De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (16)

-Eliezer, estoy muy preocupado por las noticias que mosén Zalmati le comunicó cuando llegó el señor Fernández de Córdoba. ¿Qué nos va a ocurrir a partir de ahora? –inquirió el muchacho con voz temblorosa.

Detalle de Mapa «Les Royaume D’Aragon», de Jean Baptiste jnr NOLIN, 1760

-Ismael, tienes toda la razón. La llegada de don Alfonso no viene a indicar otra cosa que la mayor amenaza que se cierne sobre mi estirpe procede del Santo Oficio que cada vez está extendiendo más su tela de araña, surgiendo infinidad de tribunales por doquier. Ciertamente nuestra permanencia en Híjar está tocando a su fin, incluso quizás pueda obligarnos a tener que separarnos –respondió con contundencia, tratando así de aplacar el desánimo de su avispado aprendiz.

-Entonces, ¿qué me aconseja usted que hagamos? Ya conoce nuestra situación, con mi hijo, una relación proscrita para la Iglesia… –señaló con gesto preocupado.

-Muchacho, difíciles son los momentos que ahora nos asaltan. Cuando llegue ese día, debéis tener claro que vais a tener que ocultar todas aquellas circunstancias que os pusieran en manos de la justicia o incluso de la Inquisición. Dada tu versatilidad en el mundo de los libros y la tipografía y, puesto que tu vigorosa juventud te ayuda aún a realizar trabajos que te obligan a grandes esfuerzos, trasladando materiales, elaborando tipos y otras cuestiones, te aconsejaría que iniciases los preparativos de tu marcha para encaminaros a Zaragoza. Allí podrás intentar hacer algún tipo de trabajo en los talleres tipográficos de Mateo Flandro o de Flandes o el de Pablo Hurus, y, si no te es posible, tus manos te servirán para cualquier otra faena que te propongas –serenamente el maestro le aconsejó a Ismael.

-En cuanto hable con mi amada Cinta, le preguntaré algunos detalles más para dirigirnos hacia allí. Me fío de su criterio y sólo me queda por saber qué conoce de esos señores y cómo podría encontrarlos.

-Acabo de recordar que David y Gentó Almacarén tienen alguna relación comercial con la compañía alemana de “Nofre Ompis”, y por ahí podría averiguar algunos datos más. No te preocupes, muchacho. Te ayudaré en todo lo que pueda. Además, sé que alguno de ellos tiene algún contacto con alguien de nuestra villa. En cuanto averigüe la información que me requieres, te la haré llegar. Sin embargo, puesto que nuestra faena está aún pendiente, prosigamos con la organización de los tipos de este “Pentateuco” que tanto deseo que salga a la luz.

-Así haré. Continuemos pues con nuestra tarea, maestro.

Aunque la conversación mantenida entre madre e hijo no había pasado desapercibida para Ismael pues había estado pendiente de la misma, le hizo más llevadera la andadura que le dirigía hacia la ciudad de Zaragoza, aquel destino que le condujo a recordar los consejos impartidos por su maestro para que se decantase por elegir en un primer momento, si las circunstancias no le eran adversas.

La distancia que separaba a la villa de Híjar de la ciudad de Zaragoza era de más de doce leguas. Fue aquel trayecto inicial el que los jóvenes padres llevarían a cabo en aquella primera jornada de alejamiento de la morada que les habían acogido en los últimos años, aquellos en los que el recién nacido había pasado a ser un niño de casi siete años. Para ese trayecto dispondrían de una acémila en la que el muchacho y la madre en ocasiones podían ser trasladados, mientras el joven padre, de gran fortaleza y resistencia, realizaría la travesía conduciéndoles a pie.

Las preocupaciones en aquella travesía no sólo eran propiedad exclusiva del cabeza de familia, Ismael, sino que la joven madre también tenía su cabeza puesta en infinidad de recuerdos. Le asaltaban numerosas escenas de la tierra de sus padres. Más aún, según le contó su propio progenitor, estaba a punto de visitar por primera vez la que fuera la ciudad donde había nacido su mismísima madre, aquella que no pudo conocer pues una vida ya existente se sacrificó por otra que ya comenzaba; su madre había fallecido, exhausta, tras un alumbramiento que exigió un enorme esfuerzo para el que no tenía las fuerzas suficientes. Su corazón dejó de latir en el mismo momento en que aquella niña dio su primer gritito. Sí, un grito pequeño, como si le faltasen las fuerzas, como pidiendo permiso a su propia progenitora para hacerlo, pues también el empeño de aquel bebé por salir a la nueva vida le había dejado a punto de perder el conocimiento. Sin embargo, cuando realizó su primer baladro, fue el consuelo que en ese momento necesitaba el padre que había presenciado cómo al amor de su vida las fuerzas le abandonaban. Aquel soldado ya maduro había iniciado su carrera en la milicia en los tiempos del rey Juan II de Aragón, participando en las luchas paternofiliales que éste tuvo que enfrentar contra su primogénito Carlos, príncipe de Viana y, más adelante, de su segundo hijo, Fernando II de Aragón, aquel que la historia le encumbraría con el apelativo de “El Católico”. Igualmente, a las órdenes de este último estuvo el padre de Cinta y que tan fatal recuerdo tendría ésta al perderlo en el lugar de Peleagonzalo, en aquella ofensiva que había formado parte de la batalla de Toro en la cual se puso de manifiesto la rivalidad por la sucesión al trono castellano entre Isabel y su sobrina Juana “La Beltraneja”.

