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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (17)

- 13 enero, 2021 – 07:422 Comentarios

Habían transcurrido unas horas desde que Juan de la Sierra abandonase la casa donde residía su madre. También en ella se encontraba su tía María, aunque por fortuna para él no habían cruzado palabra alguna.

Calle Toledillo, Fregenal de la Sierra (Fuente: Juan Ignacio Márquez, en "La huella judía de Extremadura", Diario Hoy de Extremadura, 26 de mayo de 2008)

Una vez finalizados los preparativos de un nuevo Shabat, las hermanas González –aunque “La Cerera” fuera más conocida por el apellido Díaz de su matrimonio con el físico Juan Díaz– se tomaron un descanso, pues los años ya no pasaban en balde para aquellas dos más que maduras señoras. En ese receso, María retomaría la conversación en el hilo que habían dejado con anterioridad a las tareas realizadas:

-¡Qué difíciles son las circunstancias que a nosotros los conversos nos toca soportar hoy en día! ¿Acaso tu hijo no va a dejar de pensar más que en sí mismo y en sus negocios antes que en su propia madre? Tenías razón, hermana, al frenarme y no quererme involucrar en una conversación con Juan, mi sobrino. Demasiado tiempo ha transcurrido para que no haya madurado el reconocido mercader de paños en que se ha convertido. ¿Acaso tu hijito cree que le van a consentir nuestros enemigos, tanto cristianos viejos como Hombres de la Cruz, que pueda saltarse todas las normas para que sus negocios prosperen y se convierta en el adalid de la pañería de nuestra ciudad sin ningún coste? ¿No pensarás que aquellos del Santo Oficio creerán que su fe cristiana es auténtica y verdadera y que los permisos para que haga sus apaños no le van a pasar factura? ¿De veras realmente lo crees, hermana? Si es así, aún no conoces a los inquisidores pues no son más que unos auténticos perros de presa. Y si tu hijo no está al tanto de ello es que es más bien un incauto, aunque no lo creo de veras. ¿Acaso te tengo que recordar lo que hemos tenido que soportar como comunidad en nuestra Ciudad Real? No te acuerdas incluso del acoso y derribo al que se vio sometido Sancho de Ciudad por manifestar el cumplimiento de nuestra ley mosaica frente a aquellos que deseaban su propia cabeza. Dime, Leonor, ¿qué es lo que crees? Y eso que Sancho siempre fue muy hábil a la hora de sortear multitud de dificultades, pero aun así no se libró de ser preso y fue camino de las hogueras de Toledo, a pesar de la azarosa y esperanzadora escapada que le había llevado a embarcar al puerto de Valencia. Toda esa inquina del Santo Oficio le llevó incluso a recibir el apodo de “jefe de herejes” por parte de un fiscal llamado Fernán Rodríguez del Barco, de tan triste recuerdo para nuestra comunidad en Ciudad Real.

-¡Cómo no voy a entenderte, hermana! En cuanto a mi hijo, ya sé que sus transacciones y su prosperidad no le saldrán tan bien como cree ni de forma nada gratuita. Supongo que habrá tenido que llegar a algún tipo de acuerdo con aquellos adoradores de Cristo que mencionas, pues yo tampoco creo que le hubiera sido posible llegar hasta aquí si ya el propio tribunal inquisitorial que se había instalado en la ciudad donde nosotros convivíamos no se lo hubiera permitido. Desgraciadamente, es mi hijo y poco más puedo hacer al respecto. No poseo tu fuerza, ni tampoco tengo a Alfonso ya conmigo. Ya sé que muchos de nuestros compañeros de fe han sido víctimas de los viles métodos de aquellos monjes, cediendo a sus presiones y tormentos, e incluso de las delaciones de algunos miembros de nuestra propia estirpe, como es el caso del hijo de Juan Falcón “El Viejo”, aquél que se llama Fernán o Hernán, y que fue incluso dando pelos y señales en el tribunal de que aún manteníamos nuestras creencias y costumbres. Pero, y tú mejor que nadie has de comprender, que la sangre es lo que más tira, y mi Juan estuvo en mis entrañas y me llevó a ser abuela, aunque apenas pude ejercer como tal. ¿Cómo voy a poder negarme a poner en peligro todo aquello que ha creado a pesar de su coste? Sé que en cuestiones de fe nunca ha sido un muchacho que siguiera con rigor nuestros preceptos, y ejemplos de ello no hace falta que te los recuerde, pero no puedo negarle lo que me pide. María, sólo te ruego que me entiendas –respondió Leonor con cierto pesar ante la contundencia y animadversión que a su hermana le despertaba la actitud de su sobrino.

