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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (24)

- 3 marzo, 2021 – 07:082 Comentarios

Padre e hijo aún recordaban aquella morada improvisada que días atrás habían usado como residencia ocasional con el fin de alojarse temporalmente para seguir travesía al día siguiente. Sin embargo, las circunstancias habían cambiado, ya no venían de paso, tenían intención de quedarse y se habían dado a conocer cuando el padre mantuvo aquella conversación con “El tuerto” para encontrar trabajo al día siguiente.

Collage de Mercadillo Medieval de Ciudad Real" (varios años. Autor: Emiliano Cifuentes Pérez)

<¿Qué hacemos entonces?>, pensaron ambos al mirarse.

Todo parecía meridianamente claro y ambos debían encontrar algún lugar donde dormir aquella noche, aunque no tuviese las comodidades propias de una residencia debidamente preparada.

Decidieron entonces encaminarse a aquel barrio de callejuelas que tenía la plaza de San Antón como eje principal para encontrar el lugar indicado, pues en el mismo se hallaba la Cuesta del Olmo en la que debía hacer acto de presencia a la mañana siguiente. Entonces llegó el momento de retomar la conversación interrumpida cuando aún permanecían en el mercado en busca de alguna oferta de trabajo y debían de adquirir algo de comida para pasar aquella noche y algún bocado con el que iniciar el nuevo día.

-Hijo mío, perdona mi cabeza. ¿Por dónde me había quedado al relatarte la historia de nuestra familia?, pues aquel que conocen como “El Tuerto” me ha distraído, aunque gracias a su ayuda mañana quizá podamos conseguir algo con lo que ganarnos la vida y así poder instalarnos en esta villa durante un cierto tiempo.

-Ah, creo que ya lo recuerdo padre. Estabas hablando de cómo la abuela se quedó embelesada ante la apariencia que poseía el abuelo aquel día que en el mercado se vieron por primera vez.

-Ya creo que me acuerdo y sé dónde dejé el hilo de aquello que te iba contando, muchacho. Como entonces te estaba diciendo, la que tenía por nombre Cinta, tu abuela y mi madre, se había quedado abandonada, salvo por la compañía de una criada en la modesta casa en la que vivían en Ciudad Real. No recuerdo el lugar exacto, pero era más bien una casa de poco fuste, pues las dimensiones de aquella vivienda no eran más grandes que algo más que una habitación como la que teníamos nosotros en Valencia, allá en la imprenta, y poco más. Aquel soldado que tenía por esposo no trataba demasiado bien a tu abuela ni tampoco le había dejado demasiado dinero con el que subsistir cuando se iba a las campañas para luchar contra los musulmanes, pues la mayoría de la soldada la despilfarraba en el juego, el vino y en no respetarla al buscar el calor de otras mujeres.

>En cuanto a qué ocurrió cuando estuvieron Cinta frente a Ismael, no te podría contar ningún detalle concreto pues los desconozco, aunque me imagino que no sería nada fuera de lo habitual entre dos personas que se sintieron atraídas desde el preciso instante de conocerse. Cuando seas más mayor comprenderás mejor este tipo de cosas, pues cuando alguien te gusta de verdad se despiertan unos sentimientos y tienes unas reacciones que normalmente no eres capaz de controlar. Eso pareció ocurrir a aquella mujer tan forzadamente casada, Cinta, como ya te había dicho, y que tenía por esposo a un auténtico tarugo que no valoró la dama que le había caído del cielo a pesar de que no era muy agraciado para merecerla.

-¿Por qué dices eso padre? ¿Acaso el marido de la abuela era tan feo que, aun así, ella lo había aceptado a la fuerza?