-¿En qué piensas, amor mío? Siempre ando solamente preocupado por mis cosas y apenas he dedicado tiempo a lo que tú misma debes estar ahora mismo sufriendo –preguntó el joven a su compañera, sacándola del ensimismamiento.

-¡Ay, Ismael! Ya sabes que yo misma nací en estas tierras, aunque no tuve la fortuna de conocer a mi propia madre al perder su vida cuando ella dio a luz. La ciudad que estamos a punto de alcanzar fue donde ella había nacido tiempo atrás. Nada pude saber de quien me engendró y de su familia, pues mi padre cuando quedó prendado de ella se tuvo que dirigir hacia tierras cercanas a Barcelona porque sus obligaciones militares así lo requerían. Allí crecí con él y poco a poco me contó lo que de ella debía saber, aunque por haber estado formando parte de las huestes del rey de Aragón no pude disfrutar de una infancia muy hogareña, salvo cuando me quedé al cuidado de mi tía, hermana de mi padre, que también había quedado viuda años atrás de otro soldado que era muy amigo de mi padre y que hizo de celestino para que su hermana, que ya contaba más de treinta años, pudiera casarse –respondió con cierta nostalgia.

-¡Qué desdichados hemos sido ambos! Si tú no tuviste el gozo de conocer a tu madre, menor aún fue mi fortuna con los míos, pues me abandonaron en la puerta de una casa cualquiera y de la que pasados pocos años tuve que huir por las palizas que recibía. Parece que la vida nos ha dado demasiadas bofetadas y que merecemos algo de consuelo, ¿no crees? –el pesar tiñó el reconocimiento de aquella adversa situación-. Sin embargo, aquí estamos, porfiando por nuestro amor, con un hijo que surgió del más profundo de los sentimientos, y aunque la vida nos sea esquiva, seremos más fuertes aún cuanto más unidos estemos –terminó sentenciando.

A partir de ese momento, el silencio se adueñó de ambos, aunque el lapso no duraría demasiado pues no se encontraban solos. Había alguien más, aquel que había sido el fruto de aquella relación furtiva, cuyos años empezaban a despertar la curiosidad por el mundo que comenzaba a conocer. El muchacho posó su mirada en aquellos jóvenes padres y rompió entonces su mutismo:

-¿Ahora estáis en uno de esos momentos en que no se puede jugar ni reír, mamá? –comentó inquisitivo el chaval.

-¡Ay, mi niño! Los recuerdos a veces nos llevan a ponernos un poco tristes y a tu padre y a mí así nos acaba de ocurrir en este momento. Nada tienes de qué preocuparte pues habrá siempre momentos para el juego y la risa en los que estaremos contigo- respondió cariñosa a su vástago.

-Muchacho –tras un leve estornudo –como tu madre bien te ha dicho, somos tus padres y te cuidaremos siempre, ya sea en los momentos buenos o en los malos. Nuestro amor por ti es incondicional y nunca cesará. Sólo debes esperar un poco a que encontremos un lugar donde pasar la noche y ya habrá tiempo de que disfrutemos del jolgorio y el bullicio –respondió con un guiño su padre.

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4 COMENTARIOS

  1. Una lectura agradable de leer, muy interesante, amena y con un tema de fondo que te engancha desde el primer momento.
    Por cierto, es curioso saber que Juan II de Aragón recuperó la vista, a la edad de 70 años, gracias al judío catalán Cresques Abnarrabí que le operó los dos ojos…..

  2. Cierto es que la formación médica en la Universidad estaba sólo al alcance de la sociedad cristiana, sin embargo la práctica médica era otra cuestión, pues la formación más abierta de las comunidades musulmana y judía le otorgaban la posibilidad de hacer una prueba o examen que les facultase para que tuviesen autorización para ejercer la medicina. Al igual que el judío Abnarrabí que has mencionado, en mi novela, Eliezer Alantansí, impresor en Híjar, también tuvo que realizar dicha prueba para que Fernando el Católico le permitiese ejercer la práctica médica, como así ocurrió.
    Gracias nuevamente por tus aportaciones y seguimiento Charles y te deseo un año lleno de bienes, pues las nieves parece que ya están aquí.
    Un saludo

  3. Tal y como te señalaba, en mi novela «La huida del heresiarca», en su página 260, así lo dejaba constar:
    «Eliezer siempre se encontraría cuestionado en sus creencias religiosas por sus devaneos en los tiempos en que superó el examen de medicina al que el consejero del rey y protofísico Juan de Ribasaltes le sometió, gozando a partir de entonces de la licencia otorgada por Fernando II para el ejercicio profesional en sus reinos y territorios.»

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