-Y no sólo al lenguaraz de Falcón había que temer, incluso en mi propia vivienda había acogido como criada a una chivata que me traicionó cuando decidí llevar a cabo mi viaje a Constantinopla. Aquella era la esposa de un tal García Fernández y le faltó tiempo para hablar de mis costumbres judías al tribunal, y por ello la tuve que echar de casa ¡Está bien, hermanita! Siempre me has tendido tu mano a pesar de nuestras diferencias de parecer. Nunca te podría reprochar nada, aunque alguno de tus vástagos sea un auténtico quebradero de cabeza para ti y para el resto de la familia. Espero que sepas lo que haces, pues no creo que en Ciudad Real te esperen con los brazos abiertos aquellos puñeteros clérigos. Sin embargo, y no lo dudes nunca, pues lo sabes, que, si te arrepientes de estar de nuevo allí y tienes la necesidad de volver aquí, las puertas de mi casa y de mi corazón y mi ayuda las tendrás por siempre. Espero que tengas un viaje venturoso… y ya no digo más que una no es de piedra –aunque fuera muy a su pesar, en la vida de ambas hermanas siempre hubo multitud de divergencias; sin embargo, María en todo momento encontró un apoyo incondicional en aquella que era de su propia sangre, la serena y cálida hermana y amiga que había tenido varios vástagos: Diego, Rodrigo, Leonor y, el que en estos momentos ponía a prueba su ya maltrecho corazón, su amado Juan. Entendía la prueba a la que se enfrentaba por culpa de su díscolo retoño y, más aún, debía respetar su difícil decisión, aunque no estuviese para nada de acuerdo con ella.

-Gracias por entenderme, María. Sé que te planteo una situación muy difícil de asumir para ti. Las acciones que lleva a cabo mi hijo no son de tu agrado pues ha traicionado nuestra propia fe y a todos aquellos que hemos arriesgado hasta nuestra vida por ser fieles a nuestras creencias. Sé que siempre te tendré en mi corazón. Eres el alma de esta familia. Nada te arredra, aunque seas mujer y eso en estos tiempos dice mucho de ti. Pero ya sabes que no soy como tú. Me gusta tener a la familia cerca, pero tampoco soy dada a grandes conflictos, aunque ponga en riesgo a los míos. Tú siempre has peleado por todos y de ahí que el respeto que te has ganado es del todo merecido. Aunque algunos de los rabís hombres de nuestra comunidad no estén muy de acuerdo con ello, y por lo que incluso te guardan cierto rencor. No tengo que recordarte los tiempos de Palma cuando salimos de Ciudad Real en que en más de una ocasión siempre me encontraba de mal humor al envidioso Fernando de Trujillo. Bien sabes que eras tú la causante, pues nadie le daba el lugar que te daban a ti. Por supuesto, el liderazgo que tu atesoras y que siempre has ejercido, nunca lo tendrá aquél pues tú sólo has estado a la altura de los grandes prohombres de nuestros compañeros de fe, como tu amigo Sancho al que visitabas con tanta frecuencia en las oraciones que en su torre llevabais a cabo y cuando había que resolver ciertos problemas de nuestra comunidad. Nunca voy a olvidarte, pues este Shabat quizás pueda ser el último que celebremos. No sé si habrá otra ocasión, aunque espero verte, querida hermana, pero supongo que será dentro de un tiempo.

-¡Calla, calla, no me recuerdes a ese rabí traidor! Está hecho de la misma pasta que el tal Fernán. Son ambos unos auténticos malditos soplones que no hacen nada más que contar falsedades de los nuestros y ponerlas en boca de la Inquisición. Desgraciadamente somos pocos los que nos mantenemos en nuestra fe, pues especímenes como esos son los que alimentan el odio que los Hombres de la Cruz aprovechan para ejercer presión y que seamos el chivo expiatorio perfecto para sus soflamas. Por lo demás, espero que sufras lo menos posible en tu regreso y que se apiaden de ti. Tu salud no es demasiado buena y las cárceles de la inquisición no reúnen muy buenas condiciones si tuvieses que mantener una estancia demasiado prolongada.

-Gracias hermana, pues a pesar de todo aquello, tuvimos suerte de escapar al comienzo de septiembre de aquel año de mil cuatrocientos ochenta y tres de las garras inquisitoriales.

