rocas; en cambio, hay otros que saltaron con la esperanza de no salir jamás.

                Carol lleva el pelo suelto; tras la ventolera, reposa suavemente sobre sus hombros. Él intenta trepar alguna roca más. Hasta que la oye hablar, pero no sabe con quién. No avanza más.

                —Mañana regresamos. —Se calla—. Sí, yo también te echo de menos. —Vuelve a quedarse en silencio—. Mucho, mi amor.

                Y él, al escuchar esas palabras,estalla de rabia. Entonces, todas esas miradas calladas, todos esos silencios vespertinos que le ha dedicado estos días,¿a quién iban dirigidas?¿Acaso solo reflejaban el deseo de estar con otro en ese lugar? ¿No brillaba su mirada por su indescriptible perfección? Él es consciente de su belleza, bien que se lo hacen saber cuando le hacen fotos a escondidas; a veces, le dedican bonitas palabras cuando están cerca para que él las escuche. Admiran su fuerza y alaban su calma. Aunque ha oído a algunos pescadores echar pestes sobre él, en solitario le idolatran; para algunos, ha sido su único amor. Él se siente orgulloso de ser el centro de atención de ese mísero pueblo costero. El gran cambio que se ha producido en sus vidas es solo gracias a él. Claro que a veces se lo agradecen. Pero, otras muchas, sabe que a escondidas le tienen miedo. Y eso le da más placer. Es todopoderoso. Y nadie puede escapar de su encanto. Menos Carol… ¿Por qué no se ha acercado a él entonces? Sus amigas han coqueteado con él, incluso una de ellas, Cris, ha ido a más y él se ha dejado hasta donde ella ha querido.

                Se enfurece cada vez más. Sabe lo que viene a continuación. Se conoce tanto. La fuerza del deseo de tenerla, aunque sea solo una vez, es más fuerte. Ya no lucha contra su instinto, descubrió hace ya mucho tiempo que es su esencia. Solo tiene que llegar un poco más arriba cuando esté despistada, agarrarla por los pies y llevársela. Nadie los verá desaparecer. Y será suya para siempre.

                Entonces, en sus brazos, él podrá someterla.No es la primera vez que lo hace. Tiene un ritual. Ella al principio luchará, pataleará y dará manotazos para liberarse de él, pero no servirá de nada, porque él es más fuerte. Ella, desesperada, dejará entonces de pelear y tendrá que ceder. Disfruta pensando en la mirada vacía de sus víctimas cuando entienden,justo en ese momento, que ya nada es posible. De la rabia y la furia de la batalla pasan al miedo y al pavor, para, después de esa mirada vacía, llegar al terror y a la comprensión de que nada pueden hacer. Entonces se dejan llevar. Y él los ahoga relamiendo el dominio que le han otorgado. Después, los mece con suaves arrullos, como ve que hacen las madres con sus bebés en la playa. Solo recuerda los ojos de los muertos; sin vida, se pierden en su memoria. Y ahora está preparado para quedarse con los de Carol.

                Carol sigue en el borde. Él toma impulso y asciende tan rápidamente que a ella no le da tiempo a echarse atrás. Caen los dos al abismo calculado para no chocar con alguna roca. Le da la vuelta al pequeño cuerpo de Carol porque necesita ver su cara. Ahí está. Los pies y las manos que luchan para escapar.

                «No, Carol, no, así solo conseguirás cansarte y acabará el juego pronto».

                Ella sigue luchando. la cara empieza a desencajarse.

                «Ya no eres tan bonita. Mírate el pelo enmarañado. Cierra la boca, Carol».

                Pero Carol sigue peleando y consigue deslizarse aprovechando que él está absorto viendo que la viveza de los ojos de Carol se va apagando. Ella da unas brazadas para llegar al borde de las rocas de la cala, pero siente de repente una fuerza que tira de sus pies y la arrastra de nuevo al fondo. Como un remolino, no deja de dar vueltas.

                «Así, pequeña, así. Ahora déjate llevar».

                En ese momento, los cerrados ojos de Carol se abren de golpe. Pero él no ve terror, ni miedo, ni abandono, solo una profunda serenidad verdosa que ilumina el fondo del mar.              Sorprendido y asustado por la fuerza de los ojos verdes, la suelta.

                «Vete».

                La deja marchar. Ve cómo nada a contracorriente y le cuesta avanzar. Él podría ayudarla, podría indicarle el camino a seguir. Pero ahora solo quiere ver esos ojos verdes llenos de vida. Se tranquiliza pensando en que tal vez habrá más próximas veces. La sigue despacio hasta que llega a la orilla donde unos pescadores acuden a ayudarla.

                —¿Está bien? —Uno de ellos le ofrece una vieja toalla de propaganda.

                Ella se arropa. Asiente con la cabeza. Tose.

                —¿Quiere que llamemos a una ambulancia? —pregunta otro.

                —No… —Tose de nuevo—. No hace falta.

                Mira al camino del faro y sigue el recorrido que ha hecho con la mirada.

                —Señora, el mar es traicionero. Hoy no es tarde para nadar.

                —Lo sé, lo sé —Calla por un instante—. Ha sido una ola que me ha arrastrado desde el camino del faro.

                Perplejos, la miran asustados.

                —¿Y ha conseguido llegar hasta aquí desde allí? —señala el más joven.

                —Es lo que estoy intentando asimilar. No soy buena nadadora —Se ríe—. Pero no sé cómo he llegado.

                —Pues ya puede alegrarse. Ha tenido mucha suerte. La mayoría no salen de ahí. El mar es así. A veces, muy calmado, otras tan furioso que es incontrolable. Es bello, sí, cuando está calmado. Pero, cuando ruge, y hoy lo hace más de la cuenta —señala las olas que vuelven a encaramarse a metros—, no hay quien pueda con él. Es mejor verlo desde lejos. —Se da la vuelta hacia Carol—. Esperemos que esto no la desanime para que no vuelva por aquí.

                —No, no —Carol sonríe. Mira del nuevo al mar, quieto, sereno, tiñéndose con la luz del atardecer a un verde como el de sus ojos. Respira al compás de las olas sin saberlo. Entonces murmura—: Volveré.

                Él deja de gritar, de rugir como dicen los marineros. Las olas, que son sus manos y su voz, acarician la arena de la playa meciéndose suavemente. Y vuelve a ser el mar tranquilo que embelesa a todos.


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Beatriz Abeleira

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