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Cuaderno de pandemia (15)

- 19 abril, 2020 – 15:2167 Comentarios

Manuel Valero.- Hoy es el día del hornazo en Puertollano. Deberíamos andar por ahí, como hacíamos de chiquillos, correteando por el cerro de Santa Ana, las Pocitas o la Dehesa Boyal. Nunca entendí la relación entre el dulce y el huevo. En mi discernimiento infantil un huevo cocío pintaba menos incrustado en aquella torta dulce que lo abrazaba como si lo hubiera capturado, que un farero en La Mancha.

Aún era mayor mi perplejidad cuando los veía hacer en la panadería de Madrid. Era ver a las mujeres colocar el huevo,  crucificarlo con dos gusanos de masa y aquello me parecía una salvajada, un sinsentido: ¿un huevo en una torta? Puaf. Hasta que se lo pregunté a una tía mía que era diestra en el manejo. No me supo dar una explicación con tanto titubeo, pero uno de los panaderos se acercó en su ayuda. “Ahí dentro están los hornacillos del año que viene, hala tira y deja trabajar”, me dijo.

Basta con que cualquier nimiedad te asalte de improviso y ya se pone el mecanismo de recordar a hurgar entre los recovecos de la memoria. De niño, una vez, me acerqué al pequeño zoo de las Pocitas y le eché un poco de hornazo a un águila de mirada penetrante. Ni caso hizo al dulce.

Ya no hay tanta tradición campera pero se mantiene la costumbre culinaria y las pastelerías de la ciudad eran y serán otra vez, un prontuario magnifico de huevos atados a una torta. Las había que tenían dos. Y aquello colmaba nuestra fascinación infantil. 

Este año tan redondo y enigmático es distinto. Supongo que muchas familias se lo habrán hecho en casa dado que la levadura es el otro producto más demandado en los supermercados. La gente sabe más que Lepe. Pero hay como un efluvio de melancolía hornacera este 19 de abril de 2020. Mirando la calle he pensado si algún establecimiento se acercará a la trinchera a llevar unos cuantos a los que se baten el cobre. En estas circunstancias recobra un valor incalculable el recuerdo del hornazo del año pasado, tan desavisados y despreocupados que vivíamos, sin sospechar siquiera que una enigmática nube de bichos andaba formándose en algún lugar del mundo, como una borrasca letal.

¿Cuántos días son ya? Treinta seis según la cuenta de la bitácora. Y el presidente dijo ayer que hasta mayo de momento pero con la cuerda larga para los niños. A sus órdenes, presidente. ¡Quién fuera niño! La verdadera patria del hombre. Anoche cayó una lluvia que a mí me pareció sanadora. Cualquier cosa vale para aferrarse a la esperanza y despulgarse con una buen tiritona como hacen los perros cuando salen del agua. Excepto los que se quedaron en el camino. Deberán ser recordados para siempre porque todos son de los nuestros.

En el diario El País he leído una entrevista que me ha hecho reflexionar. El entrevistado es David Quammen, el autor del libro Contagio cuya película está siendo de las más vistas en las plataformas. (Hay que ser masoquista). Pues bien, el  divulgador científico afirma:

 “Somos más abundantes (en la Tierra) que cualquier otro animal. En algún momento habrá una corrección”.

Y así titula el diario. Me impactó el aserto. Y la leí con interés, ansioso por llegar a la pregunta del millón. Y claro que estaba la pregunta como no podía ser otra manera.

“¿Venganza de la naturaleza?

Y ahí es cuando viene la confusión, al menos para este modesto lector. El señor Quammen dice que no, que no es devoto de la deidad natural, que como buen materialista darwiniano, el desequilibrio que la especia humana tan voraz y multiplicada provoca al ecosistema planetario hará que éste reaccione con pongamos una pandemia… o dos. ¿El azar, irracional, inconsciente, ajeno a toda inteligencia, pura mecánica sin alma, es capaz de percatarse de ese desequilibrio y actuar? ¿Es por un mecanismo ciego que el Planeta y toda la vida que contiene se armoniza para encontrar el punto exacto, incluso hasta el punto de reaccionar con una plaga viral aprovechando al esquilmación y la cercanía hombre-animal o animales por acaparamiento de aquel? ¿Para corregir no hay que saber que algo va en dirección errada? ¿Y para saber no es preciso el conocimiento? Ahí lo dejo que me lio.

Y luego el murcielaguito de marras. No hay animal tan apropiado para esta larga noche que ese quiróptero, al que precisamente veíamos más de niños en el Paseo de San Gregorio, girando con su sonar alrededor de la Fuente Agria, tan solitaria en estas horas. Hoy con la comodidad urbanita, uno hacía a los murciélagos en las profundidades de las cuevas, las ruinas de los campos o colgados como ahorcados en las procelosas selvas tropicales. No fue hasta hace muy poco que supimos que en Oriente suelen ser  bocado de Fu-Manchú y que como dice el señor Quamen:

   Los murciélagos viven mucho. Uno del tamaño de un ratón puede vivir 18 o 20 años. Un ratón vive uno o dos años. Los murciélagos anidan juntos en colonias multitudinarias. He visto 60.000 en una cueva, todos apretujados. La longevidad y la masificación son circunstancias óptimas para que los virus pasen sin cesar de un individuo a otro. Y otra cosa: hay pruebas ahora, aunque no es seguro, que indican que los murciélagos tienen sistemas de inmunidad que han evolucionado para ser más hospitalarios ante cuerpos ajenos.

Y luego añade que uno de cada especie de mamífero es una especie de murciélago. Bueno, uno se consuela al leer a este experto que de algún modo te despeja la duda sobre el origen de esta pesadilla descomunal , ajena a la maldad humana,  como el propio Juan Luis Cebrián incluía entre las posibilidades de las causas de la pandemia.

Un domingo más entre la sobredosis de información, videncias de futuro, algaradas políticas con la sorprendente excepción de la concejala Maestre de Más Madrid ofreciendo la ayuda incondicional al actual regente de la villa, y un día más esperando las novedades de la semana y esperando que la odiosa cifra de bajas siga en caída  porque entre todos hemos puesto un pequeño granito de arena.

Me queda desentrañar hoy el misterio del huevo en la torta. El huevo es señal de una nueva vida, el ciclo primaveral o la resurrección cristiana entre los creyentes que culminan así la celebración de la Pascua. Les aseguro que dentro del huevo duro, uno o dos, los que prefieran, no hay hornacitos chicos. Era una patraña del panadero. Pero… ¿de qué está hecha la niñez sino de inocentes y deliciosas patrañas que vamos eliminando con la ingesta de los años?

Salud y saludos y buena semana.

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