-Desgraciadamente para ella, así ocurrió. Su esposo era un soldado que había coincidido en una de las escaramuzas que el rey don Fernando lideró con el fin de vencer a las tropas del monarca portugués Alfonso V, casado por entonces con la conocida como Juana “La Beltraneja”, cuestionada hija del que fuera rey Enrique IV. En la conocida batalla de Toro, allá por el año de mil cuatrocientos setenta y seis, en un lugar que tenía por nombre Peleagonzalo se encontraron el padre de tu abuela y el soldado Alfonso García. Bravucón que era este último y muy abierto con la gente, demasiado desprendido menos con tu abuela, aunque nada guapo según me contó el abuelo que le había confesado ella, trabó una sincera amistad con el anciano padre de esta desde el primer momento. Pero a pesar de las escasas horas que duró aquel enfrentamiento entre las huestes que apoyaban a doña Juana y don Alfonso por un lado y a doña Isabel y don Fernando por otro, poco tiempo después en aquel paraje el que fuera tu bisabuelo pareció notar que las fuerzas que poseía antes de la batalla le habían desaparecido y dejó de encontrarse bien. En ese momento, al sentirse con el último hálito de su vida, pidió al entonces joven soldado que se hiciera cargo de una muchacha que tenía por hija, Cinta, tu abuela y mi madre. El mesnadero, días después cuando la tuvo frente a sí, se frotaría las manos al contemplar la hermosura y ternura de aquella joven. Sabía lo que tenía que hacer para disfrutar de ese regalo pues ella no había tenido ninguna experiencia en la vida pues andaba siempre protegida por su padre y, nada más ver a aquel soldado, aunque no era muy agraciado, se sintió deslumbrada ante la osadía que mostró y la confianza que su padre había depositado en él, mas no sabía los peligros que aún estaban por llegarle.

-Duro golpe sería el que sufriera la abuela entonces, padre, al sentirse tan desprotegida por la muerte de su padre y llegar a caer en manos de un desconocido. Ahora entiendo cuanto la querías y el por qué –interrumpió el muchacho ante el triste suceso relatado por su padre. En ese momento, del rostro del maduro impresor se adueñó una profunda melancolía que le llevó a perder la noción del tiempo. –¡Padre, padre! ¿qué os ocurre? –interrogó preocupado.

-…Perdóname hijo, pues aquellos recuerdos me han hecho alejarme del momento en el que nos encontramos, ya que aún estamos sin saber dónde podremos pasar la noche.

-Tiene usted razón, padre. En otra ocasión tendrá tiempo de continuar con el relato, aunque cada vez menos dudas tengo sobre algunas cosas que hasta ahora no me había contado.

-Gracias, hijo. Por cierto, ¿no era esta misma calle dónde estaba aquella casa que nos sirvió de morada cuando estuvimos hace unos días? –indicó sorprendido ante la casualidad de aquel momento.

-…Creeeo que es como usted dice. – respondió el chiquillo–¿Podríamos echar un vistazo dentro y, si está libre, volverla a ocupar esta noche? –y solicitó al padre con cierta picardía.

-¡Ay, muchacho qué cosas tienes! Me parece que en esta ocasión haremos las cosas bien y buscaremos algún lugar donde pasar la noche, pues aún me quedan algunas monedas con las que podríamos pagar algún lugar donde dormir. En este momento, creo que sería mejor no crearse ningún tipo de enemigos ni tampoco dar motivos para que mañana temprano descubran que hemos ocupado un lugar que no es nuestro. ¿Entiendes jovencito? –la sensatez del padre echó el freno ante el entusiasmo de su vástago.

-Discúlpeme, entonces, y haremos lo que usted diga.

Habían dedicado varias horas a la búsqueda de un lugar donde pasar la noche, sin suerte hasta ese momento pues nadie parecía estar dispuesto a acoger a ningún desconocido y menos aun cuando la noche estaba a punto de cernirse sobre las calles de aquella villa. En ese preciso instante, un hombre que regresaba de las tareas del campo con intención de encontrar un descanso reparador en su modesta vivienda les dio el alto. El rostro de aquel que padre e hijo atisbaron en ese momento les causó cierto sobresalto, aunque no era otro que alguien que habían conocido unas horas antes: el conocido como “El tuerto”.