-…Y a pesar de todo, no nos libramos de ser juzgados “in absentia” como bien sabes, e incluso más tarde tampoco te libraste de ello tú misma algo más tarde. Aún resuena en mi cabeza lo que un mercader de confianza que iba camino de Portugal me relató no hace muchas fechas cuando estuvo de paso por Ciudad Real en la época en que se iniciaron nuestros procesos, pues allí le contaron que distribuyeron citaciones públicas tanto en la plaza mayor como en la puerta de mi casa de Monteagudo el Viejo y de la tuya, y en la mismísima iglesia parroquial del barrio de San Pedro, a la que con frecuencia asistía hasta hace poco el ilustre secretario Juan González Pintado. Allí todos conocieron la lista de acusaciones de que seguíamos ejerciendo como judíos, con lo que no había posibilidad de que permaneciésemos por más tiempo y nuestra huida se hizo totalmente obligatoria. Pero supongo que de todo aquello te pondrá al tanto tu propio hijo en el camino de regreso. Espero equivocarme, hermana, espero equivocarme. –respondió lacónicamente María.

Unas calles más allá de la conversación que se estaba manteniendo entre Leonor y María se desarrollaba otra escena muy diferente y estrechamente relacionada con ellas: Juan trataba de serenar sus ánimos en compañía de su esposa Beatriz y de sus hijas, pues la difícil coyuntura en la que se encontraba en esos momentos le estaba removiendo por dentro. Sabía muy bien que era un paso que no tendría marcha atrás, pues, aunque siempre tuvo sus dudas en cuestiones de fe, su familia nunca había sido puesta en riesgo hasta ese momento. Y ahora era la cabeza de su propia madre la que podría correr el mayor de los peligros y él se estaba convirtiendo en su brazo ejecutor.

Aquellas últimas horas del Shabat habían alcanzado su final. Sin embargo, como el mercader no desconocía el pesar que afligía a su progenitora y, puesto que aún le quedaban por ultimar algunos detalles de los preparativos del viaje de regreso, decidió que no vendría mal dejar unos días más para que Leonor, su madre, pudiese cerrar todas aquellas cuestiones que tuviese pendientes. Para ello salió de la habitación donde se encontraba con sus hijas y su esposa en busca del posadero.

Poco tiempo necesitó para alcanzar tal objetivo pues al bajar las escaleras se lo encontró al pie de ellas.

-Señor Francisco, ¡qué oportuno! ¿Dónde podría encontrar alguien de confianza para enviarle a para que me hiciese un recado? –preguntó Juan al dueño.

-No faltaba más, don Juan. Mi hijo, el mozo que siempre me ayuda en las tareas más arduas de este local, es muy válido para tal cometido. ¿Le sirve a usted?

-Si es posible, podría avisarle pues aquí espero para indicarle lo que preciso.

Pocos minutos transcurrieron de la marcha del dueño, cuando un todavía imberbe muchacho asomaba por la puerta cercana al pie de la escalera.

-Señor De la Sierra. Mi padre me ha dicho que me necesita para alguna tarea. ¿En qué puedo servirle?

- Así es, muchacho. Por cierto, ¿cuál es tu nombre? ¿Conoces bien dónde se halla la calle de la Sinoga?

-Tirso, señor. No hay problema, pues Sinoga o Toledillo las conozco muy bien, no se lo diga a mi padre que uno tiene sus secretos, y esa callejuela que usted me indica solamente tres o cuatro calles nos separan de ella. Está muy cerca de aquí y no lejos de la iglesia de Santa Catalina. ¿No es esa a la que se refiere? –respondió expedito el joven.

-Así es, muchacho. Veo que conoces bien la zona ocupada por judíos. Allí mismo observarás que en una modesta casa cerca de la esquina viven, acompañados de más familia, dos señoras llamadas María y Leonor, y quiero que, a una de ellas, doña Leonor, le hagas entrega de lo que te voy a dar ahora mismo. ¿Lo harás enseguida?

- Sí, don Juan. En cuanto desee. Sólo tiene que entregármelo, pues ya mi padre me dijo que me ocupase primero de su encargo antes de continuar con las tareas de la posada.

-Aquí tienes muchacho. –el mercader extrajo del interior de su sayo un pliego convenientemente cerrado y se lo alargó al mozalbete.

-En seguida regreso, señor, aunque ¿necesitaré algún tipo de respuesta o me regreso sin más? –respondió avispadamente Tirso.

-Sí, debes esperar a que te respondan o te entreguen su réplica, muchacho.

-Me voy sin más dilación, señor.

-Alto ahí, muchacho. –el aviso de Juan vino acompañado de una moneda que el mercader lanzo al aire, a lo que, agradecido y al vuelo, el joven asió con pericia.

Los pasos de Tirso se encaminaron lejos de aquellas escaleras tras un gesto leve de despedida, a lo que el hijo del trapero ya apenas respondió, encaminando sus pasos nuevamente hacia la planta alta donde se encontraban alojadas sus tres queridísimas damas: su esposa y sus dos hijas.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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