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Rumor de misterios subterráneos

- 17 octubre, 2020 – 12:155 Comentarios

Santos G. Monroy*.- Desperté de mi sueño de siglos durante una mañanita de abril del año 362 después de Cristo, en tiempos del emperador Graciano. Y si bien amodorrada y algo legañosa por el prolongado descanso, no pude tener mejor estreno en el mundo de la conciencia, sobre todo si pensamos que la primera persona que me bebió fue nada menos que un emperador romano.

Pues sí, tuve noción de mi existencia cuando aquel joven español, que llegaría a ser el devotísimo Teodosio, hizo por aquí un alto durante uno de sus primeros viajes, escuchó mis gluglús burbujeantes y me bebió en un frasquito de cerámica, no sin antes bautizarme con un dedal de agua bendita, pues creía que, aflorando con espantoso hervor sibilante y con el saborcillo que dejaba en el paladar, podría yo tener mis trazas de viciada por el Maligno.

Desde mi ya lejano bautismo he sido yo, el agua agria, la sangre de Puertollano. He lamido las viejas ciudades romanas, abrazado las ruinas de los poblados godos y amamantado sus campos con mis bicarbonatos, cloruros, sílices y ácidos. He acariciado los pies de la Señora de Gracia, refrescado los cimientos del monumento al Minero, mezclado con el agua de la noria del tío Celemines... Y qué decir de los estómagos que he visitado: estómagos mullidos de nobles patricios, enormes de godos pendencieros, refinados de reyes moros, insolentemente gástricos de maestres de Calatrava...

Pues no he sido yo nadie... Sacié la sed del enebro de Santa Ana y me bendijo la Virgen de Gracia en la oscura época de las pestes. Fue así como me convertí en la única en el reino acuático que se mantuvo cristalina, protegida por capas, filones y estratos, y surgiendo, gallarda, a la superficie.

Desafié a la Muerte del siglo XIV, que se paseaba en caballo, lujuriosa, por las calles de Puertollano, y crie a las trece familias del Santo Voto, que es cosa que no viene en los libros pero de la que presumo entre otras aguas tan empingorotadas como las de Vichy o Lourdes.

Aprendí, metida en un botijo, a hilar los primorosos paños de Puertollano; acompañé a los campos de Flandes, viajando en una bota, al insigne Juan Niño de Távora; entré, marcial como nunca, en el gaznate del marqués de Espínola. Incluso conocí a don Diego Velázquez, que me bebió con fruición bajo los toldos de Breda y que ponderó, entre vive Dios y votos a bríos, mis cualidades refrescantes... Que es cosa que para sí quisiera la Coca-Cola, con sus ínfulas de nueva rica.

Qué narices, la nobleza no se compra con dinero. Mi hidalguía se la debo al doctor Limón, que me otorgó el prestigio como agua minero medicinal, que ahí es nada. Fue a partir de entonces cuando llegaron los buenos tiempos. Vengan viajes a Venecia, a Roma, a París; vengan exposiciones universales, vengan medallas, vengan piropos. Qué tiempos, qué tiempos aquellos, Señor. Me coronaron con marquesina en el antiguo Egido y, ya en el siglo XIX, construyeron en mi honor un Balnerario, fuente de riqueza y emblema de Puertollano.

Una tarde, en el verano de 1849 llegó a visitarme el Guapo de Loja, el general Narváez, quien se quedó pasmado con mis escarabajeos y arrumacos. Pues qué se pensaban. He sido maestra de la caricia y sanadora de riñones, y aquél que se ha sumergido en mí se ha quedado tan nuevo como cuando su madre lo trajo al mundo. En fin, he bajado a las profundidades de la tierra en busca de la negra veta, he compartido penas y fatigas en la mina.

Me dio un sorbito remilgado don Manuel Azaña. cuando a éste le visitaban los mineros de Puertollano para pedirle nuevos créditos, y me llegaron a anunciar en los tranvías de Madrid, muy señorona yo en plena calle de Alcalá. Mas, ay, la felicidad no es eterna y siempre llega el día nefasto en que la dicha se trunca de repente... Porque vino un día un extranjero, negro y espeso, a quien llamaban Petróleo, deslumbrando con su munificiencia a los aguagrieros, que ya sólo tuvieron ojos para él y sus dádivas. y no es que esté celosilla, no, pero convendrán conmigo en que aquellas prebendas, aunque todavía importantes, ya no son tantas, y hoy Puertollano afronta un nuevo periodo de incertidumbre, aunque ya he perdido la cuenta de cuántos llevamos.

El caso es que algo mustia dicen que ando, con menos fuerza y menos sabor. Vieja me siento en este frágil acuífero; y no quisiera yo que estos fueran los días postreros de una historia milenaria. Cuídenme, pues, que si lo hacen conmigo podrán contar siempre, como en esta madrugada de agosto, marcando la noche con el rumor acuático de los misterios subterráneos.

Puertollano, agosto de 2000.

*Recupero este relato escrito hace más de 20 años, en mi época más "galdosiana". No tiene gran valor, salvo el divertimento con la historia de Puertollano, entre la realidad y la ficción. Cuidemos nuestra Fuente Agria. Es más frágil de lo que parece.

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