-¿Dónde van a estas horas padre y hijo sin pena ni gloria? ¿Acaso no habíamos quedado en que mañana nos veríamos? –preguntó con sorna.

-No esperábamos encontrarle a usted hasta que amaneciese. Quizás nos podría ayudar a pesar de que pudiera abusar un poco más de su confianza. ¿Nos podría indicar usted algún lugar podríamos pasar la noche? Luego ya mañana intentaríamos buscar algo más estable, si no es molestia. –solicitó el maduro impresor.

-No se preocupen ustedes, pues si no les es incómodo, llevo conmigo la llave de una estancia que, habiendo sido propiedad hace años de unos judíos que entonces vivían en esta villa, apenas la he podido aprovechar como almacén, pues la adquirí ya siendo una antigua cuadra donde a veces dejaba descansar a un mulo que poseía, pero el pobre no me duró mucho y ya no he vuelto a tener la necesidad de encontrar otro animal pues con las acémilas que poseo me basto para las labores del campo y el transporte en el mercado. ¡Incluso aún se mantiene el lugar donde alimentaba a los animales que poseía y alguien pareció hace unos días que había dado cuenta de parte de aquel alimento! Pero los tiempos que corren no están para muchas alegrías y apenas le he logrado sacar otro rendimiento. Allí tendrían algo de paja para la mula y, como la noche no pareciera demasiado fresca, con atrancar la puerta y las ventanas, podrían estar resguardados. ¿Les serviría para ustedes y ya mañana hablaríamos de si están interesados para más tiempo?

-No sé cómo agradecérselo, caballero, pues ya no sabíamos a quién preguntar. –respondió el padre manteniendo el rictus serio y disimulando ante la sorpresa de que el regreso a aquella antigua morada se había convertido en un hecho, y además invitado por el mismísimo propietario. En ese instante padre e hijo cruzaron una mirada cómplice que no necesitó de palabra alguna.

-¡Uy, caballero, je, je! ¡Ésa sí que es buena! ¿Acaso no me ve usted estas manos repletas de callos de tantas horas de trabajo y metidas en la tierra y que luego están dispuestas para vender en el mercado? Aunque le agradezco el cumplido, hombre, y no hay más que hablar, entonces, pues a aquella casa de la esquina me dirijo yo, donde mi señora ya estará murmurando y contando el tiempo de retraso que llevo pensando en no se sabe qué cuentos, y aquí les dejo para que descansen. Buenas noches y hasta mañana. –se despidió “El tuerto”, tras haber abierto aquella destartalada casa que los nuevos moradores conocían muy bien.

-¡Cierto es que nadie parece haberle regalado nada, sino que lo que posee es fruto de su esfuerzo! Buenas noches tenga usted y gracias. –respondieron padre e hijo.

Tras la despedida, ambos entraron de nuevo en aquella antigua residencia improvisada para instalarse al menos por una noche. Una vez que habían convenido con su dueño que hablarían más delante de la deuda contraída y cómo subsanarla, en esos momentos, sus cuerpos, tras las emociones que despertó su regreso, la búsqueda de comida y del alojamiento, todo ello les dejó para pocas ganas de conversación con las que distraerse al anochecer. Apenas había cambiado aquel lugar desde que lo abandonaran, por lo que acomodaron la mula en un espacio que ya conocía muy bien y ellos con lo poco que llevaban de hatillo se hicieron una especie de almohada con la que reposar sus respectivas cabezas. Un profundo sueño los llevaría entonces al mayor y más reparador de los letargos.

Aquella villa, que en la infancia del hoy maduro impresor habíase convertido en ducado, parecía que no cejaba de depararles más de una sorpresa a los nuevos visitantes. Padre e hijo se sentían esperanzados ante la posibilidad de encontrar algún tipo de trabajillo con el que enterrar y olvidar el tiempo de huida que les había alejado de su residencia en Valencia. Pero para que aquello aconteciese la mano tendida por aquel lugareño que sólo poseía un ojo útil debía contener una oferta segura, y esas dudas sólo las resolverían a la mañana siguiente.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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